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Lunes, 18 de Junio de 2018

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Mayo

Mayo
- Foto: Laradiodelsur.com.ve

Mayo es el mes de las flores, de los trabajadores y de los aumentos salariales que no sirven de nada, pero igual alegran el día; de la llegada de las lluvias, en ambos dos, de la Virgen y de los jóvenes desde el 68, especialmente si eras francés

Para Iván estas letras, aunque yo sé que

hubieras preferido una guitarra nueva

Es el más informal de los meses del primer semestre. Piénsenlo: enero es un mes de remordimientos, por todos los gastos y exabruptos cometidos en diciembre; febrero es muy corto y no cuenta, a pesar del carnaval, y marzo está marcado por la semana santa, huele a sahumerio y penitencia; abril en Venezuela, como febrero, tiene algo de castrense y golpe adentro, o afuera; y junio tiene el sello del ministerio de educación, marcado por la fatalidad de los exámenes finales, boletas de calificaciones, explicaciones que nadie cree, recriminaciones y amenazas que volverán a olvidarse en septiembre y octubre. En Argentina estas cosas no pasan al mismo tiempo, porque el año escolar comienza en marzo y termina en diciembre. Los ciclos de dolor y humillación son distintos.

Yo soy de noviembre, el mes del terror, la melancolía y de Keanu Reeves.

Mayo en cambio tiene algo de tiempo de hippies, amor libre y el resto del año y las promesas de diciembre que se vayan al carajo; total, con esta devaluación –la de Macri y la de Maduro–, ¿qué sentido tiene, eh, boludo, hacer planes? Mejor correr bajo la lluvia, en ambos hemisferios, recogiendo flores en el norte, o para terminar abrigado frente a un libro y a una copa de vino, en el sur, porque todavía no se puede prender la calefacción y no hay mangos para irse a la Feria del Libro a ver a Paul Auster o a Vasco Szinetar.

Mayo es el mes de las flores (no en el sur, con excepción de los palos borrachos y algunas jacarandás adelantadas), de los trabajadores y de los aumentos salariales que no sirven de nada ustedes saben dónde, pero igual alegran el día; de la llegada de las lluvias, en ambos dos, de la Virgen y de los jóvenes desde el 68, especialmente si eras francés.

¿Sabían que el primer mayo francés se inventó en México? Justamente se celebra hoy, cinco, cuando escribo estas líneas que deberán ver la luz el diez, fecha en que los mexicanos derrotaron en la batalla de Puebla a las fuerzas francesas y francófilas de Maximiliano, descartando para siempre la posible fusión de dos grandes gastronomías. “Esos escargot en salsa chipotle acompañados con tequila de burdeos estaban rebuenos, lástima el tamañito de las porciones”.

¿Y el 4 de mayo? Hay una avenida 4 de Mayo en Porlamar –Margarita Island– que debe celebrar alguna de nuestras batallas por la emancipación: The Duty Free Battle, donde pusimos en fuga a fusileros holandeses y caminantes escoceses, que dejaron atrás torres de queso Torondoy y pirámides de chocolates Toblerone, cerros de bluyines Wrangler, contenedores hasta las congas de Etiqueta Negra, ginebra Tangueray y botines Kickers.

Disculpen, tuve que ir al baño a secarme las lágrimas.

Si eres de aquellos afortunados que todavía pueden ir a láisla quizás consigas en medio de las ruinas arqueológicas de Rattan o Sigo (o en los cuerpos cavernosos del Sambil, antes irrigados de gente pudiente y mirones limpios, y ahora pasaje de guácharos y guanaguanares ciegos y extraviados, extrañando las olas de la mar serena), a la sombra de lo que pudieron haber sido escaleras mecánicas, un niño que por apenas quince o dieciséis millones de bolívares soberanos (cincuenta centavos de peso colombiano), te cuente de memoria y sin respirar la historia de la batalla por la Zona Franca y de cómo fue hundido el último ferry que tocó la isla por un ballenato vengativo (y de ahí el vallenato del ballenato, pero es un tema ajeno a este polo margariteño).

Un veinte de mayo nació mi primer hijo. Sí, hacia allá vamos.

Pero no todo mayo pasado fue mejor, especialmente cuando ha sido pasado por agua, de lluvia. En los ambulatorios de las comunidades de la Gran Sabana solían llevar un registro de lo que llamaban “el mayo”. El mayo guayanés –probablemente asociado con las crecidas y la remoción de sedimentos en todas las fuentes de agua– se caracterizaba por un fuerte incremento en los casos de niños con diarrea y fiebre, por lo que debían abastecerse con abundantes antipiréticos y antidiarréicos pediátricos, y suero fisiológico para atender los numerosos casos de deshidratación. Para los enfermeros y médicos que se encontraban haciendo la rural era un mes de mierda, y deshidratación.

El diecinueve de mayo de 2001 fue sábado y lo pasé con Rafael Contreras trabajando en la preparación de un huerto en el patio del ambulatorio de San Ignacio de Yuruaní. Yirla Bolívar y nosotros dos teníamos un contrato con el INCE para dictar un curso de agricultura orgánica a un grupo de vecinos interesados, casi todos Ayuso, de esta comunidad donde viví siete años en los ochenta, por lo que era casi un curso en familia (mi tercer apellido es Ayuso). Pasamos el día preparando canteros y al regresar a Santa Elena encontré a Maite cien metros más abajo de la casa en la montaña a la que nos habíamos mudado quince días antes, con las fuentes rotas un mes antes de lo previsto y sin contracciones. Eran casi las siete de la noche, y una hora después, en el hospital Rosario Vera Zurita, no le conseguían los latidos al niño –no había equipo de ecosonograma y estaban usando una copa apoyada en la barriga de Maite, como en una estampa medieval (“¡Traed las sanguijuelas, que hay que sangrar!”) – y frente a la noticia de que el bebé estaba muerto terminamos abandonando el país dos horas más tarde, sin pasaportes, yo todavía cubierto de tierra y en una ambulancia compartida con otra parturienta, indígena, que había sufrido un aborto espontáneo; encaminados a la maternidad de Boa Vista, capital del Estado de Roraima, donde Iván nacería de parto normal al día siguiente y pasaría diez días más entubado, metido en una incubadora y rodeado de un trato excelente por parte de todo el personal del Hospital Materno Infantil Nossa Senhora de Nazareth.

Tenemos un brasileño en la familia gracias a la inoperancia de un hospital donde en los siguientes meses murieron al menos cuatro niños por mal funcionamiento de las incubadoras (esto pudo haber pasado tres años después, cuando nació Rodrigo, pero igual ilustra el punto), y el hospital entonces todavía se encontraba en unas buenas condiciones relativas, porque después todo empeoró, a pesar de la Misión Barrio Adentro, o en complicidad con esta misión. El sistema de salud se derrumbó, y no sólo en Guayana.

Quizás por esto, en la sarta de mentiras del artículo de Maduro publicado a principios de mayo en El País, la que más me indigne sea la de una supuesta mejora en la atención médica (llega a hablar de “violencia obstétrica”), en un país donde la mortalidad infantil aumentó 30% desde 1999. Somos uno de los tres países en el que se ha incrementado la tasa de mortalidad infantil, en vez de disminuir. Y aumentó en 65% la mortalidad materna. Violencia obstétrica.

Lo que le hicieron al sistema nacional de salud Chávez y su heredero debería ser suficiente para mandar al segundo a la cárcel y para acabar con las aspiraciones a espectro peronista del primero.

Y que el desgraciado, junto a sus secuaces de la ANC (perdón: anc), haya escogido el 20 de mayo para perpetrar un nuevo fraude electoral también debería ser motivo de castigo, castigo divino. Pero no hay justicia en esta vida para tipos como Maduro, y en la otra no creo, ni siquiera en este mayo por venir.

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