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Domingo, 25 de Febrero de 2018

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Opinión

El ojo mecánico

Mucho dinero, poca alma

Mucho dinero, poca alma
Imagen tomada de www.amctheatres.com -

...ni las explosiones más intensas ni los choques más aparatosos ni las proezas físicas más increíbles, bastan para llenar la ausencia evidente de un buen guión...

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  • Juan Antonio González
  • Viernes, 15 de Enero de 2016 a las 6 a.m.

“Punto de quiebre”, de Ericson Core, con el venezolano Édgar Ramírez, sacrifica el espíritu de la película que la inspira, la que dirigió Kathryn Bigelow en 1991, en aras de ofrecer un divertimento insustancial

Siempre menos es más. Cuando la productora Alcon Entertainment decidió lanzarse a la aventura –quizás, un salto al vacío– de hacer un remake de Point break (Punto de quiebre), la película de acción que dirigió Kathryn Bigelow en 1991, debió imperiosamente pedir a los creativos a cargo del proyecto –guionistas y director– respetar el espíritu del filme del que se partía. Y no me refiero solamente al aspecto formal, siempre susceptible de ser alterado, sino de atreverse a conservar el sentido de la obra original, su alma, más que mantener su argumento –un joven agente del FBI se infiltra en el interior de una banda de asaltantes que practican surf en las playas californianas–, así como los nombres de algunos de sus personajes principales.

La tarea requería, en esencia, plantarse ante el nuevo momento histórico en el que se desarrollaría el relato. Digamos, si la Punto de quiebre de finales del siglo XX tenía su motivación en la cultura de la acumulación de riqueza que se instauró en Estados Unidos durante la administración Reagan, era necesario, aun sin convertirlo en el centro y eje del cuento, partir, por ejemplo, de la preeminencia que hoy tienen en la sociedad estadounidense las grandes corporaciones financieras.

Algo de ese estado general de las cosas está presente en la nueva Punto de quiebre, pero apenas esbozado o, cuando menos, arropado, ocultado, borroso, diluido por lo que parece ser el atractivo principal que deseaban ofrecer al público los ejecutivos de Alcon, el director Ericson Core y el guionista Kurt Wimmer: acción, nada más que acción.

Al principio de la cinta de Core, la banda que lidera Bodhi, ahora encarnado por el actor venezolano Édgar Ramírez –en el original lo interpretó Patrick Swayze–, opera como una especie de clan a lo Robin Hood que devuelve a los pobres lo que los ricos les han quitado. Para ello realizan todo tipo de actividades suicidas, como asaltar en pleno vuelo un avión que transporta toneladas de dinero que los “justicieros” hacen caer en una comunidad pobre de México.

Esa espectacularidad es la que domina la trama de Punto de quiebre. El problema es que esas monumentales secuencias de acción, que lucen más como un catálogo de deportes extremos exaltados hasta lo inverosímil y con el telón de fondo de algunos de los paisajes naturales más impresionantes del planeta, no cuentan con ideas que las sustenten. Y aquí es inevitable volver a la referencia de la que parte la cinta de Ericson Core: si el primer Bodhi era producto de un sistema que inoculó en los estadounidenses los valores del materialismo y el individualismo, el segundo se presenta como una especie de dudoso gurú ambientalista movido solamente por el afán de la aventura o por una adicción incontrolable a la adrenalina que le produce el correr la ola más alta o saltar de la cima más elevada.

La verdad es que, muchas más veces de lo que Hollywood cree, ni las explosiones más intensas ni los choques más aparatosos ni las proezas físicas más increíbles, bastan para llenar la ausencia evidente de un buen guión, donde los personajes carecen de motivaciones que los impulsen a actuar como lo hacen, que evolucionen durante el metraje del filme, que acierten o fallen en la realización de sus metas.

En esta Punto de quiebre no se sabe a ciencia cierta cuál es la filosofía de vida del protagonista. Tampoco es que se espere de un filme de acción y aventura como este, un tratado psicológico y sociológico, pero las claves para aportar cierta densidad al desarrollo de los personajes están dadas en la obra de Bigelow. Solo había que leer más allá de su trama.

Es cierto que el Bodhi de Ramírez habla de devolver a la naturaleza lo que el hombre le ha quitado, pero su proceder se enfoca, única y paradójicamente, en alcanzar ocho pruebas de deportes extremos que incluyen acrobacias aéreas, paracaidismo, surf, snowboard y motocross… De hecho, su lucha ecológica resulta insustancial por etérea, por falta de postulados concretos más allá de algún que otro modismo new age, y hasta es contradictoria cuando él y sus compinches recorren con sus motocicletas parajes vírgenes y hasta vuelan con dinamita una mina enclavada en una montaña.

Si la producción de la película de Ericson Core no hubiera contado con los poco más de 100 millones de dólares que tuvo de presupuesto, el tener que resolver con creatividad, quizás, habría ayudado a lograr un mejor resultado. Uno menos vistoso, pero mucho más coherente con la puesta al día de su excepcional referente.

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