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Miércoles, 17 de Octubre de 2018

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Naturalezas alteradas

Naturalezas alteradas
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La Reserva Costanera Sur es un rincón verde aprisionado entre las aguas del Río de la Plata, el desarrollo urbanístico de Puerto Madero y esa mezcla de maquinarias portuarias con apariencia de abandono que bordea la desembocadura del Riachuelo

Terminó abril y del otoño un coño, es decir, el frío, que debería haber hecho acto de presencia desde el 20 de marzo, por aquello de los equinoccios, los movimientos de primaria (traslación y rotación) y las estaciones de Vivaldi, ha brillado por su ausencia, y hemos seguido con días calientes, húmedos y, precisamente, sin brillo. Es tan caliente este otoño que me hace pensar, o recordar un día de verano que pasamos caminando por la reserva ecológica Costanera Sur y que esta noche —no sé si se han dado cuenta, pero los artículos de Cable al Sur desde hace unos cuatro meses se escriben casi exclusivamente de noche, de allí ese aire a emisión radiofónica nocturna, la voz ronca y demorada, arrastrando cada palabra, trasnochada, con el desparpajo y la franqueza del que sabe que nadie está escuchándolo— provoca evocar.

La Reserva Costanera Sur es un rincón verde aprisionado entre las aguas del Río de la Plata, el desarrollo urbanístico de Puerto Madero y esa mezcla de maquinarias portuarias con apariencia de abandono que bordea la desembocadura del Riachuelo, ustedes saben, Boca y los especuladores de Caminito. Aunque es una reserva ecológica no es una reserva natural: está llena de especies invasoras o colonizadoras, fauna y flora, alternando con lo que debió ser parte de un bosque atlántico, o de pantano. Pero este no es como uno de esos artículos sobre literatura venezolana donde se ataca sin dar nombres, y no me importa decir, sin que me quede nada por dentro, que una de las invasoras avistada más frecuentemente en el recorrido es justamente –y estoy pensando en otro artículo–, la palma canaria, poseedora del estípite, falso tronco, con mayor diámetro que mis ojos hayan visto en esta familia; ni deje de mencionar por su nombre completo, para que no se hable después de omisiones malintencionadas, al ligustro (Ligustrum lucidum) y al paraíso (Elaeagnus angustifolia), invasores de procedencia asiática que hasta sus supermercados ya deben tener.

De las dos últimas especies mencionadas seguramente vi ejemplares sin reconocerlos y traigo sus nombres a colación ahora gracias a internet, y a que han pasado un par de noches desde que comencé a escribir esta nota, por lo que pude revisar información sobre la flora y fauna de esta reserva, y además enterarme de que este sitio nunca fue verdaderamente un espacio natural, o dejó de serlo hace many, many years, quizás desde el momento mismo en que Juan de Garay holló con su insolente planta este suelo americano y dijo aquello de: “Mantenedme a raya aquestos naturales alterados” —un montón de tehuelches molestos por la ocupación indebida— “y sembradme por aquí un par de Phoenix canariensis”.


De paso, no tiene nada que ver, pero eso nunca ha sido un obstáculo en esta columna, al contrario, ¿no les parece que esa frase de Garay, la de “naturales alterados”, hace pensar que con él pudo haber venido un pionero del psicoanálisis? ¿La neurosis también habrá llegado con los españoles, junto con las caries y el cristianismo? El aborigen atormentado y al borde de la extinción meciéndose en su chinchorro, mientras el Adelantado del campo lacaniano andaluz, sentado sobre su yelmo, apoyando la espalda en el tronco de un palo borracho y libreta en mano, pregunta: “Vive Dios, decidme entonces, ¿por qué os sentís invadidos?” Cuatrocientos maravedíes la hora.

Volvemos a Costanera Sur, otra naturaleza alterada pues, antes fue un balneario abandonado debido a la creciente contaminación del río; luego, en los setenta, un sitio de acumulación de escombros y un posterior relleno de la dictadura, que pensaba construir instalaciones aquí y, finalmente en el 86, gracias a la labor e insistencia de varias organizaciones ambientalistas, en especial de aquellas dedicadas a la observación de aves, decretada reserva natural, para que un día de estío del milenio siguiente cuatro tropicales alterados por un desplazamiento austral precariamente planificado, rodeados de ciclistas, hombres y mujeres trotando y otros paseantes domingueros, caminemos alejándonos despacio de los rascacielos de Puerto Madero mientras nos aproximamos a esa costa que sigue oliendo a psicoanálisis profundo, a fase anal. Pero eso no impide que la pasemos bien, acostados bajo unos ceibos en flor, viendo a mi hijo menor alimentar con la mano tordos y zorzales (que en realidad también son tordos), obviamente acostumbrados desde hace mucho a recibir alimento y cariño de los visitantes, haciéndonos recordar las lagartijas de Los Roques, otra especie alterada que bebían Pepsi de la palma de la mano de los turistas.


Es un parque enorme, más de trescientas hectáreas, mayormente ocupadas por pastizales y humedales, en la que la vista de la ciudad o los muelles nunca se ausenta del todo, y un recorrido que vale la pena hacer si se tiene tiempo y te gusta la naturaleza, porque siempre es posible que antes de abandonar la reserva ésta te de un obsequio, como hizo con nosotros.

Ya íbamos de salida y en pos de unas hamburguesas callejeras cuando nos detuvo un movimiento en la flora acuática que ocupa casi todo el canal que separa la reserva de la rambla donde nos esperaban los carritos de comida. Una cabeza seguida por un cuerpo pequeño, redondeado y peludo, que en un primer momento confundimos con un chigüire (carpincho, pibes). Demasiado pequeño y con algo de perro de agua, y por más que esta zona esté plagada de especies exóticas no podía ser un “australiano mamífero, semiacuático agente”. Para salir de dudas consultamos con uno de los empleados de la reserva y el bicho, que no parecio nunca inquieto por el gran número de observadores, resultó ser un coipo (Myocastor coipus). Qué maravilla ¿no? Que en una de las zonas más urbanizadas del planeta todavía puedas tener la oportunidad de observar, en un entorno más o menos natural, un animal silvestre, aunque pueda haber desarrollado un gusto por la Coca Cola y por los restos de hamburguesas lanzados al canal, y en tal caso estaríamos frente a otro natural alterado, como nosotros.

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