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Lunes, 16 de Julio de 2018

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Porque también somos mamíferos

Porque también somos mamíferos
Imagen tomada de http://cinabrio.over-blog.es -

"¿Cómo se llama la morrocoya de Rosa Inés que ahora es agregada cultural en Madrid?", resume esta pregunta la línea crítica de este artículo de Ricardo Azuaje, donde , con su acostumbrado humor, señala la realidad de la crisis venezolana

Monona, Pluto, Dino, Coraje… A la colección de colas para todo –para el mercado, el gas, gestiones en el banco, para tomar alguna clase de transporte, para las dos canillas, para clap udicar (rendirse y sacar el carnet de la patria para así poder llegarle a una bolsa de comida), para poder sacar la nariz un ratico, o para apostillar– ahora hay que agregar las que se están formando en las distintas notarías y sedes del Registro Civil, que no son las usuales para sacar, renovar, certificar o regurgitar la partida de nacimiento –un venezolano es un tipo que se pasa toda la vida haciendo alguna clase de diligencia en torno a este documento, suyo o de sus descendientes–, sino para cambiar sus nombres.

Son nominalmente colas nominales, nomicolas. Con excepción del Zulia, en todos los estados hay largas filas ante estas dependencias con gente que está renunciando a sus nombres propios para cambiarlos por apelativos tan impropios como Sultán, Princesa, Robert, Bobby, Firulay, Campeón, Nala, Mordelón, Usnavy, Pelusa, Jaua, Delcy, Marquesa (hay una fijación con los títulos aristocráticos o monárquicos y las mascotas; a nadie se le ocurre ponerle a una gata diputada o a un can senador, aunque haya más de un animal en la asamblea constituyente, o haciendo de ministro).

Dragón, Negrita, Lobo, Nina; Minina y otros apelativos de la fauna doméstica que se han puesto de moda en la ciudadanía venezolana a raíz de la aparición de un par de noticias que están circulando en las redes desde fines de febrero, indicando que hay al menos dos programas de ayuda internacional para evacuar mascotas y animales silvestres en cautiverio de ese reino salvaje en el que ha devenido Venezuela.

“¿Y cuándo van a reaccionar los del New York Botanical Garden y otros jardines botánicos del mundo?”, se pregunta la flora endémica, pero por ahí se dice que los árboles mueren de pie donde se radicaron, o no se van porque todavía no saben cómo desterrarse.

Silvestre, Gatarina, León, Pendrive, ya desde hace un par de años eran de dominio público las terribles condiciones en que se encuentran animales en zoológicos y otros albergues de fauna privada de libertad, y han circulado imágenes dolorosas, especialmente de felinos y paquidermos con las costillas a la vista. También se sabe desde hace un buen tiempo que muchos dueños han echado sus mascotas a las calles al no poder pagar los prohibitivos precios de los alimentos para mascotas (ah, aquellos tiempos imaginarios cuando hasta nuestros pobres comían perrarina), y mucho menos los de atención veterinaria. Sumen a eso la cantidad de familias que han dejado el país sin poder llevarse sus seres más queridos, al tiempo que cargaban con ese sujeto insoportable y desagradecido que lo único que hace es pedir y ver televisión (me refiero al marido, por supuesto).

Reina, Cazador, Cacique, Duquesa, Lolita, Faraón (de verdad, cuánta monarquía canina), Bandido, Corolla, Saga, Blake, Cachucha, Rintintín, Lassie (obvio), Obvio (el próximo que tenga lo llamaré así). Entonces es lógico que a raíz de la fuga masiva de venezolanos, muchos de ellos haciéndolo con riesgo de sus vidas y exponiéndose a condiciones infrahumanas, que éstos estén buscando anotarse en las iniciativas internacionales que pretenden extraer de un modo seguro sus mascotas. Es verdad que puedo ser injusto y que en varios países se han implementado ayudas para los emigrados, pero creo que están siendo sobrepasados por las dimensiones de la estampida.

Argos, Theodor W. Adorno, Bakunín, Fidel, Carlota Francisca Vanderley Zuloaga (sí, en serio, yo conocí una con ese nombre), Mancha, Aníbal, Marko. Respecto al programa internacional para la evacuación y rescate de fauna silvestre en cautiverio, algunos pueblos indígenas fronterizos que desde hace años sufren maltrato doméstico y uno que otro genocidio, como los wayuu, los yukpa, los yanomami o los warao, se preguntan si podrían entrar en esa categoría –la de fauna silvestre en cautiverio, apoyándose en aquel icónico título de Jean-Marc de Civrieux, El hombre silvestre ante la naturaleza– y acceder a esa ayuda, aunque al no haber logrado la demarcación de los territorios quizás no califiquen como homínidos cautivos, a pesar de que el chavismo tenía décadas tratándolos como mascotas, hasta que empezaron a ladrar y a morder, y entonces le quitaron hasta la representación que tenían en la Asamblea Nacional.

Anastasia, Kitty, Pebbles, Chema, Orestes, Padrino López, Chipi y ¿cómo se llama la morrocoya de Rosa Inés que ahora es agregada cultural en Madrid? La morrocoya, no Rosa Inés. Me trae a la memoria aquella propaganda de Parmalat en la que aparecían niños pequeños disfrazados de leones, rinocerontes, focas, perros, osos, etc., que hasta sería una manera ingeniosa y tierna de sacar a los niños de Venezuela, disfrazados de animalitos. Y es que en el país la cosa se ha degradado tanto que la vida ya no imita al arte, sino a las viejas cuñas televisivas.

También aquel artículo de Savater publicado a fines de los setenta o principios de los ochenta en El viejo topo, que tengo la impresión de haber invocado antes, pero que igual viene al caso. El artículo trataba sobre una polémica en torno al uso de delfines con explosivos para hundir barcos enemigos, práctica que fue descartada por la marina norteamericana, que condenó tajantemente el uso de mamíferos en operaciones bélicas; y Savater lo concluía imaginando un par de marines apoyados en la baranda de un portaviones, contemplando las peligrosas aguas del golfo Pérsico y exclamando: “¡Quién fuera mamífero!”.

Porque también nosotros somos mamíferos.

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