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Martes, 16 de Enero de 2018

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

Morir en calma

Morir en calma
- Foto: www.translucidofilm.us

El 26 de enero se estrenará en el país, el segundo largometraje del cineasta venezolano Leonard Zelig, “Translúcido”, filme de nacionalidad ecuatoriana que compite en los premios Goya

Pocas veces, por no aventurarnos a decir nunca, un cineasta venezolano se atreve a hacer una película sobre la muerte. Leonard Zelig lo ha hecho con su segundo largometraje, Translúcido, rodado entre Ecuador y Estados Unidos. Pero la cinta va mucho más allá de la historia del final de una vida, pues su protagonista, Rubén, es un joven exitoso que padece de un cáncer en fase terminal y que decide no someterse a tratamiento. Digamos que en el día en que transcurre la historia vemos a un hombre convencido de que la decisión de vivir o morir es suya.

La crisis económica hizo que Zelig buscara fuera de Venezuela las posibilidades de dar forma a una película que bordea temas como la eutanasia, el suicidio. Sin visos de querer escandalizar, de buscar la polémica fácil, sino con la convicción de mostrar una cara diferente al enfrentamiento del hombre occidental con la muerte.

Así, Rubén se ha dado un plazo de 24 horas para poner en orden su breve existencia. Literalmente, monta la secuencia de su vida con videos de sus paseos por Quito o de un recorrido en bicicleta por Central Park, a los que incluye fotografías de su infancia. Se procura también un efímero encuentro sexual con una vecina que acaba de conocer, invita a su casa a sus amigos más cercanos, hace una sesión de yoga, se reconcilia con su exnovia y hasta firma una autorización para utilizar su esperma en una inseminación artificial. Es decir, para ser papá aun no estando ya presente.

Para contar su historia, que transcurre mayormente en el apartamento de Rubén en Nueva York, Leonard Zelig concibió una puesta en escena lánguida, en la que dominan los colores lavados, como desvencijados, y una cámara que en el tiempo real del filme carece de movilidad y otros efectos dramáticos. Solo las escenas de archivo, las que mira el protagonista para remitirse a su pasado, poseen la despreocupada vitalidad y la libertad del “selfie”.

Sin embargo, lo que llama la atención de Translúcido es la imagen bastante saludable de Rubén, quien a pesar de que padece un cáncer terminal, luce hasta por momentos vigoroso, cansado sí, pero mucho más vital de lo que se supone en una persona en sus condiciones. Ello crea un “ruido” que dificulta la posibilidad de conectarse con el estado emocional de Rubén, cuya interpretación es total responsabilidad del actor ecuatoriano Roberto Manrique, quien no logra llegar al tuétano de su personaje.

Aun así, son las decisiones del protagonista de Translúcido las que plantean en el público algunos dilemas sobre los que la sociedad contemporánea no termina de ponerse de acuerdo: ¿si elegimos cómo vivir por qué no podemos elegir cómo morir?, ¿se acaba todo con la muerte?, ¿debe tildarse de suicidio la elección de un enfermo irrecuperable de cáncer de no someterse a quimioterapia?

Quizás, la película de Zelig resulte demasiado reposada, demasiado impasible, para el público latinoamericano que –a excepción de los mexicanos– difícilmente acepta la muerte. Quizás, Translúcido no guste, pero sin duda, hará que quienes la vean discutan de temas sobre los que casi nunca se habla. Eso es un tremendo mérito.


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