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Domingo, 15 de Julio de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Lo que creo sobre el aborto

Lo que creo sobre el aborto
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Cuanto habéis hecho al más pequeño de mis hermanos lo habéis hecho conmigo (Mt 25,40)

Luego de lo ocurrido recientemente en Argentina, algunas personas se han motivado en mover el tema del aborto en nuestro país para proponer su despenalización y legalización. En mis redes, desde entonces, se han dado fogosas discusiones que, en la mayoría de los casos, tienen como punto de partida odios, frustraciones y rabias que, en modo alguno, tienen relación con el tema que, convencido estoy, debe tratarse con mucho cuidado, respeto y altura. No estamos hablando de cualquier cosa, ya que estamos opinando sobre el derecho o no a la vida y eso no es cosa pequeña que se pueda despachar con tres insultos más o menos originales. Creo que quienes me han seguido en esta columna saben claramente que mi posición frente al tema es a partir del Magisterio de la Iglesia católica. Lo es porque la Iglesia me ha ofrecido otros argumentos, a mi juicio, más sólidos para oponerme al aborto, ya que desde siempre esta ha sido mi posición: nunca he estado a favor de lo que considero un crimen.

Desde hace tiempo le hemos venido perdiendo la pista a lo que es sagrado o, mejor dicho, a lo que se consideraba sagrado. La monumental obra de Dostoievski ya lo venía advirtiendo así como la de tantos otros. Recuerdo, por ejemplo, a Schopenhauer, el filósofo alemán, que decía algo así como que toda vida humana muestra los rasgos de una tragedia, que la vida es una larga y pesada serie de esperanzas frustradas, proyectos desbaratados y errores tardíamente reconocidos. Lo que llevó al alemán a considerar que la existencia es algo que mejor no debía ser, que la existencia es un error. Curiosamente, no se suicidó y cuentan algunos que hasta le gustaba la buena vida. No me sorprende esta afirmación de Schopenhauer, de hecho, cada día me sorprenden menos muchas afirmaciones, no porque haya tirado la toalla y me sienta rendido por el avasallante paso del pesimismo moderno. Se trata más bien de que he comprendido que los hombres estamos constituidos por luces y tinieblas o, para decirlo con Pascal, cuando, al preguntarse acerca de qué es exactamente el hombre, termina por señalarlo como una quimera, como novedad monstruosa, como caos, sujeto de contradicciones. Juez de todas las cosas, pero, al mismo tiempo, miserable gusano de tierra. Depositario de la verdad, así como cloaca de incertidumbres y errores. Gloria y negación del universo. No fuimos lo suficientemente solventes y coherentes con nosotros mismos y transformamos lo sagrado en algo más que podemos mover o sustituir a nuestro antojo. Y es que parece que ya ni siquiera tenemos mucho interés en ser hombres, sino modernos, simplemente modernos.

A partir de esas carencias profundas y desoladoras, nos atrevemos a considerar, por ejemplo, quién es o no es ser humano, cosa que, por cierto, tampoco es muy novedosa, y aunque hoy recordemos con horror las escenas dramáticas de los campos de exterminio de los nazis y los comunistas, pues poco o nada hemos aprendido de nuestras barbaries pasadas. Me resulta inquietante nada más la consideración de saber que hay hombres y mujeres que le ponen fecha de inicio a la humanidad de un niño que aún no ha nacido, aduciendo que un feto no es un ser humano, mientras que la mujer embarazada sí lo es; por lo tanto, el niño no es más que una parte del cuerpo de la madre, y toda persona puede hacer lo que quiera con su cuerpo; en tal sentido, abortar o no, es una decisión que ha de tomar exclusivamente la mujer embarazada, como operarse de apendicitis. El feto no es un ser humano hasta que sea viable, es decir, hasta que sea capaz de subsistir fuera del vientre materno. La Iglesia no está de acuerdo con estas aseveraciones y yo tampoco.

Para la Iglesia, para todo católico, de hecho, para todo cristiano, el niño es un ser humano a partir del momento de la concepción. Toda persona, dice Benedicto XVI, merece respeto incondicionado y no puede nunca reducirse a un objeto de uso; y esto vale desde la concepción hasta la muerte. Me gusta pensar, y me perdonan la inocencia, que la concepción del niño se produce antes del hecho físico. Ocurre cuando el hombre y la mujer lo sueñan como futuro de la pareja, como cosecha fecunda de su amor. Claro está, los niños no siempre vienen al mundo en un marco como este. La Iglesia cristiana, este tema ha logrado la unidad de los cristianos, sostiene con vehemencia que desde el momento de la concepción el niño es un ser humano y si lo es, entonces es sujeto de derechos y, por lo tanto, matarle (o interrumpir el embarazo que creo es lo mismo) es un homicidio inmoral, tanto si es directo como si es indirecto, mientras que si no puede considerarse como un ser humano, entonces no tiene derechos humanos y abortar no es asesinar a nadie, sino simplemente extirparse un miembro. Podrán muchos no estar de acuerdo y están en su derecho, pero al menos comprenderán cuál es mi posición como católico y que no se trata de un capricho medieval como algunos refieren de manera vulgar. Que la Iglesia contempla a ese niño no deseado por su madre como una persona humana dotada de tal dignidad que no puede ser nunca considerada como un objeto descartable, sino como un sujeto, ese niño no es algo, sino alguien. Dando, además, cumplimiento a un mandato directo de Jesucristo cuando dijo que “cuanto habéis hecho al más pequeño de mis hermanos lo habéis hecho conmigo” (Mt 25,40) Por lo tanto, defender a ese niño es defender a Cristo y matar a ese niño es matar, otra vez, a Cristo.

Creemos con firmeza que la vida es un don que Dios ha confiado al hombre y nos exigen que tomemos conciencia de su valor inestimable para acogerlo con severa responsabilidad. Ahora bien, en algunas oportunidades a este niño no se le considera un don de Dios, sino un agresor de la vida de su madre. Sin embargo, ha sido llamado a la vida sin permiso y, por lo tanto, es inocente de las razones de ese llamado. En caso de una violación, por ejemplo, si realmente estamos tan compenetrados con los derechos, no es menester castigar al responsable del brutal acto y no al niño que, en todo caso, es inocente de cuanto haya ocurrido. El aborto, por muy sutil que pueda ser, jamás borrará el acto de brutal violencia contra la mujer. En caso de que el niño pueda venir con algún tipo de discapacidad o malformación, si el aborto es una opción, entonces también lo sería matar a todos los deficientes y personas con taras físicas o mentales, así como se afanaron en hacer los nazis en su grotesco proyecto purificador de la nación alemana. Leí por ahí en un artículo de Carlos Javier Alonso, doctor en Filosofía en la Universidad de Navarra, que si vamos a matar a un inocente porque sus padres (que lo han traído a este mundo) no lo desean, para evitar que sea infeliz, ¿no deberíamos comenzar primero matando a todos los hombres que de hecho no son felices (alcohólicos, drogadictos, presos, marginados, etc.) y sólo después a los que «sospechamos» que no van a serlo? Además, ¿quién es el culpable de ser un hijo no deseado, el feto o sus progenitores? Creo que son preguntas muy válidas y dignas de considerar.

No matarás, nos lo dice el Señor por medio del decálogo ofrecido a Moisés para todos los hombres. Cada uno de los mandamientos de la Ley de Dios está estrechamente ligado a su amor por los hombres. Amor que, entregado como don, busca siempre el crecimiento y la alegría de los seres humanos. Precisamente, debido a que cada hombre ha sido creado a imagen de Dios, de Aquel que gobierna el universo, por lo tanto, es fácil suponer que, desde el principio, la naturaleza del hombre, de cada hombre, está marcada por la realeza. San Gregorio de Nisa lo dice al afirmar que el hombre, por ser imagen de Dios, es, de alguna manera, rey de la tierra. La vida ha sido confiada a los hombres como un tesoro que no se debe malgastar, como si se tratara de un objeto negociable. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor. El libro del Génesis lo deja muy claro (9,5), por lo tanto, la vida humana es sagrada e inviolable debido a que, desde el inicio, comporta la acción creadora de Dios y, “permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin”, así lo afirma Juan Pablo II en Evangelium Vitae (1995).

El próximo mes de octubre será canonizado Monseñor Oscar Romero, mártir por odio a la fe, entregó su vida por amor a la vida, por amor a los más pequeños, los llamados sin voz, los más pobres entre los pobres. En su célebre homilía del 23 de marzo de 1980 nos invita a reflexionar sobre el mandamiento de no matar y apunta que si una orden humana nos señalara la posibilidad de desobedecer la ley de Dios no estamos en la obligación de acatarla. No mates, dice Dios. No mates, repite la Iglesia. Esa orden está tallada en el corazón de todos los hombres. Esa semilla está sembrada en el jardín de la condición humana. Sin embargo, nuestra soberbia, nuestro egoísmo, nuestra irresponsabilidad nos muestra otros caminos. Nuestra soberbia, nuestro egoísmo, nuestra irresponsabilidad amasada por la voz infatigable del mundo nos seduce con sus placeres momentáneos y nos aleja de nuestra identidad más profunda: ser imagen de Dios, y al no ser capaces de reconocerla en nosotros mismos, es poco probable reconocerla en otro, mucho menos si se trata de una criatura que apenas comienza a palpitar en el corazón de la vida.

Por supuesto, estoy muy claro en que esto que he escrito, no significa absolutamente nada para muchos. En que apelar a Dios, a Juan Pablo II, a Mons. Romero, a la Iglesia no representa nada. Nada les resulta amigable y voy a ser señalado de vivir en la Edad Media, de no ser un entusiasta del progreso, de la modernidad, en fin. No vivo en la Edad Media, vivo aquí y ahora en pleno 2018. Tengo una idea del progreso y también de la modernidad. Mi idea de progreso no es tan pesimista como la de, por ejemplo, Walter Benjamin. Sin embargo, no logro comprender un progreso que necesite de la vida de inocentes para continuar su paso por este mundo. No veo cómo el asesinato de un ser humano puede representar una señal de progreso, en especial, después de que la humanidad degustó con espeso dolor al nazismo, cuya idea del progreso y de la modernidad sí tuvo como elemento sustancial la muerte de inocentes. No me siento insultado por esos señalamientos, ya que, tampoco me interesan muchos los halagos. En este momento sólo me interesa una cosa: defender la vida. La vida es sagrada. Esta es mi decisión. ¿Cuál es la tuya?

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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