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Domingo, 23 de Julio de 2017

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

Las batallas de la mujer moderna: ¿a dónde vamos y a qué aspiramos?

Las batallas de la mujer moderna: ¿a dónde vamos y a qué aspiramos?
- Imagen tomada de www.kosmosjournal.org

El feminismo es algo más que una posición política. Es una convicción sobre ideas que trascienden lo personal y tienen una definitiva influencia en lo que se asume necesario e imprescindible para construir una visión justa sobre el mundo

La palabra feminista es incómoda y lo es, porque describe no sólo un movimiento político, sino también una perspectiva sobre la cultura en que vivimos y sobre todo, la férrea estructura social que sostiene a nuestra época. De manera que ser feministao declarase como tal, sin medias tintas ni tampoco matices al respectoconlleva un riesgo. O mejor dicho, un enfrentamiento directo con la percepción de lo femenino contemporáneo, sus implicaciones y limitaciones históricas. El Feminismo evade cualquier explicación sencilla y se sustrae de cualquier análisis que desmenuce sus objetivos es un esquema de valores. En otras palabras, se trata de una reflexión evidente y consecuente sobre lo que la mujer puede ser y lo que puede aspirar. Una visión sobre la identidad del individuoy su percepción colectivaaún incompleta, desprovista de elementos esenciales y lo que es aún peor, de profundidad.

Claro está, al feminismo se le acusa y se le señala por todo: se asume retrógradopor mera insistencia que la mujer actual ya obtuvo “la igualdad que merece”o incluso, de simple herramienta política radical, por su capacidad para aglutinar opiniones dispares y contradictorias. Pero al final, el feminismo es una postura que reivindica la necesidad de la lucha por los derechos individuales dentro de la percepción cotidiana. Se es feminista por el hecho de asumir la necesidad de la equidad como algo esencial para la evolución cultural y también, por una convicción personalísima sobre el propio valor íntimo. En otras palabras, el feminismo es el símbolo de una serie de batallas privadas de enorme importancia y significado. De pequeñas diatribas filosóficas que toman forma y sentido en medio de la presunción que la igualdad como un elemento imprescindible.

Es un conocimiento que no puedes olvidarse una vez que se aprende. Hace años, una de mis parejas decidió que nuestra relación no podía prosperar por mis ideas políticas. Viviendo en un país tan complejo como el mío, la idea de “política” tiene mucha relación con la identidad e incluso, la manera como percibes tu relación con la realidad. De manera que no entendí muy bien a que se refería, hasta que me explicó que se tratabacómo node mi percepción sobre los derechos de la mujer.

— No se puede estar siempre pendiente sobre que lesiona tus derechos y que nome dijo, con cierto aire de tedio que me dolió más que cualquier otra cosaalgunas ideas siempre serán las mismas y nadie las podrá cambiar.

Por supuesto, no me sorprendió en absoluto su punto de vista. Se trataba de un hombre muy consciente de su masculinidad. En un país como el nuestro, la percepción sobre lo viril y su circunstancia suele ser compleja, relacionada de manera directa con la forma como se analiza la libertad intelectual, moral e incluso económica. Cuando empezamos a salir, me dejó muy claro que era “el hijo consentido de su madre” que sabía que sólo debía pedir para recibir de inmediato atención maternal. Por supuesto, en Venezuela la cultura que favorece el privilegio masculino es común y se normaliza por completo. Pero no lo sabeso no lo notashasta que comienzas a comprender las implicaciones de la manera en que se educa a un hombre. En como afecta y lesiona esa visión sobre el “macho vernáculo” cualquier planteamiento sobre igualdad y comprensión del otro. No lo entiendes, hasta que te encuentras en mitad de una diatriba constante, agotadora, tan agresiva que te asfixia en muchas maneras secretas y sutiles. Hasta que debes enfrentarte a esa idea para defenderte a ti misma.

No es que se tratara de un hombre agresivo. De hecho, hasta el último día de nuestra relación, le consideré el hombre más amable imaginable, el más amoroso. Pero también, estaba esa otra interpretación de las cosas, esa noción binaria sobre lo que el hombre y la mujer deben ser, como un peso cultural a cuestas del que pocas veces podíamos desembarazarnos. Y estaba en todas partes: en las cosas simples de la relación, en la forma como nos mirábamos uno al otro. En esa percepción de lo que éramos en medio de esa ecuación simple del hombre y la mujer tratando de convivir juntos. No es algo sencillo en una cultura como la mía, tan obsesionada con los roles y cánones, tan convencida de esa cierta arbitrariedad de decidir que es lo correcto y lo que no. Con una sociedad empecinada en que la normalidad es sólo una cosa y sólo así debe percibirse. En indicarte el camino a seguir.

Al principio, fueron pequeñas cosas: las peleas burlonas por decidir la película del sábado, las escaramuzas fugaces sobre quién debía pagar la cena. Eso podía soportarlo, de hecho lo hacía con enorme buen humor. Pero después, todo pareció hacerse más complejo: El hecho insistente de imponer una opinión sobre otra. Las cada vez más frecuentes peleas por ideas y planteamientos contradictorios. “Una mujer es distinta a un hombre y por tanto, ambos avanzan de manera distinta en la relación. El hombre lleva la iniciativa” llegó a decirme, en medio de una acalorada discusión sobre el futuro de la relación. Sentí un sobresalto muy claro, un escalofrío helado que me dejó sin voz.

La relación es tan tuya como mía. Y tengo el mismo derecho que tu de tomar decisiones, de insistir sobre mi punto de vista.

No era la primera vez que nos enfrentábamos por algo semejante. Pero si fue la primera vez en que asumí en algo grave estaba ocurriendo. Que no se trataba de percepciones distintas sobre nuestra relación sino de algo más profundo. De algo más doloroso y muy relacionado con su punto de vista sobre quién era yo y como afectaba eso nuestra relación. Me recuerdo muy claro, de pie en mitad del pequeño salón de su apartamento, con una sensación de pequeña tragedia que me dejó agotada y entristecida.

En otras palabras, debo aceptar algunas cosas sólo por el hecho que soy una mujerle pregunté. Y lo hice esperando lo negara, que aquel hombre inteligente, sensible y moderno me explicara que no se debía al género, sino a la disparidad de nuestras personalidades, incluso de nuestra opinión sobre el mundo. Pero no lo hizo. Se quedó de pie, mirándome con expresión levemente horrorizada.
¿Por qué odias a los hombres?repuso. Lo dijo como si de verdad lo creyera, como si todas las respuestas a nuestras interrogantes y preocupaciones fundamentales tuvieran una directa relación con esa idea, con esa percepción. Sentí que la garganta se me cerraba con un nudo amargo.¿Cómo supones algo así?
Todo a lo que re refieres es que tienes derecho porque eres mujer. Que debes hacer esto y lo otro, porque nadie te puede decir que hacer o cómo pensar. Como si no entendieras que las cosas no son tan simples, que una relación tiene su ritmo. Que las cosas son así.

Sentí como si recibiera un golpe tan fuerte que me dejara sin aire. Ya no se trataba de pequeñas disparidades de criterio, sino algo mucho más esencial, más profundo y sin duda irreparable. Y aunque la relación terminó unas semanas después, tuve la sensación que ese día, había ocurrido una ruptura dolorísisima sobre algo muy concreto: mi necesidad de ser comprendida como un individuo. De encontrarme en igualdad de condiciones con la persona con quien compartiría mi vida.

No es algo sencillo de asumir. En los meses posteriores a esa conversación, me pregunté muchas veces si él tenía razón, si pasaba buena parte de mi vida enfrentándome a algo invisible, a una idea difusa que nunca podría comprender en realidad. Una percepción sobre mi misma irregular e incluso dispareja. ¿Realmente era tan importante ese micro feminismo, como lo llamaba en ocasiones? ¿Esa lucha cotidiana y diaria que daba a diario por reivindicar ciertas ideas tan específicas que en ocasiones parecían incluso simples puntos de honor? No lo sabía y en esa disyuntiva, me encontré preguntándome otra vez sobre el ideal del feminismo, su objetivo.

— El problema del Feminismo es que no es algo que culturalmente se asuma como una lucha válidame dijo M., una de mis profesoras en la Universidad y la persona que más había insistido en brindarme una percepción objetiva sobre lo que el feminismo podría seres decir…¿Por qué luchan las mujeres que militan en la idea? Por equilibrio, equidad e inclusión. ¿Cómo le explicas a un hombre que toda su educación está dedicada y sostenida sobre la idea que es superior, más fuerte y sobre todo, mucho más competente que la mujer? ¿Cómo le contradices cuando cada elemento social está hecho para apuntalar esa idea? No es algo sencillo de asimilar.

En Latinoamérica, el machismo está en todas partes. Parece relacionado de manera profunda y muy intrincada con la forma como se percibe la identidad del hombre y la mujer, pero también, en cómo se reflexiona sobre los tópicos y estereotipos que intentan definir la noción de género y de identidad sexual. Un análisis crudo sobre el lugar que el hombre y una mujer deben ocupar en el complejo mecanismo de la cultura en que nacimos. ¿Cuántas veces el comportamiento femenino y masculino no parece definirse a base de esquemas más o menos confuso sobre un deber ser hipotético? De la mujer ultra femenina al hombre viril, en nuestros paísesy con toda seguridad, el resto del mundola cuestión de cómo nos comprendeasume y valora la sociedad a la que pertenecemos parece atravesar una serie de complicadas reflexiones sobre el concepto del individuo, que se simplifican a través de pequeños esquemas dispares. Y ese esa grietaese reflejo persistente del yo convertido en algo más que una línea personal de reflexiónla que hace imprescindible el análisis de la identidad, el género y sobre todo, la percepción del tópico femenino y masculino como algo más que un estándar obligatorio. Mi profesora solía decirme que el machismo, más que un comportamiento es una línea de ideas que se estructuran para crear una opinión. Que el machista no sabe que lo es por el mismo hecho, que todo a su alrededor no sólo afirma su posición sino que además la celebra. ¿Por qué deberías cuestionar a una cultura que te considera más importante que cualquier otra persona y construye toda una percepción del mundo basada en ese planteamiento? ¿Que ofrece todas las facilidades y justificaciones a tu conducta, sea cual sea?

— Mira, el Feminismo no es una postura sencilla. Una mujer que habla sobre derechos es fastidiosa e incómoda. No encaja en ninguna parteme dijo la profesora con una de sus sonrisas amablesEs una mujer que no va a aceptar por las buenas nada de lo que le digas y que está acostumbrada a defender lo que cree justo. Eso no es algo común en nuestro país ni en muchos otros. Y eso te condena a la soledad.

Qué poético, pensé sobre la frase, un poco incomoda por su evidente emotividad. Y que realista, me dije con cierto desánimo poco después. Seguí pensando en eso cuando llegué a casa y miré una fotografía que conservaba de mi ex, en las que ambos aparecían abrazados y riendo frente a una calle repleta de gente. ¿A cuanto renuncias por defender lo que crees justo? ¿Vale la pena hacerlo?

Tomé la foto y la guardé en unas de las gavetas de mi biblioteca. En el silencio que vino después, me pregunté cuántas luchas comenzaban en esa disyuntiva, en esa soledad de espacios y pensamientos. En ese dolor.

***
Con frecuencia, muchísima gente suele preguntarme y en tono no siempre muy amable, por qué soy feminista. Hay quien le agrega cierta sorpresa, como si no pudiera comprender por qué una mujer que se llama así misma “moderna” puede tener un pensamiento que directamente se asume como radical y fanatizado. Peor aún, es el caso de las mujeres que consideran que mis opiniones políticas sobre derechos femeninos no sólo desmerecen mi identidad sino que además, me sitúan en una incómoda franja que entra en franca contradicción con mi género. Así las cosas, llamarte “feminista” es la manera más sencilla de exponerte a cierta agresión sutil pero persistente contra tu manera de concebir el mundo.

Pero sí, soy feminista. Soy una mujer que está firmemente convencida que la exclusiónbajo cualquier término y por cualquier motivoes inaceptable. Que lucha, con todas las armas y herramientas a su disposición para recordar que el género, la nacionalidad, el color de la piel, la orientación sexual no son un motivo para discriminar, menospreciar y mucho menos atacar a alguien más. Que milito de manera muy sincera y honesta, con el hecho que la mujer deje de ser invisibilizada, menospreciada y disminuida por esa prolongada herencia cultural que la sitúa en un rol secundario por la única razón de su sexo. Que exige no sólo que la mujer tenga control sobre su cuerpo, sino también sobre su educación, su opinión política y cultural. Que insiste por todos los medios posibles en enfrentarse a la idea que cualquier ciudadano pueda ser marginado, ignorado o vituperado sólo por ser parte de alguna minoría.

El feminismo es algo más que una posición política. Es una convicción sobre ideas que trascienden el ámbito personal y tienen una definitiva influencia en lo que se asume justo y sobre todo, imprescindible para construir una visión sobre el mundo más justa. Y esa versión de la realidad la que le otorga su valor esencial. Después de todo, me digo con frecuencia en medio de debates y análisis incompletos sobre la igualdad, todos somos partes de una interpretación sobre el mundo que aspira a algo mucho más profundo, valioso y preciado que la evidente. Una mirada esperanzada hacia el futuro que construimos a diario. O así lo espero, al menos.

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