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Philippe Le Guay: La cara amable de la vida

Philippe Le Guay: La cara amable de la vida
"Las mujeres del sexto piso" (2011), película del cineasta francés Philippe Le Guay. - Imagen tomada de pipocagigante.com.br

En conjunto, estas actrices resultan divertidísimas, entrañables, pero lamentablemente esquemáticas...

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  • Juan Antonio González
  • Viernes, 29 de Abril de 2016 a las 6 a.m.

El director y guionista Philippe Le Guay asiste como invitado al 30° del Festival de Cine Francés de Caracas, donde presentará “Florida”, cinta reciente con la que espera tener el mismo éxito que tuvo su filme de 2014 “Las mujeres del sexto piso"

París, 1962. La cámara enfoca las ventanas del ático de un edificio residencial. Sobre una de estas especies de claraboyas empañadas por el frío descansa una bolsa de plástico con algunas cosas en su interior. La ventana se abre y ya desde el interior vemos a Carmen Maura que toma la bolsa y saca de ella lo que, en condiciones normales, debería estar dentro de un refrigerador: una botella de leche…

Así comienza Las mujeres del sexto piso (2011), cinta del cineasta Philippe Le Guay, quien se encuentra en Caracas como invitado especial del trigésimo Festival de Cine Francés, donde presentará su más reciente película Florida, una comedia agridulce sobre la relación entre un padre anciano y su hija mayor y que posee como uno de sus grandes atractivos el estar protagonizada por el veterano Jean Rochefort y la brillante Sandrine Kiberlain.

Volviendo a Las mujeres del sexto piso: a quien encarna Maura es a Concepción Ramírez, una inmigrante española que, como el resto de sus cuatro amigas, también ibéricas, se gana la vida como empleada doméstica de alguno de los propietarios de los antiguos y lujosos apartamentos de un condominio en el centro de París. Ella y sus amigas son el alma del lugar; es decir, la parte más ruidosa y desenfadada del edificio, cuya amargada conserje, francesa para más señas, intenta sin éxito “meter en cintura”.

Una vez conocidas someramente el resto de las mucamas, desde las más esnobista, que sueña casarse con un millonario y ser tan rubia como Marilyn Monroe; hasta la antifranquista endurecida por el asesinato de sus padres, pasando por la beata del grupo y por Concepción, que es como la líder de todas, hace su aparición la sobrina de ésta, la bella María González, interpretada por la bonaerense Natalia Verbeke.

María es una joven callada, delicada y educada que, sin proponérselo, cambiará la vida de monsieur Joubert (Fabrice Luchini), un agente de la Bolsa para el que comienza a trabajar una vez que la vieja mucama de la familia decide regresarse a Bretaña por no aguantar a la esposa de éste (Kiberlain).

Así, todo está servido para que esta comedia de enredos superficiales (la mayoría) y trama romántica (la que se establece entre el señor y la empleada doméstica) apele a la sensibilidad de los espectadores sin ahondar en los aspectos sociales y políticos que se asoman en la realidad de cada uno de los personajes descritos por Le Guay: la situación de inmigrantes, con la carga de xenofobia que tal circunstancia entraña; las diferencias de clases, y, en un ámbito más íntimo, la revelación de otra manera de ver y de vivir la vida que opera en monsieur Joubert y esa herida que jamás cicatriza de tener que cargar a cuestas con una familia separada.

El mayor hándicap de Las mujeres del sexto piso está, precisamente, en no aspirar a ser algo más que una comedia fácilmente digerible. Eso, por supuesto, le permitió llevar a las salas francesas a 2.500.000 espectadores; bien por eso, pero también la ha alejado de ser una obra memorable, sobre todo en estos tiempos de gobiernos autoritarios e intensos movimientos migratorios.

El elenco hispano, que encabeza Maura y completan Lola Dueñas, Berta Ojea, Nuria Solé y Concha Galán, además de Verbeke, cumple. En conjunto, estas actrices resultan divertidísimas, entrañables, pero lamentablemente esquemáticas; y ello claro, no es responsabilidad de ellas, sino de un guión y una dirección demasiado calculados en su búsqueda de la cara más amable de la vida. Un retrato que, al final, carece de densidad, de matices, de alma.

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