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Domingo, 15 de Julio de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

La Virgen María y el silencio

La Virgen María y el silencio
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María brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos

Cuando miro en la Virgen María una infatigable caravana de pensamientos me invaden. Toda ella es una invitación a participar de una antropología radicalmente distinta a la del hombre moderno, más bien, a la que erigen los valores modernos. Valores que, como bien lo señaló Baumann, han perdido la calidad inquebrantable de sus vínculos, sin conexión, sin garantías de duración y que, en vez de buscar la posibilidad de estrechar lazos, los mantiene «flojos» para poder desanudarlos cuando los intereses así lo indiquen. María es señalada por la Iglesia como la mujer por excelencia de la humanidad, pues como lo dice la Constitución Lumen Gentium: “María brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos”. Los Evangelios presentan a María adornada de sólidas virtudes evangélicas. Virtudes que, sin duda, la elevaron más allá del entendimiento humano y, por ello, me atrevo a ir un poco más allá de lo que plantea la Iglesia, no sólo es la mujer por excelencia, es el ser humano por excelencia. Su humildad, su fe, su obediencia, su caridad, su sabiduría, su piedad, su paciencia, su fortaleza, la dignidad de su pobreza, su esperanza, su modestia, son una galería de virtudes que pueden llevar al hombre de hoy a una transformación antropológica que lo aproxime –nos aproxime– a otra dimensión, mucho más profunda, de la sensibilidad y el acercamiento.

Sin embargo, quisiera resaltar nuevamente a María como camino para explorar el silencio. Silencio que brindó a su identidad rasgos inigualables y que le afianzan mucho más su condición modélica de perfección cristiana. Un silencio muy parecido al silencio de Cristo hecho Verdad que no pudo escuchar Pilatos. Jesucristo como encarnación entre los dos polos de un mismo silencio: el silencio del amor entre los ojos de Dios abiertos al corazón de María y los ojos de María cerrados para poder contemplar los ojos de Dios que la observan desde su corazón valiente. Dos polos en los que el silencio se condensa y se revela, ya que hay otras modulaciones del silencio entre la palabra y más allá; ese silencio inalcanzable o inalcanzado. Silencio hecho Palabra. Palabra hecha presencia, así como nos lo recuerda el poeta Octavio Paz cuando afirma que así como del fondo de la música germina una nota que, mientras vibra, crece y se adelgaza hasta que en otra música enmudece, brota del fondo del silencio otro silencio, pero que es una palabra cargada con la plenitud infinita del silencio que la gestó. Silencio que parece haber abierto los ojos de María a la infinita sencillez de Dios y a la sencillez de su infinitud. Sus ojos se abrieron pues ella encarnó toda la potencia de la escucha llenándose así de la gracia divina, de la plenitud del Evangelio.

La actitud de María en el momento de la anunciación es una clara invitación al cristiano de hoy y su relación con la Palabra. Meister Eckhart lo describe maravillosamente cuando dice que el Padre celestial pronuncia una Palabra y lo hace por toda la eternidad. Esa Palabra permanece oculta en el alma, de modo que el hombre ni la conoce ni la escucha. Para oírla, es preciso que se apaguen todas las voces y todos los sonidos, de modo que predomine una quietud pura, una calma perfecta. “No hay nada en la Creación como Dios vuelto serenidad”, dice. La sensación que me brinda imaginarme el silencio de María es como la de abandonarme por completo a la sencillez de su vientre. Cerrar los ojos dentro de ella para que se abran los ojos dentro de mí a la pulsión dulce de los latidos de su corazón, donde ella guardaba los tesoros de su existencia. Arropado en su calor materno explorar su silencio dejando salir de mí todo lo que dicen que soy, lo que creo que soy para llenarme de la plenitud de su gracia. Sentir cómo bebió un poco de su vida el Evangelio mientras permaneció dentro de ella aquellos nueve meses. Mirar los ojos con ese niño Jesús que todavía no miraba el mundo fuera de María. Él y yo en silencio dentro del silencio de María que no dejaba de orar en silencio su plegaria del corazón. Desde su silencio la contemplo entregando su mente por completo a Dios como base de todo bien tanto humano como divino. Su silencio me dice que busque adherirme a Dios para que entonces Él pueda realizar en mí todo lo bueno. Si buscas a Dios, me dice, lo encontrarás junto a todo lo bueno.

Contemplar a María orando en silencio, disfrutar de María en silencio es abrirnos a una verdad que ella vivió y sintió como nadie: saborear con toda su existencia la Palabra y esto ocurrió gracias a su silencio. Esta experiencia tan mariana contrasta de una manera, a veces radical, con la forma de vivir en la actualidad. Los filósofos del lenguaje nos advierten que lo más característico de la vida humana sea la omnipresencia del lenguaje, pero del lenguaje humano, lenguaje del mundo, de la carne. El universo lingüístico nos arropa de tal forma que no podemos salir de los límites que nos impone. No lo podemos observar desde el exterior porque el más allá del lenguaje es impensable. Lo que resulta pensable y comunicable lo es desde el lenguaje. El lenguaje es elemento constitutivo de la intersubjetividad y de la vida social. Esa omnipresencia del lenguaje nos obliga constantemente a hablar, a pronunciarnos, a decir algo, lo que sea, a opinar, ya que, es nuestra derecho, nuestra libertad y así, desde el uso pleno de nuestra libertad, terminamos siendo esclavos de la libertad, del decir por decir, del opinar por opinar. Sucumbimos al poderío del lenguaje que nosotros mismos hemos creado. Nuevamente Octavio Paz toma la palabra para ayudarnos a reflexionar que es turbadora la facilidad con que el lenguaje se tuerce y no lo es menos que nuestro espíritu acepte tan dócilmente esos juegos perversos. Deberíamos someter el lenguaje a un régimen de pan y agua, si queremos que no se corrompa y nos corrompa.

Quizás no sea necesaria una medida tan extrema. Quizás resulta más sencillo y más ennoblecedor mirar a María y aprender de su vocación de silencio. Silencio que brotó, no sólo de su humildad, sino de una sabiduría muy suya de usar con rectitud su mente y su corazón. Benedicto XVI, meditando en la vocación de María, afirmó que, justamente, el secreto de la vocación es el silencio. María se entrega al silencio para llenarse de Dios, algo similar hace San Pablo al hacer silencio para que sea Cristo quien viva en él. Cristo no sólo vivió en María, sino que se alimentó de ella. Lógicamente, son dos sentidos muy distintos, pera la potencia de la imagen es totalmente aprovechable. Su ejemplo nos recuerda que el llamado de Samuel, por ejemplo, sólo pudo ser escuchado desde el silencio (1 Sa 3, 1-10). Seguir este ejemplo del silencio de María representa, como hemos podido notar, un cambio antropológico radical. Un cambio que seguramente nos pondrá de espaldas al mundo, pero de cara a Dios, en caso, claro está, de que esto sea realmente importante para nosotros, para el hombre. El silencio de María es una invitación a nuestro silencio, se trata, entre otras cosas, del paso inicial de cualquier acceso al conocimiento de nosotros mismos, de los demás, del mundo y la puerta más amplia para acceder al diálogo. Sin embargo, somos esclavos del decir, del lenguaje que ha desarrollado nuestra infinita soberbia. Nuestra vida ha sido construida en el escándalo llenando de contaminación hasta nuestra raíz humana. C. G. Jung afirmaba que el ser humano se refugiaba en el ruido para escapar del peligro de estar a solas con nosotros mismos. María nunca tuvo miedo, pues en el corazón de su silencio tenía la certeza de la compañía de Dios. Sin embargo, quien tiene miedo de sí mismo, busca compañías ruidosas y ruidos estrepitosos para echar a los demonios. El ruido, dirá, nos resguarda de penosas reflexiones, destruye los sueños inquietantes, asegurándonos que estamos todos juntos haciendo un bochinche tal que ninguno, nadie, osaría agredirnos.

La realidad deshumanizada que se ha erigido a partir del lenguaje obliga al hombre a detenerse y buscar el núcleo más profundo de su humanidad. Esta búsqueda tiene su punto de partida en el momento en que el ser humano se reconcilie con el silencio, con su silencio personal e íntimo, a través de un camino de introspección que permita un radical reencuentro con el fuego, la humedad, la tierra y el cielo que lo habitan. La palabra se ha vuelto sólo sonido, ya no existe como espíritu, quizás por ello no hallamos el camino que nos conduzca a la verdad que no pudo escuchar Pilatos. Por ello, hoy debería resultarnos atractiva la idea de volver al silencio de María para reencontrarse consigo y con los otros a partir de la reconciliación con el silencio, clave para el nacimiento de una palabra con contenido. Ante tanto ruido y espectáculo vacuo, el silencio nos permite acceder al otro lado de la palabra. En ese otro lado de la palabra, María y su silencio como radical oposición al hombre y el mundo contemporáneos, tan modernos, tan racionales, tan llenos de respuestas para todo, tan llenos de palabras producto de una cultura fundamentada en la información. Volver al vientre de María y hacer silencio con su silencio para acceder, como hemos dicho, a otra dimensión, mucho más profunda, de la sensibilidad y el acercamiento. Creo que lo necesitamos. Nos urge, ya que, de alguna manera seguiremos tensando la cuerda que apenas nos sostiene de caer en el abismo.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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