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Sábado, 20 de Octubre de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Los derechos humanos a la luz de Aparecida

Los derechos humanos a la luz de Aparecida
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Aparecida, 10 años después de su celebración, continúa siendo un credo de la dignidad humana y el respeto a los derechos de cada hombre

El 13 de mayo de 2007, a los pies de la Santísima Virgen Nuestra Señora de Aparecida, en Brasil, se inauguró la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, con la finalidad de profundizar en los desafíos y situaciones difíciles que afrontaba –y sigue afrontando– la Iglesia latinoamericana y de mostrar al mundo que, como dijera Benedicto XVI en su discurso inaugural, “en la Iglesia católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo. Quien acepta a Cristo, «camino, verdad y vida», en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en este y en la otra vida”. Casi 20 días en los cuales se reflexionó el compromiso de la Iglesia, tejido por el amor sufriente de Cristo, amor de compasión, perdón y reconciliación, con los pobres, con los que más sufren. Una reflexión que, además, no se quedó en la abstracción de lo utópico que alimentan los frágiles y superficiales optimismos, todo lo contrario, se trató de una reflexión a partir de la pregunta sobre qué es la realidad, qué es lo real y si esto se limita sólo a los bienes materiales y a los problemas sociales, económicos y políticos. La pregunta resultaba más que pertinente en cuanto a que se encontraban en pleno auge diversos gobiernos en Latinoamérica que se constituían en una democracia puramente formal, “fundada en la limpieza de los procedimientos electorales”, pero que no parecían garantizar la participación real del pueblo y la promoción y respeto de los derechos humanos. Y serán, justamente, los derechos humanos los protagonistas de estas ideas al amparo de aquellas no tan lejanas discusiones y del manto sagrado de la Santísima Virgen Nuestra Señora de Aparecida.

La Iglesia Católica, atenta al deber encomendado por Jesucristo, se ha esforzado siempre, a pesar de que muchas opiniones afirman todo lo contrario, en reivindicar la dignidad suprema del ser humano y los derechos y deberes de los que por su condición son poseedores. Debemos recordar, en este sentido, que el 15 de mayo de 1891, el Papa León XIII publica su Encíclica Rerum Novarum, pero antes y después de la misma emite otras importantes cartas con marcado talante político, como la que data de 1885, titulada Immortale Dei sobre la constitución cristiana del Estado, que pone en marcha la consideración de los Derechos Humanos con el beneplácito para las ideas del nuevo mundo social y político que se estaban desarrollando. Pío XII contribuye a la defensa de los Derechos Humanos a través de sus célebres radiomensajes de Navidad, especialmente los de 1942 y 1944, donde defiende claramente al sistema democrático realizando importantes reconocimientos de algunos derechos fundamentales instando a la creación de un ente supranacional que se encargue de su defensa. Sin embargo, será a partir del pontificado de San Juan XXIII y del Concilio Vaticano II cuando la Iglesia manifestará con mayor plenitud y decisión la defensa de la persona humana y sus derechos inalienables, llegando a su punto más claro y profundo con San Juan Pablo II.

En 1955 fue convocada la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano por Pío XII. Se trató de Río de Janeiro y representó el primer paso que se dio hacia una pastoral de conjunto en América Latina y su fuerza radica en ser precursora en este aspecto. Su temática se centró fundamentalmente en el análisis de la situación religiosa de cada uno de los países de América Latina, poblada por más de ciento cincuenta millones de personas, pero cuyo lenguaje y tratamiento responde al tiempo en que se desarrolla, hablamos de tiempos anteriores al Concilio Vaticano II. En 1968, Pablo VI convoca la II Conferencia en Medellín cuyo tema central fue la promoción del hombre y de los pueblos hacia los valores de justicia, paz, educación y familia en tiempos en los cuales la opresión ejercida por los grupos de poder puede dar la impresión de mantener la paz y el orden, pero en realidad no es sino el germen continuo e inevitable de rebeliones y guerras. En 1979 y con Juan Pablo II como cabeza de la Iglesia de Cristo, es convocada la III Conferencia en Puebla, quizás la más rica de todas, la más precisa y profunda, la que más impactó en Latinoamérica. Eran tiempos en los cuales la tinta de la Carta Encíclica Redemptor Hominis estaba muy fresca y se derramaba sobre una Iglesia que asumía de manera firme su opción preferencial por los pobres, por los jóvenes y que asume el reto de proponer la construcción de una sociedad pluralista en firme defensa de los derechos humanos, en especial, de los más débiles. En 1992, y con motivo del 5 centenario del encuentro de dos mundos e inicio de la cristianización, Juan Pablo II convoca la IV Conferencia en Santo Domingo, cuya sintonía con Medellín y Puebla radica en el mantenimiento decidido de evangelizar la cultura y salir al encuentro de la pobreza promoviendo la dignidad de la persona humana. Este es el camino que nos conduce a la convocatoria hecha por Benedicto XVI a la V Conferencia en Aparecida, Brasil, en la cual se van a resumir los tres principios de la Iglesia latinoamericana, es decir «ver, juzgar y actuar».

¿Qué nos dice Aparecida sobre los derechos humanos? La V Conferencia abraza lo que afirma la doctrina social de la Iglesia, es decir, que su base fundamental es la dignidad de la persona humana. Precisamente el nuevo ordenamiento de la resurrección ha establecido una nueva relación entre Dios y el hombre caído por el pecado. El bautismo ha fijado a cada ser humano en este nuevo ordenamiento. Esta nueva relación filial que Cristo nos ha alcanzado por la vía de la encarnación del Hijo de Dios y su muerte y triunfo resurreccional, nos ha transformado en verdaderos hijos de Dios, partícipes de su vida divina y aspirantes a la herencia del Reino. Esta es también la buena noticia de que se nos perdonan nuestros pecados si aceptamos libremente esta nueva relación; y más aún, la filiación divina nos da el derecho a vivir ahora en la tierra como hijos de Dios, una felicidad relativa que es posible al presente. Esa nueva relación dota al ser humano de una dignidad que le brinda sentido, pues “Dios hizo de la nada el universo, y en él derramó los tesoros de su sabiduría y de su bondad”. Esos tesoros derramados de la plenitud absoluta de su amor constituyen el sostén de un orden que palpita racionalmente en la naturaleza y que nos habla de la intrínseca dignidad de la persona. Una dignidad que lo hace poco menor a los ángeles, coronado de gloria y de honor, brindándole señorío sobre las obras y ubicando todo debajo de sus pies (Rom 2,15).

Por estas razones, Aparecida plantea la necesidad de construir “una globalización diferente, que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos" en la cual el cumplimiento de los derechos, no puede ser entendido como un favor que el Estado le hace a los ciudadanos, ni como un hecho de caridad pública, es su obligación inherente velar por su fiel observancia. “La Iglesia Católica en América Latina y El Caribe, a pesar de las deficiencias y ambigüedades de algunos de sus miembros, ha dado testimonio de Cristo, anunciado su Evangelio y brindado su servicio de caridad particularmente a los más pobres, en el esfuerzo por promover su dignidad, y también en el empeño de promoción humana en los campos de la salud, economía solidaria, educación, trabajo, acceso a la tierra, cultura, vivienda y asistencia, entre otros. Con su voz, unida a la de otras instituciones nacionales y mundiales, ha ayudado a dar orientaciones prudentes y a promover la justicia, los derechos humanos y la reconciliación de los pueblos. Esto ha permitido que la Iglesia sea reconocida socialmente en muchas ocasiones como una instancia de confianza y credibilidad. Su empeño a favor de los más pobres y su lucha por la dignidad de cada ser humano han ocasionado, en muchos casos, la persecución y aún la muerte de algunos de sus miembros, a los que consideramos testigos de la fe. Queremos recordar el testimonio valiente de nuestros santos y santas, y de quienes, aun sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el evangelio y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo”.

Aparecida, 10 años después de su celebración, continúa siendo un credo de la dignidad humana y el respeto a los derechos de cada hombre. Una dignidad que está por encima de cualquier ideología y por la cual bendecimos a Dios por habernos creado a su imagen y semejanza, motivo que nos impulsa a asociarnos al perfeccionamiento del mundo, por medio de la inteligencia y nuestra capacidad de amar. Una dignidad que se magnifica en cuanto a que Dios ha puesto todo lo creado al servicio del ser humano, “a dignidad que recibimos también como tarea que debemos proteger, cultivar y promover”. Esta dignidad, del Señor recibida, fundamenta también la misión de la Iglesia, pues ella es don y tarea, a la vez. Por tal motivo, “nuestra misión para que nuestros pueblos en El tengan vida, manifiesta nuestra convicción de que en el Dios vivo revelado en Jesús se halla el sentido pleno, la fecundidad y la dignidad de la vida humana”. A la Iglesia de Cristo le angustia la existencia de millones de latinoamericanos que no pueden llevar una vida que responda a esa dignidad y cada uno de esos millones nos interpela, cada uno de esos rostros sufrientes de nuestros hermanos pobres y excluidos en quienes reconocemos el Rostro de Cristo que nos llama a servirlo en sus personas. “Por esta razón, nos urge la misión de entregar a nuestros pueblos la vida plena y feliz que Jesús nos trae, para que cada persona viva de acuerdo a la dignidad que Dios le ha dado”.

El documento hace señalamientos muy precisos que hoy constituyen heridas muy profundas en la sociedad latinoamericana, por ejemplo, el comportamiento del Estado cuando emplea la fuerza pública como objeto de represión más que de protección de los derechos, atacando a las personas y no las raíces y las causas de los problemas. El trabajo no se tiene como algo digno, ya que el hombre vive para trabajar y no trabaja para vivir, no es el hombre para el trabajo sino el trabajo para el hombre. Muchas veces, los patrones, bien sea el Estado o la empresa privada, abusan de los trabajadores amparándose en las necesidades económicas de estos y, bajo la consigna del cumplimiento de responsabilidades, son capaces de poner en riesgo la unidad familiar y hasta la propia vida del trabajador. El documento hace puntual mención de los Medios de Comunicación Social cuando estos promueven la violencia y mienten en beneficio del poderoso y no de la verdad. Los Medios de Comunicación mienten diciendo, pero también mienten callando.

A 10 años de Aparecida y arropados por las sombras que nos cubren, estamos llamados a revisar nuestra cotidianidad tomando como puntos de orientación estos conceptos básicos y fundamentales para la feliz convivencia social, que nazca de una auténtica evangelización de nuestros pueblos que implique asumir plenamente “la radicalidad del amor cristiano, que se concreta en el seguimiento de Cristo en la Cruz; en el padecer por Cristo a causa de la justicia; en el perdón y amor a los enemigos. Este amor supera al amor humano y participa en el amor divino, único eje cultural capaz de construir una cultura de la vida”.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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