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Miércoles, 22 de Noviembre de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

La ternura del abrazo en familia

La ternura del abrazo en familia
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El abrazo es la posibilidad de dar inicio a la fiesta del amor en nuestro corazón en cuanto a que, de múltiples maneras, nos recuerda que la fe es abrazar al mensaje de Jesús

“Toda casa es un candelabro donde las vidas de los hombres arden como velas”, este verso es de Jorge Luis Borges, pertenece a un poema llamado Calle Desconocida que pertenece a su libro «Fervor de Buenos Aires» de 1923. Toda casa es un candelabro donde las vidas arden como velas. Esto me recuerda las primeras líneas del hermoso libro de Gaston Bachelard «La llama de una vela» en el cual expresa que la luz que emana de la vela encendida era un detonante para hacer pensar a los sabios, para brindar mil sueños luminosos a los filósofos solitarios. La llama de una vela nos impulsa a imaginar el corazón que arde en el corazón de todos los seres abrazados por el aliento suave de un mismo espíritu que, a su vez, es una llama única. Esa llama que tiernamente hiere el más profundo centro de nuestras almas para hacer resplandecer las cavernas de nuestro sentido ciego y oscuro como lo desea siempre el mundo, así la suponía San Juan de la Cruz. Esas velas que arden en el poema de Borges y que brindan sentido a los hogares fueron las mimas que acudieron a través del tiempo y el espacio para servir de expresión simbólica al Papa Francisco para iluminar tantas situaciones familiares y volcarlas con ternura en su Exhortación Apostólica «Amoris Laetitia» (2016). Esas velas que son encendidas por la alegría del amor que brota de la alegría del Evangelio y que, como bien lo sabemos, es júbilo para la Iglesia. Velas encendidas por una verdad incontrovertible: la vida de las familias no es un problema para la Iglesia, ni para el Estado, sino una oportunidad de brillar con ella y para ella.

El calor de la vela es tejido por la ternura del abrazo, la caligrafía del cariño, la entrega desmedida que representa ese apretón de pecho contra pecho que inflama las ganas de seguir caminando a pesar de las contrariedades de la cotidianidad. Velas encendidas a la luz de la Palabra que hace del hombre mirra para los pechos de la esposa y a la esposa parra fecunda en medio de la casa. La vela de la llama de amor viva lanza sobre las paredes del hogar las dulces sombras de una pareja que ama y genera vida transformándose en escultura viviente que es capaz de manifestar al Dios creador y salvador. “La relación fecunda de la pareja, reflexiona el papa Francisco, se vuelve una imagen para descubrir el misterio de Dios, fundamental en la visión cristiana de la Trinidad que contempla en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor”. De la ternura de ese abrazo que funde en una sola carne a la pareja confundiendo en el amor la mirra y la parra, jardines cerrados que se abren al otro, florecen los hijos como brotes de olivo en torno a la mesa. “La presencia de los hijos es de todos modos un signo de plenitud de la familia en la continuidad de la misma historia de salvación, de generación en generación”. Así, a la luz de las velas del amor, cobra vida la Iglesia que se reúne en la casa y que recorre todas las Sagradas Escrituras acariciando la caricia del abrazo en familia.

A pesar de que la cotidianidad se ofrece a las familias como sendero de sufrimiento y de sangre, a pesar de la fatiga de las manos por el trabajo, a veces cuesta arriba, en la construcción de los bienes materiales y espirituales, el papa Francisco, inspirado por las velas que arden y brillan en las Sagradas Escrituras, nos ofrece como alternativa, como bálsamo para vencer la hostilidad de la realidad, la ternura del abrazo. Ese abrazo que nos devuelve a la generosa luz de la inocencia que virginalmente se brinda desde el amor para amarnos desnudos y puros entre la suavidad y la hostilidad de los días que nos van haciendo. Ese abrazo que recuerda a los padres que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). La familia está sometida a muchos peligros, unos más graves que otros, pero que, en su conjunto, pueden causar daños irreparables en las bases del hogar. La posmodernidad vomita sobre los hombres, como dice el papa argentino, tiempos de relaciones frenéticas y superficiales que invisibilizan el horizonte del amor donde cada ser debería ver reflejada su naturaleza en el abrazo entre el cielo y la tierra. Ese horizonte amoroso que brinda la oportunidad de tener en nuestros interiores la paz y el silencio, como la de un niño destetado en el regazo de su madre (cf Sal 131,2). Cristo, abrazo siempre abierto para los hombres, es una realidad que nos permite mirar la realidad de la familia en todo su complejo desarrollo, tanto sus luces como sus sombras. “El ritmo de la vida actual, el estrés, la organización social y laboral, son factores culturales que ponen en riesgo la posibilidad de opciones permanentes”. Rapidez que confunde el fundamento de la libertad cegándonos para que no podamos ver y comprender que más allá de cada persona hay verdades, valores, principios tan genuinos y respetables como los nuestros, aunque puedan ser, y seguramente lo son, radicalmente diferentes. La libertad, la verdadera libertad, escribe Francisco, “permite proyectar la propia vida y cultivar lo mejor de uno mismo, pero si no tiene objetivos nobles y disciplina personal, degenera en una incapacidad de donarse generosamente”.

El abrazo en familia, su ternura, sus colores, sus aromas, sus sabores, permiten sentir esas cuerdas humanas, esas correas de amor de las que hablaba el profeta Oseas cuando describía el amor de Dios por el joven Israel (11. 1, 3-4) Abrazo que, como escribe Pablo Neruda, nos lanza sobre este espanto erguido, en esta ola de vértigo. Abrazo que, como escribe otro poeta, Miguel Hernández, no permite derrumbes por lo que pasa ni por lo que ocurre. Abrazo que nos recuerda a aquel Jesús que caminó sobre las aguas para decirnos, en medio de la tormenta, toda tormenta, que no tengamos miedo, que nos quedemos prendamos del abrazo cálido de su mirada que nos eleva sobre todo mal para que caminemos libres de tropiezos. Abrazo que nos recuerda la voz del peregrino que transformó en alegría la desazón de los que caminaba hacia Emaús. Abrazo con que Dios nos cubre con sus plumas para que allí encontremos refugio y protección (Sal 91,4) El abrazo, su fuerza, su solidez, nos ata al instante de sentir el amor que invade y nos fija en tierra para que la vertiginosa sensación del tiempo no nos arrastre en su festín de la inmediatez. El abrazo es la posibilidad de dar inicio a la fiesta del amor en nuestro corazón en cuanto a que, de múltiples maneras, nos recuerda que la fe es abrazar al mensaje de Jesús expuesto en formulaciones breves, cuyo núcleo central es la fe en la muerte y resurrección de Jesús, es decir, del amor que es capaz de vencer a la muerte para proyectar la vida por encima de todo. Por esto, en el abrazo celebramos la vida en comunidad a la que hemos sido llamados desde el principio, ya que él encierra, no sólo el recibimiento del otro que se dona en su abrazo, sino que es modelo de relaciones para una iglesia pertinente y receptiva.

La Iglesia primitiva, como lo desnuda para nosotros el libro lucano Hechos de los Apóstoles, tuvo en el abrazo parte fundamental de las prácticas afectivas y familiares. Diciéndonos que la fe no tiene sólo que ver con creencias, con discursos y con rituales, hay algo más, siempre hay algo más. El capítulo 20 de los Hechos afirma que ser de la familia de Dios no sólo es cuestión de intelecto, o de afirmaciones y dogmas, también tiene que ver con nuestras prácticas y con nuestro cuerpo. Tiene que ver con el espíritu y con los afectos, emociones y sentimientos que nos movilizan. La iglesia es retada a encarnar la fe, a poner la fe en el cuerpo. El cuerpo es lo que nos permite relacionarnos, acercarnos, sentir a la persona que está a nuestro lado. Volcar la fe en el cuerpo es transformarla en gestos concretos de amor y fraternidad. Volcar la fe en el cuerpo tiene que ver con comunicarla desde el abrazo, la caricia, la mano enjugando una lágrima o apretándose con la persona que sufre, o en la persona que se ama a la que celebramos celebrándonos en el gozo profundo de la entrega absoluta. Volcar la fe en la unión entre el fiel y su Señor expresado con rasgos del amor paterno o materno. Volcar la fe en el cuerpo es abrazar con firmeza la comunión expresada en “la llamada a compartir la oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios y la comunión eucarística para hacer crecer el amor y convertirse cada vez más en templo donde habita el Espíritu”. Así la comunión nos abre a la sacralidad de la experiencia de la vida compartida que busca que el otro deje de ser una abstracción para “transfigurarse” en una verdad relacional sagrada, por medio de la cual se revela Dios mismo y que también nos revela nuestra identidad más profunda, como hermanos, hijos de un mismo Dios que nos sustenta y moviliza con su Espíritu que da vida.

Cierro los ojos, pienso en el candelabro que la maravillosa oscuridad de ciego de Borges me ayuda a recrear, y me resulta inevitable imaginar a los que caminaban lentamente a Emaús sintiendo el calor de la presencia de Cristo mientras les narraba las escrituras y se les descubrió al partir el pan. Al quererle abrazar el Señor desapareció, como si con ello los invitara a volver a la comunidad, a abrazarse y a celebrar que el que estaba muerto ha vencido y vive para siempre en la comunidad de las personas que abrazan la vida y encarnan el Espíritu de la nueva creación. La comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y la familia se encuentra encerrado en el calor sabroso del abrazo, ese abrazo que es el que nos da María invitándonos a vivir con coraje y serenidad los desafíos familiares, tanto los entusiastas como los más penosos y tristes, y “a custodiar y meditar en el corazón las maravillas de Dios (cf Lc 2,19.51). En el tesoro del corazón de María están también todos los acontecimientos de cada una de nuestras familias, que ella conserva cuidadosamente. Por eso puede ayudarnos a interpretarlos para reconocer en la historia familiar el mensaje de Dios”. Mensaje que ella abrazó en su sí hasta hacerlo realidad en la carne de su carne, es decir, como apuntamos arriba: encarnar a Cristo es abrazar su fe en el abrazo hacia el otro. El abrazo para la Iglesia es modelo indescriptible de relaciones, especialmente es modelo de misión. Una comunidad de fe oportuna, receptiva, viva y enérgica, abraza la vida y debe abrazar la pluralidad y la complejidad, proclamando la vida buena y nueva que Cristo quiere dar. Cuando las personas y las comunidades, desde su fe, explayan los brazos para dar vida a las personas, en especial, a las oprimidas, marginadas y excluidas de la mesa, Dios mismo se hace visible y Jesús se hace presente dejándonos saber que su Espíritu sigue alentando la esperanza de una nueva humanidad en la que Él cree y que podemos construir. Feliz día del abrazo en familia…

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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