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Martes, 24 de Abril de 2018

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Opinión

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Madres de abril y mayo

Madres de abril y mayo
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Mientras algunos hijos celebran y aúpan la felonía, hay madres que ya no recibirán de sus hijos un "gracias por la vida"

Madre, si me matan, no me entierres todo,

de la herida abierta sácame una gota,

de la honda melena sácame una trenza;

cuando tengas frío, quémate en mi brasa;

cuando no respires, suelta mi tormenta.

Madre, si me matan, no me entierres todo.

[Canto de los hijos en marcha, Andrés Eloy Blanco, 1929]


Abril y mayo de este año han sido meses de marchas y contramarchas, algunas contra la represión, las imposturas, los abusos cotidianos y, aunque ello no tenga explicación posible, otras a favor de ellos. La respiración adquiere a cada rato matices de calima lacrimógena. Los estallidos de las bombas, los disparos y el sonido de las ruedas de las tanquetas, de motocicletas de alta cilindrada, de la ballena, del rinoceronte, compiten entre ellos a fin de ocultar otros ruidos propios de una ciudad en movimiento perenne. Se han marchado las expresiones de cortesía y el lugar ha sido ocupado por los improperios directos o disfrazados. No somos más la nación de sonrisas que alguna vez fuimos. Habitamos en la saña, en la ferocidad y en la ofensa recurrente, seamos inocentes o culpables.

Como curiosidad tropical de un país ídem, las estaciones del metro amanecen frecuentemente cerradas casi en su totalidad, lo mismo que ocurre con diversas vías de comunicación. El eufemismo esgrimido para justificar el motivo es "proteger a la población". La razón auténtica: evitar que el descontento viaje en vagones o en transporte público y se aposente cerca de los centros de poder; hacer de la protesta pacífica un calvario. Se precisa poner las cosas difíciles para que la inconformidad circule a menor velocidad. Contradictoriamente, lo quieran o no la maldad, la canalla y la felonía, hoy es día de la madre. Seguramente algunas de ellas, afines al régimen, celebran y entonan cánticos para autofestejarse o para ofrendar a algunas de sus hijas. Sería interesante saber cómo se justificarán en el futuro ante sus nietos y bisnietos. Ignoran que habrá otros miembros de la familia que relatarán la verdadera historia. Otras, en cambio, miran con fervor fotografías de tiempos recientes, con ira y dolor contenidos, y dejan rodar lágrimas ante la reciente partida del hijo o la hija. En algunos casos ha sido la huida hacia otro país; en los más dolorosos, son el presidio, la misteriosa desaparición o la marcha definitiva ocasionada por algún proyectil asesino. La mayoría de las madres que padecen esto último permanece estancada en un limbo de incertidumbre

Así es el día de la madre en un país que alguna vez conoció la felicidad; en una nación cuyos buenos tiempos parecen haber sido arrasados por un huracán de psicopatías inexplicables. Hay madres que se preguntan de dónde ha salido tanta saña. Otras, por el contrario, y a juzgar por lo que se aprecia en la tele, en la radio, en los hogares, más bien alternan sonrisas con gestos de complacencia y festejan la vileza a la que se han afiliado ellas y/o sus descendientes, tengan estos puestos de mando o sean segundones. Son los polos de un país que parece haber perdido el norte, el sur, el este y el oeste. No debe resultar sencillo hacer el papel de progenitora en un territorio donde reinan la anarquía, la represión, la furia y la ineficacia; es cuesta arriba convivir en un espacio en el que, gracias a la inseguridad, con la madre a la cabeza, cada hogar sirve a la familia como una cárcel. Poco grato ha de ser el estar algunas de ellas condenadas a vivir de la dádiva oficial, lo que las obliga al silencio cómplice. Tampoco debe constituir motivo de orgullo saber que has parido hijos cuyo horizonte está plagado de malas intenciones. Difícil ponerse en los zapatos de una madre venezolana de este tiempo, no importa en qué espacio ideológico se encuentre ubicada ella o su progenie. Algunas porque se saben mal recordadas, aludidas reprobatoriamente, a cada rato, por los adversarios de sus "retoños". Otras, si aún están vivas, por sentirse en sus fueros íntimos arrepentidas de haber engendrado autores de masacres, genocidios y apresamientos injustos.

La madre siempre ha sido el árbitro infalible de cada familia. Aunque suene a lugar común harto repetido, es la razón innegable de la existencia de una sociedad. Es todo y, al parecer, de un tiempo para acá, se ha buscado convertir a algunas de ellas en nada. No puede haber nacido buen hijo aquel que se solaza con la suya pero se complace en el daño a otras. Absoluta escasez de raciocinio alberga la mente perversa de quien atiza con bailecitos y chistes el sufrimiento de una madre, por muy adversaria que ideológicamente ella sea.

Abril y mayo de este año han sido meses de marchas y contramarchas, algunas contra la represión, las imposturas, los abusos cotidianos y, aunque ello no tenga explicación posible, otras a favor de ellos. En cada casa, en cada esquina, en cada recodo, hay una madre agazapada (o quien ejerce su rol) esperando por los hijos que han salido a la calle: unos a protestar, otros a reprimir; unos a proveer la ciudad de gritos de impotencia; otros a llenarla de lágrimas y gritos de venganza. Sin olvidar a las muchas de ellas que también están en la vanguardia o las que han acudido a visitar las tumbas de los caídos, ni a las que están viviendo de los recuerdos desde que sus amores filiales se marcharon en busca de mejores destinos. Hay muchísimas que, por una u otra razón, no podrán recibir ni un abrazo ni una sonrisa ni un "gracias por la vida". Y la pregunta final es inevitable: ¿qué habrán hecho las madres de este país para merecer lo que está ocurriendo?


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