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Miércoles, 22 de Noviembre de 2017

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

Monstruosa metáfora

Monstruosa metáfora
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Dada la pobre oferta de la cartelera nacional, la web se convierte en una caja de Pandora para descubrir filmes inusuales: “Raw”, de la cineasta francesa Julia Ducournau, es uno de ellos

La necesidad de conocimiento, de mantenerse al día con lo que ocurre en el cine mundial, no puede ser satisfecha con la pobre oferta de títulos que ponen a la orden de los espectadores las empresas distribuidoras de películas locales. Y es que en un país sometido a un “islamiento” tan brutal como Venezuela, se ha vuelto prácticamente imposible llevarle el pulso a la cinematografía actual. Así que, más temprano que tarde, hasta el cinéfilo más conservador –ese que no ve películas sino en una sala oscura– se ve forzado a buscar otras vías para mantenerse actualizado. La web es el camino, no verde sino azul, en el que es posible toparse con obras que en lo narrativo, lo discursivo y lo formal se ubican más allá de los convencionalismos de las cintas que se exhiben en las cada día más precarias salas de cine del país.

Allí, en una de las tantas páginas en las que pueden descargarse películas de corte independiente, me topé con Raw, coproducción entre Francia y Bélgica, dirigida por la cineasta Julia Ducournau, una joven parisiense de 33 años, formada en la Fémis, que con su primer cortometraje, Junior (2011), sobre un adolescente de 13 años que debido a un virus estomacal experimenta una extraña metamorfosis, recibió un premio en Cannes.

Y ha sido también en el festival de La Croisette, que la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica otorgó a Ducournau el premio Fipresci por su ópera prima Raw, de 2016.

Raw comienza de manera inquietante: en una desolada carretera de la campiña francesa, una joven aparece en el momento justo en que un carro pasa; para evitar atropellarla, el conductor esquiva a la chica pero termina chocando aparatosamente contra un árbol. La muchacha que está en el suelo se levanta y se acerca al vehículo, dentro del cual parece no haber sobrevivientes… Fade out.

El argumento del primer largometraje de Julia Ducournau es bastante sencillo: Justine es una adolescente criada en el seno de una familia de veterinarios y vegetarianos. Ella, además de vegana, se alista para ingresar a la Facultad de Veterinaria, donde ya estudia su hermana mayor. Como en todas las universidades en las que se practican ceremonias de “bienvenida” a los nuevos estudiantes, a Justine le toca someterse a una prueba que no puede aceptar: comer un riñón crudo de un conejo. Se niega, pero su hermana Alexia la conmina a hacerlo.

A partir de esa desagradable ingesta, comienzan a operarse una metamorfosis en la conducta de Justine, sobre todo cuando se descubre adicta a la carne cruda.

Aunque llena de escenas “descarnadas” –no es un juego de palabras–, Raw, título que en algunos países hispanohablantes ha sido traducido como Crudo o Grave, no puede inscribirse en el género de terror, sencillamente porque no aterra. Puede herir susceptibilidades, provocar algún grado de asco y hasta parecer de mal gusto, pero su propósito transciende más allá del horror. Es, a mi modo de ver, una historia sustentada en uno de los postulados de Sigmund Freud, según el cual los únicos deseos que las personas abrigamos, de manera inconsciente, en nuestro fuero interior son el incesto, el homicidio y el canibalismo.

Visto así, Raw se ubica en las dimensiones de la metáfora existencialista y lleva a los extremos lo que la mayoría intuye desde hace mucho tiempo: la humanidad posee una infranqueable predisposición a ser monstruosa. Hacia esta diana apunta la película de Ducournau, quien ha asegurado que: “A los caníbales se les suele tachar de monstruos, aunque no son vampiros ni hombres lobo. Pensé que sería interesante poner al espectador en la piel de uno de ellos, de alguien que se convierte en caníbal, y hacerles entender sus deseos, sus necesidades y también su miedo a ser como son. Conectar al espectador con su lado oscuro, y hacerle cuestionarse sus valores” (entrevista de Juan Manuel Freire para El Periódico, de Cataluña).

Raw, entonces, ronda el gore, pero prefiere el realismo; se aproxima al horror, pero prescinde de los golpes de efecto; parece estar influenciada por Cronenberg (Crash) o Claire Denis (Trouble Every Day), pero busca su propia dimensión discursiva. Es una obra absolutamente particular que plantea sin cortapisas cómo el proceso de socialización de una joven puede terminar en un proceso de deshumanización, de despersonalización, de animalización al que ella misma se opone como puede. Ello, unido a una mirada desprejuiciada de la sexualidad femenina, aunque para nada militante del feminismo.

Si algo ha atentado contra una obra como Raw es la publicidad que se le ha hecho en las redes sociales: las constantes referencias a las escenas de canibalismo (que no son tantas y no son tan explícitas como se quiere hacer ver) y a los dos de cientos de espectadores que la vieron en el Festival de Toronto que no pudieron aguantar las ganas de vomitar. No se crea todo lo que dicen por ahí, sométase a su propia experiencia.


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