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Martes, 20 de Noviembre de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Paz y Bien

Paz y Bien
- Imagen tomada de www.cpravilesoccidente.es

El Señor me reveló que dijésemos este saludo: El Señor os dé la Paz

Mientras caminaban hacia una cueva cercana a Bodh Gaya, ciudad ubicada al norte de la India, donde se cuenta que Siddharta Gautama meditó durante tres días continuos bajo la sombra de un árbol y alcanzó la iluminación, Thich Nhat Hanh –escritor, poeta, maestro y monje budista– junto a algunos seguidores, se detuvieron en el corazón de unos arrozales para recitar un poema cuyas ideas quiero traer a nuestra compleja dinámica social. El poema dice que “la paz está a cada paso. El sol rojo y radiante es mi corazón. Cada flor sonríe conmigo. Qué verde y tierno es todo lo que crece. Qué fresco es el viento. La paz está en cada paso. Transforma el sendero interminable en alegría”. La paz, según logro intuir en estas líneas, no es algo que vive fuera de nosotros y que, por lo tanto, podemos conquistar o, mucho mejor, que ella nos conquiste. Hallarla es el resultado del compromiso humano de vivir en el presente, gota a gota, paso a paso. “La paz está presente aquí y ahora, dice Thich Nhat Hanh, en nosotros y en todo lo que hacemos y vemos. Cada aliento que tomamos, cada paso que damos, se puede llenar de paz, alegría y serenidad. La cuestión es si estamos o no en contacto con ella. Tan sólo hay que estar despierto, vivo en el momento presente”. Esto me recuerda a Evagrio Póntico, Padre de la Iglesia, cuando afirmaba de manera vehemente que quien no vive ahora la vida eterna puede despedirse de vivirla luego. Naturalmente, también tendría que recordarnos el aquí y ahora de San Agustín, ese misterioso enamoramiento de la unicidad con el instante. El resultado inmediato de nuestras caricias profundas con cada momento es, lo dicen los grandes sabios, la sabiduría, la paz.

Tengamos conciencia de la paz y démosla. Cuando digo darla pienso en San Francisco de Asís. San Francisco enseñó a sus compañeros que la paz que tienen que tener en su boca es la que brota fresca de su corazón. Es la paz interior, la que ellos han conquistado. El escándalo y la ira que ellos podrían provocar si faltaran estas buenas disposiciones, refleja, evidentemente, el vocabulario de las Admoniciones. Escándalo e ira son la realidad de los que no saben conservar la paz. Esta paz que los franciscanos llevan en su corazón es la del comentario de la Admonición 15 a la bienaventuranza de los pacíficos. La Admonición 15 dice: “Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Son verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de todas las cosas que padecen en este mundo, conservan la paz en su alma y en su cuerpo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo”. El pobre de Asís compromete a sus hermanos a comunicar la paz dando testimonio de la dulzura, que se transforma en el medio para enamorar a todos los hombres a la paz verdadera, a la bondad y a la concordia que, sin lugar a dudas, encaminan hacia la fraternidad.

Aunque se ha generalizado que el saludo de los franciscanos es Paz y Bien, realmente no es así. En su testamento el Pobre de Asís escribe que "El Señor me reveló que dijésemos este saludo: El Señor os dé la Paz". Por ello, expone en las reglas de su fraternidad que "en cualquier casa donde entren digan primero: Paz a esta casa. Y permaneciendo en aquella casa coman y beban lo que les pongan delante". Sin embargo, como apuntamos, el saludo que terminó llegando hasta nuestros días es Paz y Bien. Saludo que tiene fuertes implicaciones bíblicas. Antonio G. Lamadrid supone que los franciscanos buscaron simplificar la fórmula en vista de que, en muchos lugares donde llegaban a predicar, algunas personas los miraban con desconfianza. Así que, hundiendo sus corazones en las fuentes bíblicas, se transformó en una fórmula que subsiste desde antes de Cristo hasta nuestros días. La fórmula aunque es la misma, no significa lo mismo. Las palabras van cambiando de significación con el correr del tiempo. Esto ha ocurrido también con Paz y Bien. Pasó del uso profano al mundo de la Biblia, cargándose de contenido teológico, hasta transformarse en la manera repetida y técnica para enunciar la futura salvación mesiánica. Llegada la plenitud de los tiempos: la Paz y el Bien son Cristo. Por lo que se refiere a la paz, san Pablo lo afirma expresamente: “Cristo es nuestra Paz” (Ef 2,14). Es nuestra paz, porque nos ha puesto en paz con Dios; porque ha llevado a cabo la pacificación mutua entre los hombres, derribando los muros de separación, odio y hostilidad que los tenían divididos; porque “mediante la sangre de la cruz, ha pacificado todas las cosas, las de la tierra y las del cielo” (Col 1,20). El saludo Paz y Bien, en labios cristianos, resume en sí todos los bienes de la Redención y al Autor de los mismos.

Volviendo a Thich Nhat Hanh, nos comenta que la paz verdadera siempre es posible, aunque demanda fuerza y práctica, particularmente en tiempos de grandes dificultades. Para muchos, la paz y la no-violencia significan: pasividad y debilidad, conformismo inclusive. En realidad, practicar la paz y la no-violencia está muy lejos de la pasividad. “Practicar la paz, hacer que la paz viva en nosotros, es cultivar activamente la comprensión, el amor y la compasión, incluso cuando nos enfrentamos a la incomprensión y el conflicto. Practicar la paz, en especial en tiempos de guerra, requiere coraje”. Esto implica hacer grandes esfuerzos para cultivar la paciencia. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos pretextos para manifestarnos con ira, y finalmente convertirnos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos. No es fácil abrirnos a la paciencia, pero podemos comenzar intentando afianzarnos en la idea de que el otro también tiene derecho a ser como es, “no importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba”, como apuesta el Papa Francisco en Amoris Laetitia, el amor es servicial, es decir, nos ubica ante la posibilidad de ser bondadosos con nuestras obras, que no basta sólo con ser pacientes, pues podríamos caer en la pasividad que aniquila.

En un artículo dedicado al amor en la familia escribí que la paciencia va de la mano por una acción dinámica que busca el beneficio y la promoción del otro, ya que el amor es hacer el bien al otro, buscar su bienestar o, rescatando junto al Papa la voz contundente de San Ignacio de Loyola: “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras”. El amor no siente envidia lo cual nos dice que en nuestras relaciones personales no puede haber lugar para sentir molestia por el bien del otro. “El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia” escribe el Papa en Amoris Laetitia. El amor que mira desde Cristo comprende que cada ser humano tiene dones particulares, diferentes que le abre frente a sí caminos distintos. El amor nos impulsa a buscar nuestro camino para ser felices siendo felices con los otros buscando el suyo propio.

Este año que apenas comienza tenemos una invitación muy profunda inscrita en lo más íntimo de cada uno de nosotros: colaborar en la construcción de un camino hacia la civilización de la paz. Particularmente en la necesidad de moderar el discurso, pues, como bien sabemos, no solo las armas tienen la capacidad de herir. Las palabras mortificantes, los gestos desacralizados, las formas inciviles, las pretensiones arrogantes y desmesuradas, todas ellas nos conducen a un estado de permanente ofuscación, violencia y opresión. San Francisco de Asís no fue, como es harto sabido, un teórico del tema de la violencia y mucho menos de la cuestión social, tan solo se trataba de un cristiano convencido de que buscaba ser coherente con su fe que, por medio de sus acciones, la llevaba hasta las entrañas de la realidad social en la cual desarrolló su vida. Su autonomía personal y su amorosa espontaneidad no fueron permeadas por consignas de ninguna ideología que hipotecara su libertad. Ante los problemas del otro no hizo lamentos de infortunio y calamidades, no dramatizó como acostumbran los políticos interesados, no hizo novela ni comedia con los males ajenos, ni se autoeliminó de la sociedad como los cobardes e incapaces. Todo lo que hizo fue simple y sencillamente llevar el mensaje evangélico de la fraternidad, de la paz, de la armonía y de la esperanza.

Paz y Bien es un saludo, pero, al mismo tiempo, es un compromiso. Este saludo, hecho a imitación del Evangelio, persevera en hacer que el corazón se abra a la paz, es decir, a esa fuerza espiritual interior que es fundamento de transformación moral y civil. Este saludo pretende hacer entrar en los planes de renovación a los hombres, mediante la profundización interior y el Evangelio. Paz y Bien es un compromiso en ser conscientes y cultivadores de la compasión en nuestra vida cotidiana, disminuir la violencia diariamente, intentar ejercer un efecto positivo en nuestra familia, nuestros amigos y la sociedad. Cuenta la tradición budista que la noche antes de su iluminación, Buda fue atacado por Mara, que representa a la tentación, al demonio. Mara y su ejército de demonios lanzaron centenares de flechas a Buda, pero a medida que las flechas se le acercaban, las convertía en flores y caían dulcemente a sus pies. Nuestro Señor Jesucristo, dispuesto ante el profundo sufrimiento y vergüenza producidos por la muerte en la Cruz, no lanza ni un solo anatema contra sus verdugos. Todo lo contrario, pedía al Padre que los perdonara por su ignorancia (Lc. 23,34). No debemos pagar mal por mal a nadie. Debemos procurar ser buenos delante de todos los hombres. “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Rm. 12,18).

Este nuevo año, por los menos, los que nos hacemos llamar cristianos, tenemos un severo compromiso con nosotros, con nuestras familias, con nuestra sociedad. Estamos llamados a protagonizar un cambio antropológico que debe brotar de la fe, que decimos vivir, y el anhelo de gozar a plenitud el don del amor. Comprender la paz como valor absoluto que reclama de nuestras fuerzas y reservas espirituales y humanas el mayor de los esfuerzos posibles. Nos lo merecemos luego de tanto dolor, sufrimiento y sacrificio.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum


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