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Jueves, 21 de Junio de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

¿Orar? ¿Hoy?

¿Orar? ¿Hoy?
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El camino de la oración nos lleva de nuevo a la posibilidad de encontrar las verdaderas palabras que puedan responder a las preguntas que nos hemos dejado de hacer: ¿Qué es el hombre? ¿Quién soy? ¿Cuál es el sentido de nuestras vidas?

Por asuntos laborales, soy profesor de Literatura, tuve que volver sobre las vanguardias literarias que surgieron en Occidente en las primeras décadas del siglo XX. Nuevamente, después de muchos años, volví a leer deliciosos poemas de esa época que tanto dicen del hombre moderno, sólo que, a diferencia de lo que me produjeron alguna vez, hoy me dejaron un ingrato sabor en los labios. Tenía conciencia muy clara de que cada verso, de alguna manera, intentaba tapar la responsabilidad de los disparos y cañonazos que marcaban el tiempo del mundo, en particular, de una Europa que daba los primeros pasos hacia el corazón de las tinieblas. Vértigo y confusión. Velocidad y estridencia. Movimiento y ruido. Hombres que, lentamente, van quedándose huecos, cómodamente huecos en la periferia de la realidad, lejos de ellos mismos, lejos del otro, cerca, muy cerca de la nada y del vacío desde donde pretenden responder a todas las preguntas. Hombres que parecen haber perdido la posibilidad de entregarse a la contemplación, al silencio, al recogimiento, a esa posibilidad de meditar meditándose entregados de lleno a todo lo exterior, a la imagen, a la cultura de la soledad y la muerte. Perdiendo el contacto con esa otra realidad que surge de lo sensible donde hallamos el camino hacia la plenitud que nos equilibra frente al mundo.

Estos poetas no hacían otra cosa que hacer un esbozo de cómo percibían el alma del hombre moderno que aprendió muy rápido a despreciar los frutos de la espiritualidad. Dio la espalda a las experiencias místicas que le ayudaron en algún tiempo a ser como el silencio incontrovertido de los árboles, de las ramitas que se dejaban mecer por la caricia fresca del viento, y con estas experiencias, Dios también parece haber desaparecido del horizonte del hombre o, como señala Benedicto XVI, se ha transformado en una realidad ante la cual se permanece indiferente. Esto ha conducido al hombre, incluyendo al propio cristiano, a alejarse de manera, a veces radical, de la posibilidad de sumergirse en el misterio maravilloso de la oración. Los hombres modernos, por la misma vertiginosa manera de vivir la vida, nos hemos alejado de todo los que envuelve a la oración que, si meditamos bien el asunto, va más allá, mucho más allá, de repetir las mismas palabras cada vez que nos sentimos acorralados o bajo el apremio infatigable de la realidad. Abrirnos verdaderamente a la oración, según expresan los místicos, es adentrarnos a una realidad que nos conduce más allá de su propio dolor sentido. Petición que no pide, un gozo que no puede creerse, un canto que no canta pero que acaba en sí mismo multiplicándose hacia más allá de nuestros confines humanos. A través de la oración es probable hallarnos inciertamente en los claros del bosque descritos por María Zambrano como un centro al que no siempre se puede acceder, pero que, cuando se logra, una voz nos lleva de la mano hacia la posibilidad de no hallar nada. Nada se busca. Nada se halla. Es tan sólo un desvío que nos mantiene intactos aunque nos desorganice eso tan muchas veces espeso como lo es el pensamiento.

Cuando penetramos por el bosque de la oración entramos en contacto con nuestra verdadera dimensión, asumimos nuestra pequeñez, nuestro real fondo de poquedad, nuestra flagrante nadería, así lo ha advertido Armando Rojas Guardia, por ello es experiencia del sinsentido y experiencia de plenitud. Por medio de ello, transitamos por el mundo nuevamente sin que nos toquen las sombras funestas de las ideologías del mal, animadoras de la muerte, del sufrimiento, del alejamiento entre tinieblas de lo más sagrado de cada hombre. Ideologías que lo han alejado de su libertad, de su dignidad y de su autonomía. La modernidad se fraguó desconociendo el hecho cierto de que el hombre es religioso por naturaleza. El Catecismo de la Iglesia afirma que el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios. La imagen del Creador, reflexiona Benedicto XVI, está impresa en el ser del hombre “y él siente la necesidad de encontrar una luz para dar respuesta a las preguntas que atañen al sentido profundo de la realidad”. Respuesta que nunca ha estado en el progreso, ni en la ciencia, ni en la ideología del partido, ni en el líder político, ni en un gobierno, ni siquiera en el mismo hombre.

En tal sentido, y justamente por eso, la oración es una fuente necesaria para la vida del hombre, en especial hoy que tan confundidos estamos, tan alejados de nuestra verdadera identidad, tan crucificados por la realidad, pero de espaldas a Dios. Por eso, como nos recomiendo Santiago: “si alguno de vosotros está a falta de sabiduría, que la pida a Dios, que la da generosamente y sin echarlo en cara, y se la dará” (St 1,5). El camino de la oración nos lleva de nuevo a la estupenda posibilidad de encontrar las verdaderas palabras que puedan responder en la actualidad a las preguntas que nos hemos dejado de hacer: ¿Qué es el hombre? ¿Quién soy? ¿Cuál es el sentido y fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué es el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte y qué hay después de ella? Para Juan Pablo II, orar era como respirar, la oración allana el camino para la reconciliación, no sólo con los demás, sino con nosotros mismos, ya que tenemos mucho qué perdonarnos. Tenemos que levantarnos del infierno en que nos hemos vuelto producto de los avatares de la vida llevados de manera equivocada y retornar a la senda del gozo que nos comunica con nuestro interior. Gozo que es ligereza y amplitud, serenidad y paz, luz y armonía.

Estamos necesitados de acallar nuestro intelecto y nuestra voluntad para hallar la manera de abrirnos al silencio de los sentidos como aquella madrugada del Getsemaní cuando Cristo, absorto por la angustia, el temor y el sufrimiento, no se entregó a la oscuridad de la noche, sino a la luz poderosa de la oración en cuyo amparo encontró la senda que lo hacía uno con la voluntad del Padre. Jesús, que también fue hombre como tú y como yo, sabía que no podía responder por sí mismo a su propia necesidad fundamental, en aquella madrugada, que no pasara por él el cáliz de la muerte, por eso ora para no sucumbir ante el miedo. En su ejemplo, el hombre comprende que necesita abrirse a otro, a alguien, o a algo, que puede darle lo que le falta. Jesús nos enseña a salir de nosotros mismos hacia Aquel que puede, sin duda, colmar la amplitud y la profundidad de su deseo. “Sin la fuerza de Dios, dice San Alfonso María de Ligorio, no podemos resistir a la violencia de tantos y tan poderosos enemigos. Esta ayuda de Dios sólo se concede a la oración, así que sin oración no hay salvación”. Esta es la razón por la cual Jesucristo, antes de cualquier acontecimiento importante, se alejaba a orar. Se alejaba del mundo para acercarse a Dios, por ello siempre lo hacía en un monte, es decir, como señal o símbolo de elevación. Orar es justamente eso, como subir a lo más alto de un monte, subir por sobre las tempestades, sobre los problemas y, bajo el cobijo de Dios que baja como nube sobre nosotros, brillar en medio de tanta oscuridad y desmontar así las fraguas de las tinieblas.

Santo Tomás de Aquino dice que no es necesario rezar para que Dios conozca nuestras necesidades. Él las conoce desde antes que las sintamos. Orar es necesario para entender la necesidad que tenemos de recurrir a Dios para recibir las ayudas necesarias para nuestra salvación, “y de esa manera reconocerle como Autor de todos nuestros bienes”. Por ello, Juan Pablo II, decía que la oración es la primera expresión de la verdad interior del hombre, la primera condición de la auténtica libertad del espíritu. “La Iglesia ora, la Iglesia quiere orar, desea estar al servicio del más sencillo y al mismo tiempo el más espléndido don del espíritu humano, que se realiza en la oración. La Iglesia ora y quiere orar para responder a los deseos de lo más profundo del hombre, que quizás está tan agobiado y limitado por las condiciones de las circunstancias de la vida diaria, de todo aquello que es temporal, de la debilidad, el pecado, el abatimiento, y de una vida que apenas tiene sentido […] La oración da sentido a toda la vida, en cada momento de ella, en cada circunstancia”.

Hoy la oración tiene tanto poder como ayer, siempre ha sido así. No fue la oración la que perdió fuerza y vitalidad, ha sido nuestra fe que se transformó en otra cosa, a veces tan banal como un celular o un auto nuevo. Apesadumbrados y desolados como estamos por nuestra debilidad humana, así como aquellos dos que regresaban a Emaús, volvamos a pedir a Dios muchas cosas. Muchas veces podemos sentirnos tentados a pensar que Él no nos escucha o no nos responde, eso nos ha dicho tantas veces el mundo, pero como sabiamente nos recuerda san Agustín, Dios sabe ya de qué tenemos necesidad antes de que se lo pidamos. Él afirma que la oración va a nuestro favor, en el sentido de que en la oración «ejercitamos» nuestros deseos, y así nos aferramos a lo que Dios está preparando para darnos. Para nosotros es una oportunidad de «ensanchar nuestro corazón». En palabras de Juan Pablo II, Dios nos escucha siempre y nos responde siempre –pero desde la perspectiva de un amor mucho más grande y de un conocimiento mucho más profundo que el nuestro. “Cuando parece que Él no escucha nuestros deseos dándonos aquello que le pedimos, por muy desinteresado y noble que sea, en realidad lo que hace es que está purificando nuestros deseos porque hay otro bien más grande, que quizá sobrepasa nuestra comprensión en esta vida: el reto de «ensanchar nuestros corazones» para santificar su nombre, buscar su Reino y aceptar su voluntad. Como Cristo en el Huerto de Getsemaní podemos quizás orar por nosotros mismos o por los demás. «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de amargura; pero no sea como yo quiero, sino lo que quieres tú»” (cfr. Mt 26, 39; Mc 14, 36; Lc 22, 42). Hagamos el intento. Realmente lo necesitamos, y lo necesitamos hoy más que nunca.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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