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Lunes, 24 de Septiembre de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

María es decir y hacer

María es decir y hacer
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El decir y el hacer de la Virgen María nos impulsan a comprometernos a trabajar siempre y en todo momento por el bien

El ejemplo de la Virgen María, que es el ejemplo de la Iglesia, me recuerda mucho a unos versos de un gran poema del mexicano Octavio Paz: María “no es un decir: es un hacer. Es un hacer que es un decir”. Ella es la cristalización de la acción evangélica en su mayor esplendor, ya que, como escribiera San Atanasio, en su seno se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo transformó en instrumento de la voluntad de Dios. La encarnación en María es la apertura para el hombre de una esperanza que no defrauda, pero es mucho más que eso también, ya que, en medio de la violencia, el vértigo y el ruido que nos hemos dado los hombres modernos, ella nos muestra la posibilidad de la escucha atenta. Una actitud de entrega a la escucha que no piensa en sí misma, se deja tocar por las palabras y las medita en su corazón. Al meditarlas en su corazón las acoge para que den fruto en su interior, para que echen raíces haciéndose disponible para hacer lo que Dios le pide. Esta actitud es la de un corazón que se ha educado en decir sí en cada cosa pequeña, un corazón que se ha educado en pensar primero en los demás que en sí mismo.

La Virgen María es la cumbre del ser humano que pone el acento en la libertad y responsabilidad de todo creyente, ella escoge en pleno uso de libertad escuchar y acatar los mandamientos del Señor, sin titubear, sin dudar, entregada por completo a la confianza de un amor en el que cree más allá de ella misma. En ello radica la espiritualidad mariana, aquella que nos ayuda a vivir más intima y profundamente el misterio de Cristo, es decir, la autentica vida cristiana. María es un decir y un hacer que fomenta y auspicia de manera profunda la unión con Jesucristo. En su decir y hacer, el cristiano logra ver con claridad el camino más corto y expeditivo para llegar a Jesús, así como El es el único camino que conduce directamente al Padre (cf. Jn 14,6). En las Instrucciones Mariana, Gabriel María Roschini afirma que “ante todo, la Santísima Virgen con sus buenas obras hizo crecer desmesuradamente el tesoro de las gracias recibidas en el momento de su concepción inmaculada. Sus buenas obras fueron objetivamente excelentísimas durante toda su vida; subjetivamente, perfectísimas; incontables, numéricamente consideradas; fueron, por tanto, singularmente eficaces para aumentar el tesoro, ya en si ingente, de la gracia santificante que le fue concedida”.



María, Madre de Dios, es un decir y un hacer, un decir y un hacer que tienen como punto de partida la oración que no es otra cosa que dialogar abierta y francamente con Dios. Oración por medio de la cual Espíritu de Dios la sostiene, dentro de su alma, en el equilibrio y la ponderación, en una suprema adaptación a las circunstancias de su ambiente social. Ella ha ido cumpliendo, día tras día, enteramente y en la fe, todos los propósitos del Señor concernientes a ella. “Bajo la dirección personal y constante del Espíritu Santo, dirá Royo Marín, “la Madre de Jesús pasó por esta tierra como una mujer corriente, llevando, tras las apariencias más ordinarias, la vida más divina, sin haberle rehusado nunca nada al Amor”. Precisamente por ser un decir que es un hacer y un hacer que es un decir, María representa la perfección de las virtudes cristianas, pero, si se quiere, también es recinto de virtudes que todo ser humano debería, al menos, considerar para intentar un modo de vida más pleno y rico. María se sumerge totalmente en las tres grandes virtudes de la realidad cristiana: amor, fe y esperanza. Tres virtudes que serán el sostén de toda su vida haciendo de ella y la convierten en templo de sabiduría y cuna donde cobra forma humana la Salvación de los hombres. María fue una mujer prudente, ejemplo de ello es su diálogo con el ángel en la anunciación. Ante la noticia que le trae, ella se turba y pide explicación, cuando comprende que se trata de la voluntad de Dios, acepta libremente con firmeza, valentía y seguridad. Ella es ejemplo de fortaleza al enfrentar todas las dificultades con serenidad, aunque sintiendo el filo de la espada más punzante atravesar su alma (Lc. 2, 33-35). Estuvo exenta, por privilegio de Dios, de la lucha contra el mal, pero, al mismo tiempo, el Señor no le ahorró duras pruebas y contrariedades. Al mismo tiempo, la Madre Santísima demostró fortaleza al mantener íntegra su virginidad y su inmaculada pureza, que hoy podemos asumir desde la realidad de vivir íntegramente el reconocimiento de nuestra dignidad humana que nos aleja de la oscuridad de ser algo para alcanzar la luminosa realidad de ser alguien. Allí, en la comprensión fecunda de este reconocimiento, se abre ante nuestros ojos la verdad concreta de que el ser humano es un sujeto y no un vulgar objeto servido al capricho de nuestros instintos más básicos. Una verdad que nos ubica frente a la conciencia de que el amor no utiliza, sino que se dona. Ese amor que sólo quiere darse por entero sin apetecer otra cosa que el bien del otro.

En María también se expresan de manera clara y radiante debido a su hermética coherencia entre el decir y el hacer los dones con los cuales Dios privilegia al hombre por medio del Espíritu Santo y me gustaría resaltar dos en esta ocasión. Dos dones del Espíritu Santo que en María son centrales y que resalto pensando en mi pueblo que sufre una crisis humanitaria terrible, como nunca antes la había sufrido, producto de la indolencia de gobernantes y líderes políticos con conductas soberbias, egoístas y perversas. Me refiero a los dones de la fortaleza y la piedad. El decir y el hacer de María se ven reflejados en la sólida fortaleza y transparente piedad que caracterizó su peregrinaje por la historia de la salvación. Sobre estos dones, Royo Marín, nos dice que el don de fortaleza es una costumbre sobrenatural que vigoriza al alma para practicar, por instinto del Espíritu Santo, toda clase de virtudes heroicas con invulnerable confianza en superar cualquier peligro o dificultad que puedan surgir en el trajinar de lo cotidiano. “Es el encargado de llevar a su última perfección la virtud de su mismo nombre y, a través de ella, todas sus virtudes derivadas”. Mientras que, sobre la piedad, nos refiere que es el don es un hábito sobrenatural, inspirado con la gracia santificante, para estimular en la voluntad, un afecto filial hacia Dios reconocido como Padre y “un sentimiento de fraternidad universal hacia: todos los hombres en cuanto hermanos nuestros e hijos del mismo Padre, que está en los cielos”. La Virgen desnuda en su decir y su hacer el hecho cierto de que no dejó de cumplir ni el más mínimo deber inherente a su estado y jamás cometió la menor falta moral.

El decir y el hacer de la Virgen María nos impulsan a comprometernos a trabajar siempre y en todo momento por el bien. Mons. Oscar Romero en una homilía dedicada a la Virgen del Carmen nos dice que en el ejemplo que nos ofrece la Virgen podemos ver con claridad incuestionable el modo de operar de la bienaventuranza que surge, como es de suponer, de la perfecta coherencia entre el decir y el hacer cuya desembocadura debe evidenciarse en el bien que procuramos a los otros, nuestros hermanos. “Es la bienaventuranza que la Biblia dice del que se salva, de los santos, porque pudo hacer el mal y no lo hizo; y al revés se dirá del que se condena: pudo hacer el bien y no lo hizo; tuvo en sus manos riquezas que pudieron hacer felices a sus hermanos y por egoísmo no lo hizo; tuvo en sus manos el poder que pudo cambiar el rumbo de la república y hacerla más feliz, más justa, más pacífica, y no lo hizo. Todo aquel que tuvo en sus manos la capacidad, la responsabilidad y no la supo aprovechar será también reclamado en el juicio final y en el juicio de su propia vida”. Son palabras muy duras de Romero para un cristiano cuyo decir y hacer se ven comprometidos por la contradicción de sus actos y decisiones. El decir y el hacer de María se circunscriben en aquel versículo capital que dice “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5), pero qué nos dice Él, qué nos sigue diciendo y que es el motor de la vida de María: “amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34), amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo “no existe otro mandamiento mayor que éstos” (Mc 12,31). Por ello, San Pablo recuerda que “el que ama al prójimo ha cumplido la ley” (Rm 13,8). Este amor de María lo vemos ampliamente ejemplificado en aquellas bodas de Caná, en su caridad profunda al sentirse conmovida por el hecho de que comenzaba a escasear el vino celebratorio o, si usted prefiere, en aquella tarde fatídica en la cual, mostró amplitud de corazón al recibir al discípulo como hijo mientras su propio Hijo agonizaba en la cruz. Acontecimiento que se emparenta con uno diametralmente diferente en emociones cuando corrió a servir a su prima Isabel al saberse embarazada del amor hermoso. Tanto en el dolor y el sufrimiento, como en el gozo y la alegría, María, cuyo decir y hacer estaban perfectamente armonizados, abrió su corazón al otro, al prójimo.

El decir y el hacer de María deberían ser fuente de inspiración para los venezolanos en esta hora menguada de nuestra historia. El Papa Francisco afirma que ella “nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto”. Educa a sus hijos en el realismo y en la fortaleza ante los obstáculos, que son inherentes a la vida misma y que ella misma padeció al participar de los sufrimientos de su Hijo. Ejemplo para nuestros días por ser “una madre que lleva al hijo no siempre sobre el camino «seguro», porque de esta manera no puede crecer. Pero tampoco solamente sobre el riesgo, porque es peligroso. Una madre sabe equilibrar estas cosas. Una vida sin retos no existe y un chico o una chica que no sepa afrontarlos poniéndose en juego ¡no tiene columna vertebral!”. En esta hora llena de angustia, pero que parece ser la introducción que no está llevando a la liberación, María, en su decir y su hacer, nos pide, una vez más, que hagamos lo que Él, su hijo, nos dice. No hay mejor opción que esa. Opción que es la misma que nos recuerda la Iglesia. Por eso, tengamos oídos atentos a la voz de María que es la voz de la Iglesia, abramos nuestros oídos de par a la Iglesia que nos está hablando, nos está diciendo mucho para superar con dignidad este trago amargo que, hay que decirlo, nosotros mismos nos hemos procurado.


Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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