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Viernes, 20 de Abril de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

María nuestra del Magníficat, ¡María de nuestra Liberación!

María nuestra del Magníficat, ¡María de nuestra Liberación!
La virgen María, Santa Faustina y la familia. Imagen tomada de http://claretnic.blogspot.com/ -

María nuestra del Magníficat, queremos cantar contigo, ¡María de nuestra Liberación!

La presencia y acompañamiento de la Virgen María al pueblo latinoamericano se ha sentido siempre de manera muy, muy cercana, casi que podríamos decir o, más bien, repetir, pues lo han dicho muchos, que somos un pueblo esencialmente mariano. María es sentida palpitar revistiendo, además, el colorido de una presencia evangélica inculturada, en sintonía perfecta con las más hondas aspiraciones de sus gentes. Pedro Casaldáliga, obispo y poeta, dibuja en una oración esos rasgos inculturados de una Virgen, madre de todos los hombres genuinamente evangélica, universal y que se arraiga en la humanidad sencilla, que sufre con frecuencia, pero que siempre se muestra gozosa y esperanzada: “María de Nazaret, esposa prematura de José el carpintero, aldeana de una colonia siempre sospechosa, campesina anónima de un valle del Pirineo, rezadora sobresaltada de la Lituania prohibida, indiecita masacrada de El Quiche, favelada de Río de Janeiro, negra segregada en el Apartheid, harijan de la India, gitanilla del mundo; obrera sin cualificación, madre soltera, monjita de clausura; niña, novia, madre, viuda, mujer. [...] María nuestra del Magníficat, queremos cantar contigo, ¡María de nuestra Liberación!”. Oración a la que podemos incluir, sin ningún problema, a cada barrio venezolano en donde reina la tristeza y la desolación provocada por la injusticia, el hambre, la enfermedad, la muerte, el desinterés por la dignidad del hombre, en especial, por la dignidad de los más pobres.

El Concilio Vaticano II contemplando a la oración mariana más primitiva, el «Sub tuum praesidium» (Bajo Tu Protección), dice que desde los tiempos más antiguos la Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, “a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades” (LG 66). Es famosa el interés con el que el pueblo esperó en Éfeso la definición del Concilio sobre la maternidad divina de María, y el estridente aplauso con el que la multitud allí emplazada recibió la proclamación de la Theotokos, es decir, Madre de Dios o, literalmente: «la que dio a luz a Dios» (cfr. LG 66). Esa oración mariana primitiva dice: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!” Los más importantes mariólogos concluyen que la devoción mariana fue creciendo de forma connatural durante los primeros siglos de la Iglesia y en estrecha unión con el misterio de Cristo y de la Iglesia, en la Edad Media alcanzó en el occidente latino un extraordinario desarrollo. A partir de los siglos XI y XII en Europa surgen por todas partes templos dedicados a María, himnos y cantos litúrgicos, nuevas devociones y advocaciones marianas (Inmaculada, Asunción, Coronación, maternidad espiritual...), se difunde el rezo del Ave María, del Ángelus, del Rosario y de la Salve, se recopilan leyendas marianas llenas de milagros de Nuestra Señora, entre otras.

Entre los conflictos internos y externos de la Iglesia, comienzan a brotar por todos lados, como una especia de reacción espontánea, movimientos y corrientes populares que anhelan una vuelta al Evangelio, a una Iglesia más pobre, a una fe más encarnada y menos espiritualista, a una piedad menos abstracta y artificial, y más popular, a un cristianismo más humano. La humanidad de Jesús y María, así como el acompañamiento de los santos, se transforma en una reacción providencial a esta situación de lejanía y desabrigo que el pueblo sufría. Por ello la Iglesia Latinoamericana concentrada en Pueblo (1979) se atreve a afirmar que “sin María el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritual”.

Lógicamente, como experta en humanidad, la Iglesia comprende que, debido a estos, nos arriesguemos a que surjan exageraciones, herejías o sectas, pero esto no es más que la prebenda impura de un rico manantial espiritual. A partir de entonces, comenzó a tejerse un lazo muy fuerte entre el corazón del pueblo pobre y oprimido con el corazón latiente y profundamente sentiente de la Santa Virgen María. El pueblo pobre entrevé que María no sólo es la gloriosa Nuestra Señora, sino que también es Madre de los hombres, la Abogada de los pobres, como señaló en una oportunidad Benedicto XVI, una mujer del pueblo que conoció su sufrimiento y la opresión como tú y como yo. En su ternura el pueblo ha buscado siempre "el gran signo de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo", como expresó la Iglesia en Puebla y que, frente a toda situación de injusticia inhumana y de miseria eclesial, María se nos ofrece como una clara señal de esperanza. En su devoción podemos descubrir una silenciosa, pero muy directa crítica profética a los poderosos que viven alejados del pueblo, pero cebándose con el hambre y la miseria que siembran.

Virgen del Rosario de San Nicolás. El Tigre.


La Iglesia en Latinoamérica celebra este año el 50 aniversario de la Conferencia de Medellín, momento emblemático para nosotros, ya que definió muy claramente su opción preferencial por los pobres y por los jóvenes. Sin embargo, la opción por los más desposeídos y oprimidos ha sido la más trajinada y, al mismo tiempo, la razón por la cual ha sido perseguida, a veces, con brutal aspereza, por los gobiernos totalitarios de derecha y de izquierda. En Medellín, la Iglesia latinoamericana formuló encarnarse en las clases dominadas y subalternas de la sociedad. Aunque Medellín no hable directamente de María, sí lo hace tácitamente por el solo hecho de releer el Vaticano II desde América Latina esbozando una nueva imagen de Iglesia. Si existe –y existe– una estrecha relación entre María y la Iglesia, a una eclesiología liberadora corresponderá una mariología liberadora, en los términos de una invitación amorosa a la conversión, pues, como dice el profeta Ezequiel: “En cuanto al malvado, si se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el derecho y la justicia, vivirá sin duda, no morirá .Ninguno de los crímenes que cometió se le recordará más; vivirá a causa de la justicia que ha practicado. ¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado - oráculo del Señor Yahveh - y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?”

La presencia de María nuestra del Magnificat, Madre de nuestra liberación, la escucha atenta a su ejemplo, advierte claramente que la actitud de la Iglesia no es precisamente el odio ni la violencia, pues confiamos en que Dios “hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos”. Sin embargo, al mismo tiempo, esa escucha atenta al Evangelio en cuyo seno se encarnó, la impulsó al servicio de los otros, a vivir en intensidad creyente los frutos de las bienaventuranzas. Ella es, como nos recuerda Puebla: “Presencia sacramental de los rasgos maternales de Dios”. Ahora bien, esta misericordia maternal de Dios, de la que María es signo y sacramento, no es otra que la ternura de Dios hacia los pobres a los que defiende y ama. María personifica la opción preferencial de Dios por los pobres, el triunfo de Dios en lo débil, la parcialidad de Dios hacia el que sufre, sobre todo hacia el que sufre la injusticia del poderoso. María tipifica la forma de actuar de Dios en la historia de salvación; simboliza la pedagogía divina revelada en la Escritura. Una pedagogía que nosotros, como buenos hijos, debemos seguir, al menos, intentar seguir muy, pero muy de cerca. Como dice Pablo VI, María es “una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio: situaciones todas éstas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías libertadoras del hombre”. En la imitación de su actitud frente a las múltiples adversidades que vivió se encuentra el camino verdadero a la liberación.

La liberación que proclama la Iglesia que es la liberación que señala la vida de la Virgen María es una que va más allá del campo político, social, religioso o económico, pero que, sin duda, terminará viéndose reflejado en la vida material de los hombres. María nos ofrece el camino hacia los frutos de Jesucristo que se ha hecho hombre por nosotros los hombres, por nuestra salvación proclamando: “Esta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de lo que me ha dado, sino que lo resucite en el último día” (Jo 6, 39). Por ello, me atrevo a señalar a María como Madre de la conversión, ya que nos ofrece al Gran Perdonador y nos atrae hacia Él. María es la Madre que nos ama, nos comprende y nos perdona. Ella nos dice con voz maternal: convertíos, volveos a Cristo, abridle las puertas. Esa es la única liberación que permite el desarrollo pleno e integral del ser humano. Por medio de María, Dios nos muestra su actuar, su pensamiento, los latidos profundos de su corazón: “Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio, con el fin de avergonzar a los sabios; y ha escogido a lo que el mundo tiene por débil, para avergonzar a los fuertes” (1 Cor 1, 27 cfr. Sant 2,5).

Ahora bien, esta preferencia de Dios por los pobres que es la misma de la Iglesia y que nos desnuda María en peregrinar, ¿nos revela acaso un rechazo de Dios por los ricos? Yo creo que no. Dios no rechaza a los ricos por ser ricos, tampoco la Iglesia ni María. Lo que Dios, la Iglesia y María rechazan es la actitud de soberbia y egoísmo que terminan transformándose en estructuras de pecado que se enquistan en los sistemas humanos trayendo consigo dolor, miseria y sufrimiento. A los que pecaron Dios les concede de manera gratuita su perdón y su amistad (Rm 3,21-25; Ef 2,1-10). De esto se trata la justicia divina, radicalmente diferente del proceder humano. Por eso su Reino no es de este mundo. Dios no nos salva por nuestros méritos, ni por nuestras obras, sino por nuestra fe en su misericordia, como aconteció con Abraham (Rm 4,1-5). Por esto mismo todos los soberbios y satisfechos, los ricos y fariseos de todos los tiempos se ven excluidos de la salvación, si no se convierten y se hacen pequeños y débiles como niños (Lc 18,17; Mc 10,15).

En María, como dice el padre Casaldáliga, hallamos nuestra liberación, ya que ella es signo de amor maternal, modelo en el compromiso cristiano de la lucha contra el mal y, por lo tanto, un modelo de hombre nuevo –uno profundamente nuevo y de verdad–, ya que evoca el proyecto del hombre nuevo, del ser humano reivindicado en su dignidad primera y fundamental. La “bendita entre todas la mujeres” dignifica al ser humano, en especial a la mujer en dimensiones insospechadas, como reconoció el episcopado latinoamericano reunido en Puebla. La Virgen María nos muestra el camino hacia la plena liberación del hombre, en su esclavitud se encuentra el profundo misterio de nuestra libertad que nos es donada por Dios en un gesto de amor infinito y que nosotros, los hombres de este tiempo, nos hemos cansado de rechazar por estar demasiado atentos a los cantos de sirena que brotan del vientre vacío de ideologías, proyectos políticos y líderes que son más que ovejas perdidas, ovejas sin pastor, que se tropiezan sin cesar por los vericuetos de la realidad que, de manera torpe e insuficiente, pretenden construir. Miremos a María, María nuestra del Magnificat y de nuestra liberación. Vamos a mirarla que, una vez más, nos dice lo que hay que hacer como en aquella boda en Caná.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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