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Viernes, 26 de Mayo de 2017

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Entrevistas CTP

Tenemos un pasado confuso, un presente amenazante y un futuro incierto, advierte

Luis Enrique Belmonte: la gente necesita ser escuchada por el Gobierno

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  • Vanessa Davies
  • Jueves, 06 de Abril de 2017 a las 7:30 a.m.

“Los políticos venezolanos deben escuchar más y tomarse menos selfies”, dice el psiquiatra y escritor. “Hablar mal del gobierno es una válvula terapéutica” que debe ser respetada. El hambre hay que resolverla “como una política de salud mental”

Nadie podría decir que Luis Enrique Belmonte es un hombre que pierde la paciencia. Tiene la sensibilidad de los poetas y los escritores, pero también el “cuero” duro de los psiquiatras, y con sensibilidad y con “cuero” escucha y responde. La luz amable de su consultorio es la mejor invitación para examinar si, entre todas las fracturas de esta Venezuela, también se escindió la salud mental.

La gente necesita ser escuchada por el Gobierno, por el Estado, concluye Belmonte en entrevista con Contrapunto. Como “hablar mal del gobierno es una válvula terapéutica”, a la población le cae muy mal que no le permitan hacerlo, advierte al estamento dirigente del país.

Con violencia a la violencia

En líneas generales las venezolanas y los venezolanos sienten rabia, tristeza e impotencia. Hay “una necesidad de liberación psíquica” que no encuentra cauces, afirma Belmonte.

-¿Por qué nos sentimos tan mal?

-Porque el presente pareciera lucir amenazante, por las dificultades para la vida cotidiana. Estamos hablando de diversas formas de agresión, que son sutiles y a veces son bastante contundentes.

-¿Cuáles son esas formas de agresión?

-El lenguaje que utilizan los políticos es agresivo; el de los políticos de cualquier bando en este momento de confrontación. Y genera respuestas ansiosas en las personas. Otra gran fuente de agresión y violencia es la violencia criminal y el miedo que eso genera, y cómo ha ido resquebrajando el tejido de la convivencia social y cultural.

-¿Estamos rodeados de violencias?

-Sí. Es una de las cosas que más impactan en nuestra respuesta maladaptativa.

-¿Nuestra respuesta es mala?

-Estamos respondiendo con violencia a la violencia. Estamos respondiendo con ansiedad a la incertidumbre. Estamos respondiendo con tristeza. Hay una tristeza endémica, un desánimo colectivo.

-¿Por qué?

-Por como se ha vuelto difícil la vida cotidiana y cómo ha habido fenómenos sociales que han impactado: por ejemplo, la escasez, la violencia criminal y la desasistencia médica, la falta de cobertura y los pocos avances que se han hecho en la salud mental. Aquí hubo grandes avances, en los años 70, para legislar sobre cómo proteger los derechos de la salud mental. Hay una ley engavetada desde 2007. No se construyen hospitales psiquiátricos públicos desde hace 50 años. Tenemos 11 hospitales psiquiátricos y la mayoría están en muy deplorables condiciones.

-Entonces nos sentimos mal y donde buscamos ayuda no encontramos respuesta.

-No hay una respuesta benéfica del Estado, y eso está generando una sobrecarga mental del venezolano. Tenemos un espectro de sensaciones negativas. Hay miedo.

-¿A qué le tenemos miedo?

-El miedo es una respuesta necesaria, antropológica. Una respuesta de alerta ante un peligro.

-¿Pero no tenemos razón en tener miedo? Hay amenazas reales.

-Hay razones objetivas para sentirnos mal, que tienen que ver con la dificultad de la vida cotidiana. Pero también hay otro miedo, que es más difícil de evaluar, que es el miedo o la angustia existencial que tenemos muchos venezolanos. Hay una angustia que es difícil de medir, porque no necesariamente puede estar ligada a una causa concreta o reconocida: hay una sensación de incertidumbre sobre el futuro.

-¿Hay incertidumbre en el futuro?

-Hay incertidumbre en el futuro. El presente luce amenazante y el pasado parece confuso. Tenemos un pasado confuso, un presente amenazante y un futuro incierto.

-Pero entonces, ante ese escenario, estamos muy bien en cuanto a la salud mental. Es decir, podríamos estar peor.

-Debemos hablar de las cosas que compensan.

-¿Cuáles son las cosas que nos compensan?

-Un sentido de solidaridad que no se ha perdido. El humor. Las respuestas culturales: la música, la poesía, la literatura. Hay un país de sueños que no para tampoco. Tienen mucha importancia nuestros artistas, nuestros hacedores. Porque al reflejarnos, al podernos expresar, eso tiene un sentido liberador.


La gente necesita ser

escuchada

-¿Por qué hay unas personas que reaccionan mejor y otras se sienten tan mal?

-Las respuestas individuales tienen un amplio espectro de variación. En líneas generales podemos decir que, en la medida en que una persona sea más educada, en la medida en que una persona esté inserta en un circuito o en un tejido de afecto social, va a tener más recursos para afrontar una situación de crisis existencial y cultural.

-¿El soporte social, el soporte familiar?

-Pero hasta ese tejido se ha resquebrajado: la gente tiene menos oportunidades de encontrarse. La gente necesita hablar, la gente necesita expresarse. Lo que me parece más peligroso de esta situación es no encontrar vías para expresar el descontento.

-¿La gente necesita hablar de qué y en qué entorno?

-La gente necesita hablar de lo que siente. Necesita ser escuchada desde un nivel amistoso hasta un nivel más institucional. Las instituciones deben escuchar y deben ofrecerle la manera de aliviar su carga. La gente necesita ser escuchada por el Gobierno, por el Estado.

-Si no somos escuchados, en la familia o en las instituciones, ¿qué puede ocurrir?

-Que se vaya acumulando frustración. Pareciera que hay una fricción entre el individuo y las circunstancias colectivas. Esa fricción causa un malestar, un sufrimiento. Se puede manifestar, y se manifiesta en enfermedades psíquicas que tengan repercusiones médicas. Y en la misma agresividad.

-¿Cuáles son esos padecimientos psíquicos que usted ve? ¿Hay depresión?

-Bueno, lo que más se está presentando es la ansiedad y la depresión, en el marco de una situación ansiógena, agresiva. La adaptación se hace difícil.

-¿Por esa misma incertidumbre?

-Hay cosas tan básicas como los medicamentos, algo que realmente genera un impacto social que es difícil de medir. No es una sola persona la que padece cuando no existen los medicamentos. Es el conjunto familiar. Y las consecuencias de no controlar las enfermedades mentales tiene un impacto en el índice de suicidio, en el malestar social, en la violencia.

-¿Esa ansiedad y esa depresión deberían ser tratadas con medicamentos o de otra manera?

-Deberían ser tratadas de la manera más integral posible. Es verdad que la industria farmacéutica, asociada con los poderes más importantes y subyugantes del planeta, pareciera tener el proyecto de medicarnos a todos y de que sea esa la vía exclusiva. Obviamente que la medicación es coadyuvante a la terapia, pero las otras terapias deben integrarse.

-¿Cuáles son?

-Yo creo mucho en la convivencia. En el espacio social y cultural. También creo que tenemos un acervo ideal para la investigación que no hemos explorado todavía. Un acervo ideal para la investigación, de medicina natural. Tenemos esa gran farmacia que es Amazonas. Hemos avanzado poco en cuanto a la integración de esa otra farmacopea. Podemos decir que la psiquiatría, como institución, está en crisis.

-¿En Venezuela?

-En Venezuela y en el mundo también. La presencia de la industria farmacéutica ha sido avasallante, y ha desviado la atención para la búsqueda de otras alternativas.


Salud mental debe ser prioridad

-La depresión que podemos tener por lo difícil de la vida cotidiana, ¿hay que tratarla con medicamentos?

-Depende del grado de la depresión, del grado de sufrimiento. La depresión, como entidad clínica, es un infierno. Hay que diferenciar entre la depresión como un estado clínico y la depresión como un estado de ánimo.

-¿Ve ambas en Venezuela?

-Veo ambas. Y las dos están relacionadas. Llega un momento en que el desánimo, cuando es prolongado, puede terminar en una depresión clínica. Y ahí sí la medicina ofrece una farmacopea importante.

-Pero usted dice que, por la depresión, la persona necesita desahogarse.

-La gente necesita terapia. La gente con depresión necesita hablar, expresarse, explorarse. A pesar de lo negativo de la situación, veo que nuestro espectro emocional se ha enriquecido.

-¿Por qué?

-Tenemos un mayor espectro de emociones negativas, pero ese debe llevar también a una exploración de qué somos, cómo somos, quiénes somos. La manera de expresar nuestro sufrimiento está conectada con quiénes somos. Es una oportunidad para vernos. Tenemos un coctel de sentimientos y de sensaciones que nos pueden ayudar a observarnos mejor.

-¿Aumenta el riesgo de suicidio?

-Sí. Lamentablemente no tenemos estadísticas. Estamos muy flojos con las estadísticas desde hace varios años. Tampoco veo que exista una coordinación, y que el estamento gubernamental tome en serio la situación mental del venezolano. Hubo proyectos para la creación de un instituto nacional de salud mental, pero no avanzaron.

-¿Por qué cree que no se toma en serio?

-Los médicos tenemos mucho que ver con eso.

-¿Por qué?

-Quizá no hemos presionado lo suficiente para que se lleve la situación mental como un asunto de prioridad nacional.

-¿Debe serlo en este momento?

-La atención de la salud mental debe ser prioridad en este momento. Las crisis económicas pasan, pero las crisis psíquicas dejan una huella importante en todas las situaciones de la vida cotidiana. De la familia. Generan mayor conflictividad, generan soledad y separación de las familias.


La huella en la mente

-La crisis económica la vamos a superar en algún momento, pero la de salud mental…

-La crisis de salud mental continuará, porque no la estamos atendiendo desde hace muchísimos años. Otra de las cosas que he visto con preocupación es lo poco que se está investigando en el país en el área de salud mental. Hay terapias que pudiesen incorporarse. En el mundo hay una cuestión bien interesante con la medicina psiquedélica: la que nos ayude a revelar la mente.

-¿Con qué sustancias?

-En Estados Unidos y en Alemania se está retomando el uso del LSD, la ketamina, la ayahuasca, el peyote. Es un paso más allá de lo que ofrece la industria farmacéutica. Creo que el gremio médico debe hacer una gran reflexión, las escuelas de medicina deben hacer una gran reflexión. Cuando yo estudié medicina, la mayoría de los estudiantes estaban allí porque querían hacer dinero. Incluso, en los años 80, con el boom de las clínicas privadas, se abandonó mucho la salud pública. Muchos médicos se fueron de los exitosos y se generó el patrón del médico exitoso, “con real”, y no un Jacinto Convit. Hay una inversión de valores en el mundo de la medicina que tiene mucho que ver con las políticas neoliberales. La medicina también tiene su responsabilidad allí. Las escuelas de medicina deben revisar el perfil del médico que está saliendo: que sale de la universidad y sale del país. Hay una crisis de las universidades, de la formación médica, y esa es otra arista del asunto.

-¿Y cuánto tiempo podemos estar así como estamos ahora?

-Nuestra posibilidad de resiliencia va a determinar eso. Una situación de malestar y de crisis es una oportunidad para la reintegración, para saber de qué estamos hechos.

-¿A pesar de que nos sintamos tan mal?

-A pesar de eso. La enfermedad lleva un mensaje cifrado. Lleva un mensaje que nos hace más humanos. Lleva misterios. Decir cuándo vamos a salir de esto sería aventurado.

-¿Podemos resistirlo?

-Lo estamos resistiendo. Otro elemento que veo es el de la información. De lo que implica el bombardeo informativo por redes sociales y medios de comunicación. Todos están contribuyendo a la sobrecarga mental del venezolano. También pesa el hambre.

Hambre y abandono

-¿Qué hace el hambre en nuestra psique?

-El hambre nos pone tristes. Y lo más grave es la lesión que puede generar en los niños. El déficit neurocognitivo, las dificultades para el desarrollo psicomotor van generando una bomba de tiempo.

-¿Habría que atenderlo prioritariamente?

-El hambre hay que atenderla de manera prioritaria y como una política de salud mental.

-¿Tenemos un Gobierno, un Estado enfermo también?

-Creo que hay una situación de conflictividad política que involucra, por supuesto, al Estado, al Gobierno, a la oposición y a todas las fuerzas políticas del país, que está generando una cierta patología social. Sí, podemos decir que tenemos un Estado enfermo.

-¿Mentalmente enfermo?

-Hay otro tema, que es el de los mensajes, el del lenguaje, el de la ambigüedad a la que se somete el lenguaje.

-¿Qué observa? ¿Ambigüedad en el mensaje de los políticos, de los funcionarios gubernamentales?

-Sí. Pareciera que no hay honestidad en cuanto a, por ejemplo, hablarle claro a la gente, sin hipocresía, de manera frontal, sobre lo que se está viviendo y hacia dónde se va.

-¿Cuáles son las consecuencias de eso en nuestra salud mental?

-Hay un síndrome de abandono. El sentirse abandonado. La gente se siente abandonada; no siente acompañamiento del Estado, de las instituciones del Estado. Hay orfandad, no encontrar respuestas. Y hay mensajes que generan confusión.

-¿Cuáles son esos mensajes?

-Los mensajes de ambas partes relacionados con las salidas políticas. Y hay aturdimiento también. La dificultad económica y la escasez hacen que la gente esté en constante estado de alerta. Eso hace que la gente se vuelva más reactiva, más irascible, más de a toque.


Somos un país que ya no duerme bien

-¿Estamos de a toque?

-Estamos de a toque. Pareciera que nuestro lado epidérmico está muy hipersensible. Hay un aturdimiento también.

-¿No hay descanso?

-No. Pareciera que somos un país que no está durmiendo bien tampoco. Esa es otra de las cosas que se manifiestan mucho en la consulta, y que es la puerta de entrada a la mayoría de los síndromes psiquiátricos: el insomnio. Hay una situación de alerta que hace que la gente esté tensa y que no haya descanso.

-¿Qué consecuencias tiene esto?

-Llega un momento en que la psiquis colapsa por sobrecarga.

-¿Qué implica ese colapso?

-La depresión, la ansiedad, las psicosis, la conflictividad. Sentimientos de derrota. No quiero ser tan pesimista.

-¿De qué nos podemos agarrar en el día a día?

-La gente necesita caminar. Necesita esparcimiento y contacto con la naturaleza, con la música, con el disfrute de la vida. Tenemos que retomar nuestro lado hedonista. Pese a todo hay humor, pese a todo hay solidaridad y hay proyectos esperanzadores en lo cultural y lo productivo. La sensación de estar atrapado la he escuchado mucho. Las personas dicen que viven en un corral.

-¿Cómo salimos del corral?

-Volviendo un parque ese corral. Hay fracturas familiares por las migraciones y por la discusión política. Ha habido sobresaturación del lenguaje político propagandístico, del lenguaje que señala al otro.

-¿Estamos fastidiados de eso?

-Sí. La gente está cada vez más consciente del peligro que eso significa. Otro asunto que resienten las personas es la pérdida de la noche. Necesitamos expansión psíquica. Deporte. Encuentro con el otro. También el espacio de la convivencia pública se ha resentido. Hay tres respuestas al miedo: afrontarlo, paralizarse o huir.

-¿Huir es lo que está haciendo la mayoría?

-La mayoría está huyendo o está paralizada. Creo que es lo que más se observa.


Expresar el malestar

-¿Cómo afrontar un futuro incierto con políticos que usan un lenguaje ambiguo o mienten?

-Habría que reforzar la conciencia colectiva. Que la conciencia individual trascienda hacia lo colectivo. Pareciera que hay un estado de inconsciencia colectiva. Pareciera que la gente se resigna, se va acostumbrando a lo poco.

-¿No debemos hacerlo?

-No. No deberíamos acostumbrarnos a que conseguir una pastilla de jabón sea un triunfo. La precariedad nos hace incompletos.

-¿Cómo lo afrontamos? La precariedad es real.

-Por eso insisto en que la salida debe ser cultural. El derecho a la invención es una necesidad psíquica. La creatividad. La expresión. La gente necesita expresarse. Las vías oficiales para expresarse pareciera que están trancadas.

-La vía electoral, al menos, parece estar cerrada.

-La gente necesita expresar su malestar. La sociedad, especialmente la venezolana, no se queda callada.

-¿Cómo expresar el malestar si no hay caminos institucionales para hacerlo?

-La cuestión no es es solo expresarse, sino ser escuchado. El diálogo es mucho más que dos bandos se enfrenten a una discusión. El diálogo con el Estado no es fluido, está atravesado por muchas interrupciones. Uno de los deportes preferidos del venezolano ha sido hablar mal del gobierno. Hablar mal del gobierno es una válvula terapéutica. Que te señalen porque hables mal del gobierno es injusto. Los políticos deberían entender que uno de los deportes nacionales es hablar mal del gobierno. Con el humor el individuo también se venga. No poder hablar mal del gobierno genera un resentimiento hacia el Estado.

-¿Porque ni siquiera puedes burlarte del político?

-Exactamente.

-¿Ese resentimiento hacia el Estado cómo se manifiesta?

-La gente no quiere sus instituciones, y si puede denostar de ella, lo hace. Incluso, físicamente. La planta física de las instituciones sufre el descuido, pero también que la gente no se siente identificada. Hay un fracaso del diálogo entre el individuo y el Estado.

-¿Qué les recomendaría a los políticos?

-A los políticos les recomiendo que hablen menos, escuchen más y hagan mucho más. No deben olvidar la empatía.

-¿Los políticos son empáticos con nosotros?

-Pareciera que no. No se ponen en en el lugar del otro. Los políticos venezolanos deben escuchar más y tomarse menos selfies y aumentar su capacidad perceptiva.

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