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Sábado, 21 de Julio de 2018

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Palabras para Néstor

Palabras para Néstor
José Agustín Goytisolo -

Esta semana, Ricardo Azuaje nos ofrece una carta abierta a un viejo amigo ya distante por las diferencias ideológicas

Uno no puede volver atrás, porque la vida ya te empuja, con un aullido interminable, interminable. “Palabras para Julia”, un poema escrito por José Agustín Goytisolo, publicado en 1979, aunque ya había sido conocido y musicalizado por Paco Ibáñez, en cuya voz algo monótona sigo escuchando esta y otra canción que encantaba a mis hijos, también de José Agustín: Érase una vez un lobito bueno, al que maltrataban todos los corderos. Y había también un grupo de muchachos de dieciocho años recién llegados a Mérida desde distintas ciudades del centro –Caracas, Valencia, Maracay–, que además venían a incorporarse a la política universitaria, que entonces era pura y absolutamente de izquierda. No es que no hubiera adecos y copeyanos, es que no tenían ninguna importancia, o eran todos profesores, y ese era otro mundo. El nuestro, de pelabolas mal abrigados, comedor universitario y manos manchadas por tinta de multígrafo, estaba conformado por gente del MIR, con sus cuatro tendencias, del PRV, del MAS, de Bandera Roja, Liga Socialista y algunos loquitos de Causa R, que entre otras cosas compartían gustos musicales muy variados, que iban desde Mercedes Sosa y el Inti-Illimani hasta Keith Jarrett y la Sonora Matancera. De hecho, la amiga con la que conocí esa voz de ultratumba española que me acompañará toda la vida, la de Paco, tenía al lado de sus discos uno de Barry Manilow (donde estaba “Copacabana”) y otro con los temas de Saturday Night Fever, con el que practicábamos pasos de baile francamente pequeñoburgueses, pero de mucho éxito en la única discoteca de la ciudad, La Casita de las Rosas.

Éramos jóvenes iracundos, pero también con mucha amplitud mental, y mucho desorden, por lo que no es de extrañar que confundiéramos a los hermanos Goytisolo: a Luis y Juan con el autor de todos los poemas que nos atañen, José Agustín, que también es padre de “Historia conocida”, un poema dedicado a Miguel Hernández y musicalizado por Serrat. Y el que ha muerto ahora es Juan, autor de Señas de identidad, Paisaje después de la batalla, Reivindicación del Conde Don Julián y La saga de los Marx, que es la única novela que he leído de este Goytisolo, y que lamentablemente está guardada en una caja y en un depósito en un rincón de la Gran Sabana.

Un intento de aproximarse a la vida de Carlos, Jenny y sus hijas, a través de una novela que es también la producción de una serie de televisión sobre esta familia y la confluencia de varias miradas sobre el resultado de la aplicación de sus ideas a lo largo del siglo XX. El comienzo es inolvidable: una playa italiana, del Adriático, con parejas ricas que toman el sol acompañadas por perros tamaño cartera bien alimentados, a la que llega un barco lleno de desarrapados albaneses que huyen de la guerra civil y financiera que destruyó su país, pocos años después de la caída del muro y de la pesadilla de los países socialistas.

Volviendo a Mérida, que es volver más atrás todavía, a San Juan de Los Morros, por ejemplo, yo llegué al socialismo como proyecto de vida entre otras influencias por las de Néstor, nuestro hermano mayor, que militaba en el MIR cuando todavía era una fuerza clandestina, que compraba libros de Grijalbo y Fondo de Cultura Económica, discutía de política con sus amigos, con mis primos y tíos, y terminó por comunicarnos su entusiasmo, y también a ser críticos con lo que escuchábamos o leíamos. Durante mucho tiempo Néstor fue nuestro baquiano en la maraña ideológica de las diversas versiones del marxismo, y una voz autorizada en cualquier tema relacionado con la política, hasta la llegada del chavismo.

Y tal vez debiera aprovechar para decirte que fui yo el que se llevó Autocrítica, de Morin, pero te lo voy a devolver. De paso, el segundo libro que compré en Buenos Aires fue uno suyo, Breve historia de la barbarie en Occidente, y resultó decepcionante.

A Néstor además debo, aunque en eso mi padre también tenga su parte, mi gusto por la lectura en general y por escribir con intenciones de publicar. Es una deuda enorme que ha vuelto a mi memoria en estos días debido a tres circunstancias que en orden cronológico inverso vendrían a ser: el cumpleaños número 65 de Néstor, la muerte de Goytisolo a principios de este mes y la muerte de Aurora a fines del año pasado.

Aurora, la compañera de mi hermano, fue administradora en el CONAC por años, y del Centro Nacional del Libro durante muchísimo tiempo. Esa circunstancia y el hecho de estar casada con mi hermano favoreció que Néstor se relacionara con Juan Goytisolo, cuando vino en 2012 como invitado especial de la Feria Internacional del Libro, una feria cada vez más sesgada ideológicamente, aunque es probable que el escritor español no lo sintiera así, dada la visión del chavismo que aún persiste en los medios de izquierda ibéricos.

Leí en un artículo reciente de El País que los últimos años de Goytisolo fueron terribles. La necesidad de ayudar económicamente a su “tribu” (sobrinos e hijos de su compañero muerto), lo obligó a aceptar el Premio Cervantes, que había cuestionado años antes, y probablemente haya tenido que ver con su presencia en una feria como la de Caracas, cada vez con menos relevancia.

Siento mucho la muerte de Aurora. Siento mucho también que discutir sobre el chavismo nos haya separado tanto, lo que a estas alturas de nuestra edad y geografía podría considerarse como una distancia mortal, definitiva.

Lamento entre otras cosas que no hayamos tenido espacio y tranquilidad para sentarnos, roncito de por medio, y para que me contaras cómo te fue con Goytisolo cuando lo acompañaste a un paseo por el Metrocable de Caracas, el teleférico de San Agustín. Un deseo del escritor español, catalán o marroquí, que te tocó complacer. Imagino que debe haberle gustado que hablaras francés y ese aspecto magrebí que tantos problemas te causó en Francia. Puedo verlos solos en la góndola roja, momentáneamente detenida, suspendida y balanceándose sobre el mar de ranchos de Marín, con las moles blancas y grises de Parque Central de fondo, y más allá la silueta del Ávila.

Los dos fumando a pesar de los carteles intercalados entre la propaganda chavista. La verdad es que no sé si el español fumaba, y tú lo dejaste al mismo tiempo que Aurora hace más de diez años. Pero es necesariamente literario que ambos estuvieran echando humo en el teleférico de los pobres construido por esa empresa “socialista” brasileña, Odebrecht.

Me gusta que hayas vivido ese momento, y que yo pueda recordarlo, aunque no me lo hayas contado.

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