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Viernes, 15 de Diciembre de 2017

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Opinión

El ojo mecánico

Melodrama existencialista

Melodrama existencialista
Michael Fassbender y Alicia Vikander en "La luz entre los océanos" - Foto tomada de https://www.amctheatres.com

La Mostra no era la mejor vitrina para presentar esta obra que bordea el melodrama clásico, a pesar de que su guión (escrito por el propio Cianfrance a partir de la novela homónima de M. L. Stedman) entrañe un dilema moral capaz de dar al traste con el más poderoso de los sentimientos humanos: el amor.

“La luz entre los océanos”, de Derek Cianfrance, es un melodrama que explora los mecanismos por el que una pareja pasa del amor idílico a la transgresión de los valores morales y al distanciamiento definitivo

Derek Cianfrance ganó cierta reputación artística con la película Blue Valentine (2010), en la que, desde el desasosiego de una pareja que se enfrenta a las responsabilidades de la vida familiar, cuenta la historia de un hombre y una mujer que intentan recuperar la pasión que los unió en el pasado y cuya ausencia amenaza, en el presente, la estabilidad de su matrimonio. Esa película, un drama romántico con todos los códigos del género, gustó entre los expertos y el público por el tono melancólico y a la vez realista con el que accionan sus personajes y hasta con el que se narra la historia.

Ahora, el cineasta nacido en Colorado, Estados Unidos, en 1974, presenta desde un contexto no contemporáneo otra manera de entender la mecánica de las relaciones de pareja, en la que entran en juego los deseos y la frustración, la felicidad y los imposibles, el dolor y la compasión, el amor, la maternidad y la paternidad…

Su nueva película Una luz entre los océanos se ubica en los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial, en una desolada isla australiana, a donde llega Tom Sherbourne (Michael Fassbender), un soldado traumado por el horror que ha presenciado en el campo de batalla y que acepta encargarse del faro del inhóspito lugar con el propósito de mantenerse aislado del resto del mundo y así acallar sus propios demonios.

Sin embargo, la vida de ermitaño de Tom se ve alterada cuando durante una cena a la que ha sido invitado por los Graysmark, un matrimonio que vive en el pueblo vecino a la isla, conoce a Isabel (Alicia Vikander), bella joven de la que termina enamorado y que acepta casarse con él.

Tom e Isabel llevan una existencia idílica en la isla, hasta que planean tener hijos. La mujer no logra terminar sus embarazos, por lo que la frustración se instala en ella, mientras su esposo prefiere guardar silencio.

Un día ocurre un hecho inesperado. A la orilla del mar Tom avista un bote, en cuyo interior se encuentran un hombre muerto y una niña de pocos meses de nacida. Así, el tono general de La luz entre los océanos muta del brillo idílico del principio a una paleta de grises que no son más que la proyección del estado interior de los protagonistas, quienes, aun cuando saben que la niña debe tener una madre, una familia, deciden criarla como propia.

Cianfrance coloca así su puesta en escena al servicio de las culpas que atormentan a Tom e Isabel. Los transforma en seres temerosos y ensimismados que, no obstante, intentan llevar una vida normal con su “hija”. La tensión entre ambos personajes y el permanente contraste entre la endeble sensación general de felicidad familiar y los insistentes momentos de auto-reproche, terminan por alterar la dinámica de la pareja; en cierto sentido los aleja, como si se tratara del vaivén de las olas que golpean cada vez con más fuerza en la orilla de la isla y, metafóricamente, erosiona su amor.

Se entiende que una película como La luz entre los océanos no haya sido bien recibida en el Festival de Venecia. La Mostra no era la mejor vitrina para presentar esta obra que bordea el melodrama clásico, a pesar de que su guión (escrito por el propio Cianfrance a partir de la novela homónima de M. L. Stedman) entrañe un dilema moral capaz de dar al traste con el más poderoso de los sentimientos humanos: el amor. En Venecia, así como en Cannes, Berlín, etc., la propensión siempre ha sido la de aplaudir aquellas obras inusuales tanto en su forma como en su discurso.

Aun así, lo nuevo de Derek Cianfrance abruma por el tránsito que siguen sus personajes principales: de la realización personal a la frustración, de la lealtad a la transgresión de sus valores éticos, de la apasionada comunión de dos almas a la desconfianza mutua. Una desconfianza que se crece como un tsunami emocional cuando entre en escena Hannah (Rachel Weisz), una mujer que no sabe cómo cerrar el duelo de la desaparición de su esposo y su hija en altamar.

Finalmente, La luz entre los océanos encuentra su mayor dimensión existencial en los actores que encarnan a Tom, Isabel y Hannah; es decir, en un Michael Fassbender que compone a su personaje desde una inmensa fragilidad; en una Alicia Vikander capaz de potenciar su mirada hacia la más pura expresión del dolor, y en una Rachel Weisz que oscila con pasmosa comodidad entre el dolor y la revancha.

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