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Jueves, 20 de Septiembre de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

María es estrella de la esperanza

María es estrella de la esperanza
- Foto: dhcatolico.com

María es vida, dulzura y esperanza nuestra

El poeta y dramaturgo alemán Friedrich von Schiller es una de las grandes figuras de la literatura universal. A él le debemos joyas maravillosas que han sido la delicia de los amantes del teatro. También él es el responsable de la famosa Oda a la Alegría (1785) a la que Beethoven, otro genio alemán, le pusiera música para ofrecernos su 9 sinfonía, estrenada 1824. Sin duda, después de Goethe, podría ser Schiller la más alta figura de las letras germánicas. Una obra sólida, pero que bebió de la fuente de la evasión para intentar caminar de manera airosa por el mundo. “Al recinto silencioso del corazón, escribe, habrás de huir del aprieto de la vida. Libertad sólo hay en el reino de los sueños, y lo bello florece sólo en la canción”. A esta actitud lamentable, Jürgen Moltmann, teólogo protestante, la define como «emigración interna», camino harto transitado por intelectuales y artistas de todo tiempo que, en muchos casos, culminó en el suicidio. Emigración interna, afirma Moltmann, se define a la actitud de resistencia pasiva frente a las presiones del exterior con la finalidad de prosperar y trabajar en lo oculto, sin mezclarse en asuntos públicos ni ensuciarse las manos en el negocio político. En pocas palabras, una manera más de evadir la realidad y, a mi juicio, se busca el sendero de la evasión cuando ha muerto toda esperanza en el corazón. Muchos ven en esta actitud algo admirable y digno de imitar, una señal de carácter férreo, duro e impenetrable. Luego de conocer los pormenores que los evangelios y la tradición me brindan sobre la Virgen María, esa actitud a la que exhorta Schiller y tantos otros, me resulta simplemente decidir por la cobardía.

Los evangelios, en especial el de San Lucas, nos permiten penetrar en las serias dificultades a las cuales tuvo que someterse la Virgen María cuando aceptó seguir la voluntad de Dios. Dificultades en los cuales, pudiendo haber fallado y sucumbido, se aferró a la fe y a la esperanza en un Dios que no abandona y logró salir airosa para gloria del Señor. Una primera dificultad es el conflicto que supuso su divina concepción y su relación esponsal con José que, por cierto, no sólo muestra la fe de María, sino la del propio José y cómo esa fe triunfa y da pie al surgimiento de la santísima familia de Nazaret. Otra dificultad es la presentación de Jesús en el templo y las palabras que, frente al niño, dijera Simeón. Una tercera, sin duda, fue su presencia ante la cruz donde sufría y moría su Hijo. Tres momentos en los cuales, la Virgen María, se muestra al cristiano y a los hombres en general, como “la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza” (Eclo 24,17). Por ello, Sal Ildefonso nos exhorta siempre a imitar la señal de la fe de María, ya que, ejercita con las obras lo que cree (San Gregorio). El justo vive de la fe (Hb 10,38) y así vivió María, a diferencia de muchos de nosotros que no vivimos conformes a lo que creemos y por ello, cómo nuestra fe realmente está muerta. (St 2,26). Benedicto XVI, motivado por estas cuestiones y otras tantas más, no repara en llamarla «estrella de la esperanza» para cerrar su segunda Carta Encíclica “Spe Salvi” (2007).

El mes pasado recordamos el episodio de los discípulos de Emaús cuando caminaban de vuelta a su pueblo por sentirse derrotados debido a la muerte de Jesús. Ese capítulo lucano nos hace ver ese camino de esos discípulos como una especia de metáfora de la vida del hombre, por ello Benedicto XVI afirma de manera categórica que la vida es, definitivamente, un camino, pero un camino hacia dónde. “La vida, escribe, es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente”. Y si la vida es un viaje por el mar, entonces entiende muy bien aquel himno antiguo en el cual se saluda a la Virgen como «estrella del mar». ¿Por qué ella? Porque, si Cristo es la luz por excelencia, luz de todas las luces, María, por medio de su «sí» le brindó a los hombres la posibilidad de acceder a esa luz. Ella abre la puerta de nuestro corazón a Dios. “Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros”. Ese «sí» la esperanza se hizo realidad entrando a nuestro mundo, a nuestra historia.

La actitud de María frente a la adversidad, frente a las contrariedades, frente al hecho crudo y amargo de ser madre de un signo de contradicción para todo hombre, fue siempre de valentía y coraje. Nada de evasiones o huidas ni hacia adentro ni hacia afuera, tampoco de crearse utopías frágiles que le permitieran maquillar los embates de la realidad para hacerlos vivibles. Se aferró a la esperanza que nacía de una fe sólida en un Dios al cual se abandonó por completo. Eso no es magia. Tampoco es parte de un discurso bonito para engañar niños. Mucho menos recursos discursivos de enajenación mental. Se trata de una actitud existencial que, quien la vive, como dijera Juan Pablo II, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista: “Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado”. María es estrella de la esperanza, pues es testimonio vivo de aquellas palabras hermosas de San Agustín en una de sus homilías un día de Pascua sobre el Aleluya. El verdadero Aleluya —dice más o menos— lo cantaremos en el Paraíso. Aquél será el Aleluya del amor pleno; éste de acá abajo, es el Aleluya del amor hambriento, esto es, de la esperanza, la esperanza de María.

Dios, por medio de María, nos ha ofrecido una perspectiva mucho más profunda, un nuevo «poder-ser» en comunidad con Él. No nos ofrece una imagen de sí mismo, escribe Moltmann, sino que de una esperanza para marchar hacia la libertad entre el peligro y las tribulaciones del mundo. Siguiendo con Moltmann, por medio de María, Dios envía a los hombres al que, “expulsado de su pueblo y abandonado de sus discípulos, más aún, abandonado de su mismo Dios, muere en el patíbulo, será anunciado como el «Dios por nosotros, los abandonados». Muriendo en el infierno del abandono de Dios y de los hombres, trae esta comunidad de Dios que se llama amor, a aquellos que en su infierno dejan marchar toda esperanza, y les abre un futuro”.

Sin embargo, el hombre moderno, como apunta Schiller, piensa y siente diferente. Basta con hacer un repaso por las redes sociales para comprender que no todos comparten esta simpatía por la esperanza. Los herederos de Nietzsche, por ejemplo, la llaman «virtud de los débiles»; que hace del hombre un ser inútil, apartado, resignado, extraño al progreso del mundo. Los herederos de Marx hablan de «alienación», que mantiene a los hombres al margen de la lucha por la promoción humana. Sin embargo, «el mensaje cristiano —ha dicho el Concilio—, lejos de apartar a los hombres de la tarea de edificar el mundo..., les compromete más bien a ello con una obligación más exigente» (Gaudium et Spes, núm. 34, cf. núm. 39 y 57). Así lo hizo María, nuestra estrella de la esperanza. Por ello, como señala Benedicto XVI, María se convirtió “en la imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia” y lo hizo sin temor, pues, muy seguramente, ante cada una de sus terribles dificultades, en su corazón escuchaba siempre la voz del Señor que le decía “No temas, María” (Lc 1,30) No temas, ya que, “su reino no tendrá fin” (Lc 1,33). Ella no hizo más que seguir las enseñanzas de su propio Hijo cuando le pedía a los suyos que tuvieran valor, puesto que Él había vencido al mundo (cf. Jn 16,33) que no temblara nuestro corazón, ni nos acobardemos (cf. Jn 14,27).

María miró de frente a la cruz donde moría su Hijo. La miró sin desviar su mirada. Siempre atenta. Siempre con esperanza. María sabía en lo profundo de su corazón que la cruz es la puerta, como escribe Moltmann, es lo que diferencia a la fe de la superstición, es el punto de diferencia frente a las ideologías y las imágenes humanísticas del hombre, es lo que diferencia a la fe de la incredulidad. Por eso decimos los cristianos decimos que María es “vida, dulzura y esperanza nuestra”. La esperanza es un camino y María nos enseña a subir y nos lleva al Monte Santo que es Cristo. La esperanza es tensión hacia la meta definitiva y María nos abre, glorificada ya en el cielo esa meta definitiva. Allí en el Reino consumado, está nuestro verdadero nombre, el nombre que alcanzaremos un día cuando entremos en el reposo definitivo del Padre; y María es la luz que anticipa esta esperanza para todos los que peregrinan. Ella es “signo de esperanza cierta “, como la llama el Concilio Vaticano II. No temas, María, le pide Dios a la Santísima Virgen y al depositar esas palabras en ella lo hace en ti y en mí, ya que, junto a la cruz, según las palabras de Jesús mismo, te convertiste en madre de los creyentes, madre nuestra. “Con esta fe, concluye Benedicto XVI su segunda encíclica, que en la oscuridad del Sábado Santo fue también certeza de la esperanza, te has ido a encontrar con la mañana de Pascua. La alegría de la resurrección ha conmovido tu corazón y te ha unido de modo nuevo a los discípulos, destinados a convertirse en familia de Jesús mediante la fe. Así, estuviste en la comunidad de los creyentes que en los días después de la Ascensión oraban unánimes en espera del don del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14), que recibieron el día de Pentecostés. El «reino» de Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los hombres. Este «reino» comenzó en aquella hora y ya nunca tendría fin. Por eso tú permaneces con los discípulos como madre suya, como Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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