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Sábado, 21 de Octubre de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Mario Briceño-Iragorry por una democracia cristiana

Mario Briceño-Iragorry por una democracia cristiana
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La caridad es la única arma de la que realmente puede valerse el cristiano para transformar la sociedad y es el ingrediente que le falta a la perspectiva marxista

Mario Briceño-Iragorry es, junto a Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri, una de las figuras más prominente de la ensayística venezolana. La profundidad de sus ideas fue tejida con maestría artesanal en una bibliografía que, además, lo ubica como una de las mentes que más entregó por la salud de la república, en especial, en defensa radical por la institucionalidad democrática. Un pensador que, desde su conversión definitiva al catolicismo, abrazó la realidad a partir del Cristo gimiente en la cruz, momento puntual y clave para el enaltecimiento de toda la humanidad. Mario Briceño-Iragorry, nació en Trujillo en 1897 y murió en Caracas en 1958, va a construir un importante aporte al debate de las ideas ocurrido en Venezuela en las primeras cuatro décadas del siglo; un debate de ideas que pretendió, con algo de éxito, definir los patrones políticos, económicos, sociales y culturales de un país que abría los ojos a la modernidad. Según él, nada puede ni tiene sentido sin admitir la presencia de Dios en la vida y obra del hombre. En tal sentido, su análisis social y cultural pasa primero por un análisis espiritual centrado en su fe en Cristo y en la doctrina social católica. Este análisis que brota fecundo de su fe será el acicate a partir del cual levantará banderas en defensa de la democracia como la forma política que más se avenía con su filosofía cristiana. Estas líneas se derraman con motivo de celebrar el 120 aniversario de su nacimiento, en un momento en el cual, la democracia venezolana, requiere del concurso de sus mejores hombres para su rescate y restablecimiento definitivo.

El corazón de la democracia es el hombre libre, puesto que, es justamente la libertad del hombre la que le brinda sentido y definición. Comprendió muy bien que si el concepto de lo humano se viera afectado o atrofiado, la democracia, sin duda alguna, se vería seriamente amenazada, en especial si la atrofia proviene de la manipulación mal intencionada del concepto de libertad. En su tiempo, dos corrientes del pensamiento se erigían como potenciales amenazas de ese concepto de libertad: el fascismo y el comunismo. El tiempo terminaría por darle la razón, no sólo a Briceño-Iragorry, sino a tantos, entre ellos la Iglesia, de la amenaza que estas ideologías de la muerte terminaron significando para la vida del hombre y, como consecuencia, para la democracia. En una carta que Briceño-Iragorry le escribe a Picón Salas, quien a la sazón acababa de publicar “1941”, dice que estas dos corrientes vacías de humanismo son dos gemelos que se visten al revés, cuya única razón de ser es minar las bases que sostienen el edificio de la democracia, pues son incapaces de reconocer tanto la libertad como la dignidad humana, fundamentos esenciales de toda vocación democrática y que, por lo tanto, termina siendo “un acto de fe, un estado de conciencia, un creo que debemos mantener con tanta firmeza cuanta Tertuliano hubo de necesitar para sostener la certidumbre de lo imposible”.

El pensamiento católico, orientado por el corazón de la Iglesia, reaccionó con firmeza frente a estas dos fuerzas que se lanzaban como fieras contra el hombre y su dignidad. Briceño-Iragorry, fuertemente inspirado por Jacques Maritain, comparte con el francés la idea de que este profundo proceso histórico ha sido presa de graves errores ideológicos, por filosofías no-cristianas y a veces anti-cristianas vinculadas a coyunturas políticas y culturales transitorias. Frente al fascismo italiano y alemán, la Iglesia mostró toda su antipatía con puntuales pronunciamientos en favor de la defensa del hombre y su libertad amenazados por la locura racista y asesina que se anidaba en su seno oscuro y frío. Frente al comunismo fue mucho más enérgica, pues “sabe que es misión propia suya la defensa de la verdad, de la justicia y de todos aquellos bienes eternos que el comunismo rechaza y combate. Desde que algunos grupos de intelectuales pretendieron liberar la civilización humana de todo vínculo moral y religioso, nuestros predecesores llamaron abierta y explícitamente la atención del mundo sobre las consecuencias de esta descristianización de la sociedad humana”, nos introduce la Carta Encíclica de Pio XI Divini Redemptoris de 1937, en la cual, además, plantea que la doctrina enseña que sólo existe una realidad, la materia, con sus fuerzas ciegas, la cual, por evolución, llega a ser planta, animal, hombre, y que, por lo tanto, despoja al hombre de su libertad, principio normativo de su conducta moral, suprimiendo en la persona humana toda dignidad y “todo freno moral eficaz contra el asalto de los estímulos ciegos. Al ser la persona humana, en el comunismo, una simple ruedecilla del engranaje total, niegan al individuo, para atribuirlos a la colectividad, todos los derechos naturales propios de la personalidad humana”.

A pesar de que el pensamiento católico venezolano acompañó la posición de la Iglesia, en nuestro caso resultaba complicado, ya que, como bien sabemos, entre los logros alcanzados por el gobierno de Medina Angarita (1941-1945), fue, justamente, favorecer la legalización y participación pública del Partido Comunista, pese a la hermética oposición de la Iglesia. Frente a este dilema alimentado por su cercanía al gobierno y a la Iglesia, Briceño-Iragorry apostó por lo que su propio espíritu democrático le dictaba: sembrar un ambiente de tolerancia, ya que, para el trujillano, “tolerar es convivir y no transigir. Los grupos y las personas, manteniendo la integridad de su posición peculiar, pueden y deben esforzarse por el logro de una actitud colectiva que permita a los otros el justo desarrollo de su personalidad entitiva”. No sabía Briceño-Iragorry que su espíritu embebido por la amplitud democrática sería aplastado por la oscuridad que hace vida en el espíritu intolerante y brutal de estas fórmulas contrarias a todo principio de apertura a la promoción de la plenitud del hombre. Este ánimo constante de llamar a la tolerancia lo acompañó siempre, pues, lo entendía así, era el espíritu que podía garantizar la armonía democrática, lo cual le llevaba a buscar puentes de diálogo incluso con aquellas fuerzas que negaban al espíritu. El padre Wagner Suárez, en un muy detallado estudio que hace al universo teológico de Briceño-Iragorry, reconoce que esta posición de nuestro pensador “no era tolerancia culpable, ni debilidad, ni falta de coherencia ideológica o sindéresis cristiana lo que proponía don Mario respecto a la permisividad de las doctrinas extremistas que pugnaban en el campo político”. Briceño-Iragorry entendía perfectamente que no se podía defender la democracia atentando contra la democracia, he allí, la gran paradoja. Sin embargo, a pesar de ello, estaba muy claro del peligro que, desde el poder, podía representar el asentamiento del comunismo, más aún cuando tuvo siempre bien fundadas certezas de la debilidad abrumadora del espíritu democrático del pueblo venezolano.

Frente al comunismo, apostó por la Doctrina Social de la Iglesia que aprendió del papa León XIII quien es responsable del primer documento abiertamente social de la Iglesia católica, la Carta Encíclica Rerum Novarum (1891) y en el cual, por cierto, no hay temor en acercarse a algunos postulados de Marx, en especial cuando afirma que “un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”. Apuesta por la Doctrina Social de la Iglesia, ya que el corazón de la doctrina es la caridad vista como levadura para avivar las posibilidades reales de toda sociedad. La caridad “es la fuerza que anima y enrumba la marcha de la sociedad” y que, a su vez, Briceño-Iragorry resalta como la virtud antimarxista por excelencia. La defensa de la democracia debe comenzar por avivar el compromiso cristiano que aflora de la caridad cristiana, ya que es ella “lo que Marx olvidó para animar el comunismo que, al final de la lucha de clases, reprimiría la violencia”. La caridad es la única arma de la que realmente puede valerse el cristiano para transformar la sociedad y es, insiste el pensador, el ingrediente que le falta a la perspectiva marxista. La manera más eficaz para defender la democracia es a partir del principio de la caridad, una caridad con los oídos puestos en Santo Tomás de Aquino, “según el cual no debemos gozar las cosas exteriores sólo como propias, sino como comunes, y estar siempre dispuestos a comunicarlas con quienes la necesiten”. Para Mario Briceño-Iragorry el ejemplo más claro y preciso de la plenitud de la caridad cristiana es Cristo en la cruz, pero no un Cristo mudo y muerto, sino uno que grita y está vivo, muy vivo, señalando desde los marginados las hipócritas posiciones de quienes fingen espíritu cristiano y, muy especialmente, “al revolucionario sin luz para la justicia cuando arremete contra los altares consagrados a Cristo”. Esos altares no sólo están dentro de los templos, sino en la calle, bullendo su dolor en el hambre y en la falta de medicamentos al que los obliga y empuja sin misericordia la ambición vacía por el poder.

El Cristo que agonizó y murió en el Gólgota es un Cristo que resucitará en el corazón de Briceño-Iragorry a partir de la muy personal lectura que hiciera de Giovanni Papini. Uno que lo pondrá en el camino de una fe reverdecida y que, por múltiples razones, pensó perdida. Este Cristo que nos recuerda la tarea que nos ha encomendado el Papa Francisco: ser callejeros de la fe, cargado de realidad humana, que no era tejido “con el estilo denso de los teólogos ni con las frases tetánicas de los místicos como precisaba que hiciese su reaparición en el mundo de los descreídos el Cristo salvador (...) necesitaba hablar un lenguaje rotundo, directo, acendrado, demoledor, como para hacerse oír de oídos tupidos”. Un Cristo que significó para Briceño-Iragorry un llamado a buscar ser una totalidad permanente de justicia y de caridad, “no de un Cristo epidérmico, de mera bandería momentánea”. Ese es el Cristo que animaba al Mario Briceño-Iragorry, que le decía en la soledad de la oración que, mientras más se hundía a los pobres en su pobreza, angustia y desesperación, la posibilidad de darle piso firme a la democracia era una tarea carente de todo sentido. El hambre física termina por hacer mella en el hambre espiritual y con hambre no se puede pensar con equilibrio, con sensatez, con sentido común y el hombre, rebajado en su dignidad, busca, por un elemental sentido de supervivencia, olvidarse de toda norma, de toda ley, de todo decoro y se lanza a la vorágine de su propia destrucción, y con él, lógicamente, el del equilibrio democrático. Briceño-Iragorry ve en los más pobres a Cristo de nuevo crucificado, abandonados y a la mano de fórmulas aventureras que, justificándose en la fragilidad que la desesperación procura en el hombre y bajo promesas falsas y populistas, los condenan a una pobreza mucho peor y más profunda. El comunismo es muy ágil en aprovecharse de estas circunstancias y las aprovecha al máximo, socavando vulgarmente los elementos que brindan sentido a la democracia.

En ciertos aspectos, esta conversión de Briceño-Iragorry, de alguna manera, lo hacen un adelantado, no sólo a algunos aspectos del Concilio Vaticano II, sino a las conferencias de Medellín y de Puebla tan vitales para la realidad social de la Iglesia latinoamericana, en las cuales, por ejemplo, se compromete radicalmente con la promoción del hombre y de los pueblos hacia los valores de justicia, paz, educación y familia mirando en los más pobres y necesitados el rostro doliente del Señor, anunciando el Evangelio a través de una radical conversión a la justicia y el amor, trasformando, desde dentro, las estructuras de la sociedad para que se respete y promueva la dignidad de la persona humana y le abran la posibilidad de alcanzar su vocación suprema de comunión con Dios y de los hombres entre sí. Es aquí, en estos aspectos superiores, donde Mario Briceño-Iragorry encuentra las bases que pueden verdaderamente cimentar los fundamentos de una democracia sólida que, por medio de su funcionamiento eficaz en el tratamiento del hombre como imagen de Dios, le imposibilite el acceso al poder de fórmulas ideológicas que, por el contrario, se afirman en el poder por medio de la devastación de los constituyentes más sagrados de todo ser humano. El pasado 15 de septiembre, Briceño-Iragorry arribó al 120 aniversario de su nacimiento, celebro a don Mario en silencio, pero con mucha esperanza afirmada en Dios y en el compromiso que asumo a diario conmigo, con mi familia y con mi país.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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