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Lunes, 19 de Noviembre de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Monseñor Oscar Romero, el siervo sufriente

Monseñor Oscar Romero, el siervo sufriente
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Si me llegan a matar desde ya perdono a los que lo vayan hacer

Decía Monseñor Oscar Romero que cuando el hombre se dejaba someter por el odio y la ira se transformaba en un infierno tanto para él como para los demás. Por ello, siempre y desde siempre comprendió que sólo si el hombre se logra someter a la ley del amor (Jn 13,34) puede, no sólo recuperarse de ese infierno, sino que también se vuelve un colaborador de Dios en la posibilidad de recuperar apelando a su condición humana a quien ha pecado. Actitud que, de alguna manera, nos recuerda a aquel solitario peregrino al que se encontraron los dos discípulos que iban de vuelta a Emaús (Lc 24,13-35) entristecidos, vencidos y frustrados, vueltos unos infiernos, y cómo sin violentar, tan sólo llevado por el diálogo del amor, ese peregrino que era Cristo, les hizo arder su corazón, es decir, los reconcilió con su condición humana haciéndolos volver a Jerusalén para evangelizar a otros hombres-infierno que iban sufriendo como ellos por el mundo. Romero, luego de su dolorosa conversión frente al dolor de los más pobres de su pueblo, contempla a Cristo y a su ejemplo vital de asumir su vida como testimonio radical frente a la violencia transformándose así en un siervo sufriente como el descrito por el profeta Isaías. Transformación que lo hizo mártir y próximamente santo de la Iglesia de Cristo.

Monseñor meditaba con especial atención los cuadros que conforman el itinerario de la pasión del Señor, pero era siempre más que eso, no era únicamente contemplar en silencio aquel amor que cantaba la profundidad de su dimensión en la caricia que el madero iba dejando por las calles de Jerusalén. Se trataba de llevar aquello al momento, al tiempo que vivía, sembrarlo en la dinámica social para que sirviera de acicate en la lucha contra la injusticia y la violencia que hombres-infierno procuraban a los descartados. En esos cuadros, dirá, “Cristo nos está ofreciendo la fuente inagotable de su redención a los que hemos venido con fe, con esperanza, a contemplar este misterio de la redención”. Para él, aquella realidad que padecía Jesús frente a sus verdugos directos e indirectos, de alguna manera, se repitiera aquí frente a nuestros ojos “y fuéramos nosotros los que nos estamos salpicando con esa sangre que se derrama en el Calvario”. Por eso, nos pide que tratemos de sumergirnos en el profundo abatimiento y humillación del Cristo que describe el profeta Isaías (52,13-53) quien presenta a este siervo de Dios como cordero llevado al matadero. Lectura que hacía Romero como si de un espejo modélico se tratara. Veía en el rostro magullado de Cristo el rostro malformado de su pueblo por la injusticia y la indiferencia. Un pueblo sometido a penurias insólitas por un poder que no era capaz más que de ver su autocomplacencia. Pueblo saturado de hambre y enfermedad cargando sobre sus espaldas las iniquidades de los hombres del poder. Esa situación de vergüenza profunda lo condujo a formular, desde su propia vida, una teología de la más absoluta autodonación en la que no sólo estaban presentes los que sufrían, sino también aquellos que habían optado por la maldad y eran los responsables de las vejaciones que vivía el pueblo salvadoreño.

Para Romero comprender que Cristo no estaba padeciendo por responsabilidad suya, sino por la salvación de los hombres, de los que sufren y hacen sufrir, lo toca muy dentro de sí. También veía a su hermano, el padre Rutilio Grande, en ese rostro sufriente de Cristo. Debieron ser muchas noches en las que soñó con los rostros sangrantes de Cristo y Rutilio confundidos en un solo amor y una voz que, desde lo más profundo de su conciencia le increpa: «así los has dejado, tú los has matado por limpiarte tus suciedades. Ellos, Oscar, se hicieron sucios para limpiarte de tus abominaciones». Sin duda, esto debió haber sido capital en la decisión de hacer radical su compromiso con los que más sufren, pero también, de alguna manera, con aquellos hombres-infierno que los hacían sufrir. “El que no tenía pecado, recuerda, por nosotros se hizo pecado, maldición, castigo de Dios. Eso es Cristo, el pararrayo de la humanidad, allí descargaron todos los rayos de la ira divina para librarnos a nosotros, que éramos los que teníamos que sucumbir porque hemos puesto la causa de la maldición cada vez que hemos cometido un pecado”. El escabroso cuadro que pinta Isaías, conduce a Romero a descifrar un misterio de actualidad. “Si Cristo es el representante de todo el pueblo en sus dolores, en su humillación, en sus miembros acribillados con unos clavos en una cruz, tenemos que descubrir el sufrimiento de nuestro pueblo. Es nuestro pueblo torturado, es nuestro pueblo crucificado, escupido, humillado al que representa Jesucristo Nuestro Señor para darle a nuestra situación tan difícil un sentido de redención”. El misterio del que nos habla Isaías por medio de sus profecías sobre el siervo sufriente radica en la posibilidad de abrir los ojos ciegos para hacer salir del calabozo al cautivo, de la cárcel a los habitantes de las tinieblas (cfr. Is 42,7), es decir, Romero interpreta en ese momento a Cristo como afirmación amorosa para liberar a los hombres del infierno de sus corazones de piedra. Allí se concentró su compromiso, la radicalidad de su compromiso, su servicio extremo con la finalidad de dejar reinar a Dios entre su pueblo.

Por el dolor y sufrimiento de su gente se asume como siervo sufriente, como instrumento de paz y amor, en ventana abierta para que el servicio pascual de Cristo entre a recuperar y salvar, incluso, a los más alejados. Sabía, además, que no era el único. Otros sacerdotes y hombres de buen corazón lo acompañaban en este vía crucis personal para gloria de Dios. Sin embargo, también estaba muy claro en que muchos de estos «libertadores» se presentaban con otros intereses: “No es extraño, hermanos, que al sentirse así el pueblo humillado como Cristo, quiera sacudir sus cruces, quieran botar los clavos, los azotes; quiera liberarse. Y surgen los liberadores del pueblo pero muchos en un sentido falso”. ¿Cómo distinguir a unos de otros?: “la clave es muy sencilla: basta escuchar de aquellos labios moribundos las siete palabras que como un testamento de su espíritu nos está dejando para que comprendamos los ideales de la liberación cristiana”. Nuestros pueblos, muy especialmente en América latina, hemos sido testigos de excepción de estos falsos libertadores. Llegan cubriendo sus apetencias bajo el manto de himnos y cantos revolucionarios, invocando gestas libertarias del pasado con la única finalidad de alcanzar el poder y vivir la vida que no se podían dar por su enconado odio al trabajo. Sin embargo, Romero también se va a ofrecer en el altar por ellos, por ellos que son, o quizás somos, los hombres-infierno.

Por eso, hermanos, nos dice Romero desde la distancia tan cercana que nos brinda el amor de Cristo, “a quienes ansían con sinceridad y con una gran sensibilidad social un mundo mejor, una patria mejor, a quienes quieren limpiar las escupidas del rostro de la Patria, a quienes quieren limpiar la sangre que chorrea nuestro pueblo, le conviene escuchar de los labios del gran liberador Jesucristo, cómo debe de ser la liberación que la Iglesia y sus cristianos ofrecen a esta patria, a este mundo, a esta situación”. Ese amor de Cristo le brindó fuerzas suficiente para no desmayar, para seguir siempre un día más, a pesar de lo que inútil que pudiera parecer hoy por lo ocurrido ayer. Luchar hasta el final tiene un sentido inscrito muy profundamente, nada de esto es en vano, pues cada servidor de Dios tiene una misión, y todos son claves, no importa dónde ejerzas esa misión, ni el nivel o importancia que pueda aparentar, llegará el día en que los verdugos comprenderán ese sentido y se estremecerán (Is 52,15).

Romero, siervo sufriente de Dios, despertó mucho odio e ira. Su discurso amoroso, cargado del Magisterio de la Iglesia, despertó una borrachera de odio tan tangible que culminó con un balazo en el corazón mientras se preparaba para la consagración del pan y el vino. Muchos aseguran que debió ver al hombre que apretó el gatillo e intentó apagar la voz de los que no tenían voz. Se me ocurre que por su mente cruzó de manera vertiginosa una de las siete palabras de Nuestro Señor en su agonía en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). “Qué lejos está el liberador del odio, del resentimiento, de la venganza, dice Romero. El que podía desatar las fuerzas de la naturaleza y hacer añicos a los enemigos que lo han crucificado. El que podía liberarse haciendo polvo a sus perseguidores, no quiere violencia. Cuando un día Juan y Santiago al ver la ingratitud de los samaritanos que no le daban posada, le pedían permiso para pedir que lloviera fuego sobre aquella ciudad, Cristo les dice: «Ustedes no saben de qué espíritu son, el Hijo del Hombre no ha venido a perder sino a salvar, a dar su vida para salvación de los otros». Esta es la liberación cristiana. Los cristianos de la Iglesia tienen que ofrecer su colaboración a la liberación de nuestro pueblo pero a partir del amor, a partir del perdón, a partir de esta súplica de Cristo: « ¡Padre, perdónalos»...” Monseñor sabía de manera muy clara que sólo el amor libera, que el bien siempre vence al mal, pero que si ese bien no bebe directamente de la fuentes del amor, entonces el mal regresa y lo hace con otro nombre.

Por eso, el culmen del amor es el perdón, la venganza del cristiano es el perdón, ese fue el último gesto de servidor sufriente de Monseñor Oscar Romero. El perdón es capaz de transformar a los enemigos en amigos, en hermanos, ayuda a liberar de la cárcel de las tinieblas donde viven recluidos los hombres-infierno. Por ello, San Francisco de Asís lo resalta en su personal Padrenuestro cuando, una vez que solicita el perdón del Padre concluye “como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: y lo que no perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que lo perdonemos plenamente, para que, por ti, amemos verdaderamente a los enemigos, y ante ti por ellos devotamente intercedamos, no devolviendo a nadie mal por mal, y nos apliquemos a ser provechosos para todos en ti”. Por esta razón, Monseñor Romero nos invita, incluso desde su martirio también perdonado, a abrirnos a la posibilidad del perdón. Cuando hablamos de perdón ¿tenemos conciencia clara de lo que esto realmente significa? El perdón brota como flor hermosa plena de los aromas dulces del amor evangélico. “Seremos firmes, sí, dice Romero, en defender nuestros derechos, pero con un gran amor en el corazón. Porque al defender así, con amor, estamos buscando también la conversión de los pecadores. Esa es la venganza del cristiano”, pero no se puede cosechar lo que no se siembra. Monseñor Romero fue la voz de los que no tenían voz, y se me ocurre ahora que, comprender cómo se asumió como siervo sufriente, también lo hizo corazón de los que no tenían corazón.

Precisamente por eso, por ser corazón de los que no tenían corazón, dijo: “Yo comprendo que es duro perdonar después de tantos atropellos, dijo Monseñor Romero, y sin embargo, esta es la palabra del evangelio: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los os odian y persiguen. Sed perfectos como vuestro Padre»" que no haya resentimiento en el corazón, en nuestros corazones. “Si me llegan a matar desde ya perdono a los que lo vayan hacer, y yo agarro esa frase para mí, si él (Cristo) que entregó su vida, los perdonó, yo también los perdono” porque el amor es la venganza del cristiano.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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