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Lunes, 22 de Octubre de 2018

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Opinión

El ojo mecánico

Oscar 2016: nada memorable

Oscar 2016: nada memorable
Imagen tomada de www.filmweb.pl -

El cine hecho a la medida del establishment siempre tiene esa inconfesable tentación de dirigir su deformado espejo hacia la realidad...

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  • Juan Antonio González
  • Viernes, 22 de Enero de 2016 a las 6:01 a.m.

Las cintas que este año se disputan la más importante estatuilla de los premios de la Academia, la de Mejor Película, aportan un leve halo de profundidad a una industria en la que escasean las obras cinematográficas perdurables

Pese a la naturaleza sobrecogedora en la que Alejandro González Iñárritu decidió ambientar la historia contada en el libro The revenant: a novel of revenge. Pese a la visceralidad con la que el actor Leonardo DiCaprio encarna al explorador del siglo XIX, Hugh Glass. Pese a la extraordinaria fotografía de Emmanuel Lubezki. Y muy a pesar de las inhumanas circunstancias en las que se rodó el más reciente filme del cineasta mexicano, autor de Amores perros, entre otras producciones, las 12 nominaciones a los Oscar que ha recibido El renacido (título en español de The revenant) resultan desproporcionadas ante una industria en la que anualmente se producen alrededor de 600 filmes.

Y no es que todos merezcan ubicarse entre lo mejor del año, pero si algo queda demostrado en la selección que para cada edición de los Oscar hacen los casi 6.000 miembros de la Academia de Ciencias y Artes del Cine de Estados Unidos, es que la gala de entrega de las publicitadas estatuillas es un coto cerrado (infranqueable, diría) para aquellas películas que se ubican fuera del engranaje de los grandes estudios, esas obras que existen más allá del mainstream y que no necesariamente deben ser incluidas en ese apéndice de la industria llamado “cine independiente”.

Cito unas pocas de esas películas sobre las que los reflectores de la Academia no se posaron el año pasado. Son muchas más, obvio: Mistress America (2015), cinta de Noah Baumbach que persiste en ahondar con humor en la diversidad de las relaciones humanas que se generan en el interior de familias disfuncionales o ampliadas; Songs my brothers taught me (Chloé Zhao, 2015), drama acerca de dos hermanos de una reserva india en Estados Unidos que luchan por encontrar el verdadero significado de la palabra “hogar”; James White (2015), de Josh Mond, impecable, duro y, por momentos, desquiciante retrato de una madre y un hijo en crisis; The end of the tour (James Ponsoldt, 2015), una peculiar aproximación al atormentado mundo interior del escritor David Foster Wallace, autor de La broma infinita, y Tangerine (Sean Baker, 2015), desprejuiciada mirada al drama de una prostituta transgénero que intenta descifrar por qué el amor de su vida la engañó.

Sin desconocer el papel que juega el pasado como mecanismo para entender el presente, todas y cada una de las películas mencionadas están ambientadas en ese impreciso ahora de la sociedad estadounidense. No se van, como El renacido, al siglo XIX para contar una historia de sobrevivencia; no viajan a los años cincuenta (como Carol) para mostrar los recovecos del deseo homosexual; no recrean hechos puntuales como la pedofilia en el interior de la Iglesia (Spotlight) o la crisis financiera de 2007 en Estados Unidos (La gran apuesta) para llegar al tuétano de la doble moral de una sociedad que, como su cine más difundido y aceptado –ese que se premiará el 28 de febrero–, voltea la vista o mira tangencialmente cuando se trata de sincerarse ante sí.

El cine hecho a la medida del establishment siempre tiene esa inconfesable tentación de dirigir su deformado espejo hacia la realidad, y claro, el único reflejo posible de tal impulso es también una imagen especular deformada.

Como quiera que sea, esta reflexión, que para nada se propone cambiar el estado de las cosas, apunta a que el lector/espectador entienda que los premios de la Academia no son el único rasero para medir el nivel de compromiso, de creatividad y de búsqueda formal y conceptual del cine estadounidense actual.

En los Óscar no se premia a la mejor cinematografía del mundo, sino apenas a una ínfima parte de los productos culturales creados en Estados Unidos y, por supuesto, en el resto del mundo.

Alejandro González Iñárritu, George Miller (el de Mad Max: furia en la carretera), Adam McKay (La gran apuesta), Tom McCarthy (Spotlight), Quentin Tarantino (The hateful eight) y en menor medida Lenny Abrahamson (Room) han creado obras que la memoria fijará hasta poco tiempo después de que pase el maremágnum mediático del Oscar.

Gravedad, por ejemplo, nunca será 2001: una odisea del espacio… No es un asunto de formas, sino de contenido y trascendencia.

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