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Miércoles, 18 de Julio de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino

San Juan Pablo II, ecológico

San Juan Pablo II, ecológico
El Papa Juan Pablo II en Los Alpes. - Imagen tomada de eventoscatolicos.org

...el hombre en vez de ser custodio inteligente y noble de la creación, abjuró de sí mismo para volcarse a los afanes de explotador de la naturaleza sin reparo alguno.

El hombre cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra sometiéndola a su voluntad, como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dado por Dios

El Papa Francisco ha pedido al pueblo cristiano unir sus oraciones por la justa distribución de los recursos naturales. Una petición que ya dejaba notar en su Carta Encíclica Laudato Si, próxima a cumplir su primer aniversario. Esta intención del Santo Padre me ha recordado profundamente muchas palabras que en torno al tema dedicara en su momento San Juan Pablo II, ya que, como es de suponer, la distribución equitativa de los recursos naturales guarda estrecha y profunda relación con un espíritu que mira a la ecología desde la trascendencia. Para el Papa polaco, la ecología es una expresión que desnuda la relación que tiene el hombre con el medio natural y social en el que habita y con el que debería tener una responsabilidad grave. Aunque en ninguno de sus escritos anteriores o posteriores a su elección como Vicario de Cristo toca el tema ecológico de manera directa, sí la describe como una ciencia que se ocupa del estudio del interactuar de los organismos entre sí y con su ambiente no vivo de energía y materia. De tal manera que, cuando acaricia el tema, lo hace señalándolo como “cuestión ecológica”, entendida esta como el camino para describir las causas, consecuencias y posibles soluciones de una desacertada interpretación del dominio del hombre sobre la creación, coligándola en todo momento a la crisis moral del ser humano.

Entre el hombre y la naturaleza existe una tensión que señala constantemente el Papa Francisco en su carta encíclica. A esta tensión le dedicó San Juan Pablo II reflexiones diversas dentro de las cuales acusa al hombre moderno de haberse asumido como dueño y señor de la creación desarticulando el propósito original del plan de Dios. Heredero entusiasta del espíritu que galvanizó las discusiones del Concilio Vaticano II, en las cuales tuvo primerísima participación, en todo momento auspicia la idea de construir una nueva antropología que contemple con especial interés la responsabilidad social. San Juan Pablo II intentó resaltar durante todo su pontificado que la dignidad del ser humano residía justamente en haber sido creado a imagen y semejanza del Dios creador. Esta dignidad, afirma el Papa polaco, no sólo reside en una posición ontológica que le reservara ciertas prerrogativas al hombre, sino también en que, al ser imagen y semejanza de Dios, lo obliga a responsabilizarse socialmente en la conducción del mundo hacia el fin para el cual ha sido creado. Esta responsabilidad debe estar influida por los ideales de justicia y caridad, pues, no sólo se trata de manipular la naturaleza como un medio para garantizar el sostenimiento del ser humano social, sin importar las contradicciones de esta usurpación, sino además de hacerlo a partir de un horizonte de sentido y principios éticos y morales que cobren sostén en la mirada de Cristo, plenitud del hombre mismo.

San Juan Pablo II nos cuestiona preguntándonos ¿por qué este mundo creado para el hombre, a pesar de su extraordinario progreso y de los múltiples logros tecnológicos, es, al mismo tiempo, un mundo que “gime y sufre”? ¿Por qué, fundamentados en este poder, el hombre se lanza por el despeñadero de la autodestrucción? Afirma en Redemptor Hominis que el hombre parece, muchas veces, no darse cuenta de los otros significados de su ambiente natural y quedarse únicamente anclado en la idea fija de que sólo sirven a los fines de un uso y consumo inmediato de todas las cosas. Contradiciendo la voluntad de Dios, el hombre en vez de ser custodio inteligente y noble de la creación, abjuró de sí mismo para volcarse a los afanes de explotador de la naturaleza sin reparo alguno. Juan Pablo II reconoce un camino próspero para superar las adversidades expuestas previamente: “el dominio de la técnica propio de nuestra civilización, exige un desarrollo proporcional de la moral y la ética […] el sentido de la realeza y de este dominio del hombre sobre el mundo visible, asignado a él como cometido por el mismo Creador, consiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de las personas sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia”.

Conocedor del valor moral y ético que se desprende del trabajo, San Juan Pablo II, lo vislumbra como el mediador ideal entre el ser humano y la naturaleza, puesto que el trabajo instituye una dimensión primordial de la existencia humana sobre la tierra. “El ser humano imita a Dios, dice, de acuerdo con el relato bíblico, trabajando y descansando, en donde el descanso remite a otro nivel de identificación con el Creador, más allá del esfuerzo físico. El participar con el trabajo en la obra de Dios postula la necesidad de una espiritualidad del trabajo que permita encontrar un camino para el encuentro con Dios en las labores cotidianas”. Lógicamente, no se queda allí, también comprende que la vinculación entre el hombre y la naturaleza no sólo queda circunscrita por el ámbito de lo laboral. “El contacto directo con el libro de la naturaleza, a través del ocio y la creación, también es necesario para crecer en sabiduría y salud, y para aprender a reconocer las maravillas de la creación”. Por su propia experiencia sabe que las caminatas por las montañas muestran al hombre el valor sustancial de la contemplación del agotamiento y la fatiga como caminos para reconocer nuestras fortalezas y debilidades.

En Sollicitudo rei socialis vuelve a recordarnos que el hombre es puesto en el jardín “para cultivarlo y custodiarlo, por encima de todos los demás seres. Pero al mismo tiempo el hombre debe someterse a la voluntad de Dios, que le pone límites en el uso y dominio de las cosas”. Por esta razón, el desarrollo social y económico no puede significar exclusivamente el uso, dominio y posesión desordenada de las cosas creadas y de los productos de la industria humana, sino más bien “subordinar éstos a la semejanza divina del hombre y a su vocación a la inmortalidad”, pero cuando se transgrede el plan de Dios negándonos a someternos a su voluntad, “entonces la naturaleza se le rebela y ya no lo reconoce como señor, porque ha empeñado en sí mismo la imagen divina. La llamada a poseer y usar todo lo creado permanece siempre válida, pero después del pecado su ejercicio será arduo y lleno de sufrimientos”. Suelta todo su arsenal ético y moral contra el consumismo resaltándolo como una de las causas fundamentales del uso arbitrario y criminal de la tierra. En Centesimus annus afirma que “en la raíz de la insensata destrucción del ambiente natural hay un error antropológico, por desgracia muy difundido en nuestro tiempo: el hombre cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra sometiéndola a su voluntad, como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dado por Dios. El hombre, en lugar de colaborar en la obra de la creación, suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza”. El Papa Wojtyla vivió muy preocupado por estas cuestiones, ya que veía con claridad que la destrucción del ambiente sería precedida, sin lugar a dudas, por la destrucción del ser humano, por ello se aventura a lanzar un concepto: ecología humana como alternativa decorosa y valiosa que pueda sustituir las estructuras del pecado que imposibilitan ordenar la sociedad hacia la verdad, la igualdad y el bien.


En tal sentido, y partiendo de este concepto de ecología humana, el Papa se atrevió a hacer sugerencias al mundo de su tiempo que, como hoy hemos podido constatar con más vergüenza que gloria, no quisimos escuchar. Señala de manera tajante que la avidez y el egoísmo son contrarios al orden de la creación manada de un Dios comunitario que se acerca siempre al hombre. Propuso entonces diversas alternativas de solución como, por ejemplo, buscar construir un sistema de gestión de los recursos naturales, promover la solidaridad con los pobres, pues “la crisis ecológica pone en evidencia la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad, especialmente en las relaciones entre los países en vías de desarrollo y los países altamente industrializados”. Evitar a toda costa las guerras y sus nefastas consecuencias que son, como también sabemos, una constante amenaza. Se hace eco de un clamor que insinuó San Francisco de Asís y que actualmente el Papa Francisco volvió a poner en la palestra de la opinión pública: educar en la responsabilidad ecológica, destacando que, si la sociedad actual no hace una profunda y desinteresada revisión de su estilo de vida, será imposible hallar una solución al problema y, en este sentido, la educación se asoma como una aliada ideal. Recuperar el valor estético de la creación promocionando con ello la construcción de un camino que nos conduzca hacia la paz. En Evangelium vitae hace un llamado sostenido a que atendamos a la vida y a la naturaleza desde un punto de vista ético del respeto, en cuanto a que “el hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo, tiene una responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino también a las generaciones futuras”.

El pensamiento denso de San Juan Pablo II arroja muchas luces sobre la problemática del medio ambiente en cuanto a su estrecha relación con el desarrollo personal del hombre. Traerlo a la dinámica social para apoyar el deseo del Papa Francisco de establecernos una nueva antropología abierta a concebir este mundo como una casa común, como un hogar de todos y para todos, es fundamental. Discutirnos por medio de las voces intemporales de quienes decidieron libremente beber de las fuentes de la sabiduría divina, permite vernos como realmente somos, tal y como fuimos concebidos, desde allí, desde esa nueva dimensión de contemplación humana, lanzarnos a la asombrosa aventura de enamorarnos otra vez como aquella vez cuando todo empezó.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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