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Lunes, 28 de Mayo de 2018

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

La soltera moderna

La soltera moderna
Imagen tomada de http://weloversize.com -

O un Manual de uso para vestir santos

Cuando era una adolescente, la mayor parte de las conversaciones de las muchachas que conocía tenían directa relación con el matrimonio. Cuando ocurriría, cómo lo celebrarían, lo que esperaban del hombre que las llevaría al altar. Todas mis amigas de por la época, estaban muy convencidas que el matrimonio era no sólo el objetivo de sus vidas sino con toda seguridad, la parte más importante del hipotético futuro que nos esperaba unos años más allá. Con el tiempo me convencí que algo muy mal debía haber en mí, que no sentía el menor interés por recorrer el altar del brazo de mi padre y bendecir la abstracción del amor — cualquiera fuera su significado — frente a la sonrisa amable de un sacerdote. Era una sensación ambigua y extrañamente inquietante: ¿Era normal que no lo aspirara o que la idea no formara parte de ningún plan futuro? No lo era por supuesto, me dije muchas veces, preocupada y afligida ¿Se debía a mi edad? ¿Al matrimonio fallido de mis padres? ¿O que nadie en mi familia me educó para creer que el matrimonio era el lugar común — y deseable — de cualquier relación futura?

No lo sabía. Cualquiera fuera la causa, el hecho era que el matrimonio me resultaba una idea incómoda que me llevaba esfuerzos digerir. Con los años, llegué a convencerme que necesitaba un poco de tiempo — quizás décadas — para que las piezas encajaran en su lugar y comenzara a mirar el futuro de la felicidad idílica hogareña. Lo intenté de verdad: me esforcé por creer que a pesar de mis dudas, absoluto desinterés e incluso directas objeciones a la institución matrimonial, llegaría el día en que desearía casarme. Que el amor — lo que fuera que eso significara — pondría las cosas en claro y me demostraría que todos necesitamos esa gran conclusión a la experiencia cotidiana. Que como otras tantas personas en el mundo, entendería que casarme era un destino común — y además, natural — que finalmente llegaría a comprender a disfrutar.

No ocurrió, por supuesto. La muchacha confusa que fui se transformó en una mujer joven que terminó por asumir algo muy concreto: la idea del matrimonio seguía sin gustarme. Para ser más exactos, comprendí que era muy poco probable me gustara en algún momento de las décadas siguientes. Con veintitantos años cumplidos, comprendí que no se trataba de un problema de criterio ni tampoco de simple temor a algo concreto con respecto al compromiso. La cosa era incluso más simple que eso: la sagrada e idealizada institución del matrimonio no era para mí. Y no lo era por la simple razón que mis aspiraciones, prioridades y planes a futuro tenían poco o nada que ver con dedicar mi vida a la vida doméstica o en pareja. ¿Eso era bueno o malo? llegué a preguntarme más de una vez, abrumada por el pensamiento que estaba idealizando o al contrario menospreciando, una tradición tan vieja como en apariencia necesaria. ¿Por qué me resultaba tan incómodo y desagradable mi perspectiva sobre el matrimonio? ¿Por qué me hacía sentir culpable y en el mejor de los casos irresponsable e irrespetuosa?

Me llevó años comprender el motivo: a las mujeres que no se casan suelen ser estigmatizadas, menospreciadas o incluso juzgadas. Y yo lo fui por supuesto. Lo fui por las mismas razones que la soltería se considera no una decisión sino un espacio ambiguo e incompleto sin explicación. Según la sabiduría popular — y esa vieja y machista tradición de definir a cualquiera por su estado civil — a nadie le gusta estar soltero. O mejor dicho: no debería gustarle. Después de todo, se trata de una especie de intermedio social que no tiene mayor objetivo que definir un trayecto hacia esa deseable celebración del éxito social como es el matrimonio. ¿Por qué a alguien podría gustarle lo que parece ser un purgatorio cultural? ¿Por qué nadie podría sentirse cómodo en medio de ese espacio sin definición real?

Pues a mi me gustaba. Tanto, como hacerlo permanente y definir mi vida a través de la soltería. Como para asumir que estar soltera era no sólo una condición deseable — que lo es — sino que además, reafirma una serie de valores muy puntuales para quien simplemente no desea encajar en esa historia elemental que la tradición escribe para cualquiera incluso antes de su nacimiento. La capacidad para decidir lo que deseas como futuro sino además, asumir que puedes decidir sin ser menospreciada por hacerlo.

No se trata de algo sencillo en una sociedad que mide el éxito social por lo blanco del vestido de novia o la posibilidad que seas madre antes de la treintena. Menos en un país como Venezuela, tan machacado por una crisis social que ya dura dos décadas y que se aferra como puede a la tradición como un punto de honor. En nuestro país, ser soltera equivale a un defecto, un problema inexplicable. A la fealdad física, al fracaso social. Nadie parece entender — o asimilar — que una mujer simplemente escoja con absoluta libertad y por iniciativa propia no casarse. ¿Eres rara? ¿No tienes pareja? ¿Te cuesta conseguir una? ¿Nadie te lo ha pedido? ¿Eres amargada, neurótica, antipática? ¿Tienes problema con tu sexualidad? son las preguntas y juicios que de inmediato soportar la mujer que asume su libertad personal como bandera. Nadie parece entender que una mujer puede desear estar sola por voluntad propia. De manera que la ausencia de marido te define tanto como tenerlo, sólo que en direcciones distintas.

— Nadie puede decidir que no se casará por las buenas — me dijo en una oportunidad un buen amigo — simplemente, no te apetece ahora mismo. Es normal. Eres joven y sin pareja. Pero te llegará el momento que…

Por ese entonces ya veía bastante improbable que eso sucediera. Tenía una opinión fundada sobre el hecho que el matrimonio — como institución — no sólo no satisfacía ninguna de mis aspiraciones a futuro sino tampoco formaba parte de cualquiera de mis proyectos personales. Dicho así, suena petulante e incluso arrogante, pero no se trata de un menosprecio directo hacia una idea social fundamental de la cultura en que nací, sino simplemente de una opción. Quizás una muy poco popular y con toda probabilidad incomprensible para la mayoría de quienes conozco, pero una decisión al fin y al cabo. Pero tratar de explicar eso a alguien que está por completo convencido de lo contrario, no sólo resulta complicado sino la mayoría de las veces incómodo e incluso insultante.

— Realmente, no quiero casarme ni tener hijos. No es que sea malo o bueno, no tengo prejuicios al respecto. Es que para mí no funciona — le expliqué en esa oportunidad al amigo preocupado — no encaja en lo que deseo hacer en el futuro o como intento construir mi vida.

Mi amigo chasqueó la lengua y sacudió la cabeza. Varios de los que nos rodeaban hicieron el mismo gesto, una combinación de conmiseración y aparente comprensión a lo que supongo, consideraron un gesto de malcriadez. Esperé, entre incómoda e inquieta. No era la primera vez que me enfrentaba a una discusión semejante, pero si quizás, la ocasión donde me sentía más desconcertada por la actitud general. De nuevo, me pregunté por que debía justificar una decisión personal, el motivo por el cual no sólo debía excusarme por actuar con cierta coherencia con respecto a mis opiniones sobre la familia y el mundo. Que permitía que no sólo mi estilo de vida sino incluso mis forma de comprender el futuro, pudiera ser debatido en voz alta, como parte de una idea pública en las que todos a mi alrededor sentían el derecho de opinar.

— De verdad, no quiero casarme — insistí — ni ahora ni después. Lo elegí así. No entra en mis planes ni entrará después.
— No puedes decidir algo así siendo tan joven.
 — ¿Por qué no?
— Porque no es justo para ti.
— ¿Por qué no? es una libre elección.
— Casarse es parte de la naturaleza humana. El matrimonio sólo oficializó ese instinto social que es parte de nuestra identidad — terció — ¿Cómo puedes tomar una decisión para toda la vida siendo tan joven y sin ni siquiera haber ponderado que sucederá después?

Suspiré. He escuchado el mismo discurso antes y en todas las ocasiones, ha hecho reír — una risa amarga, cansada — la inmediata conclusión a la que suelo llegar escuchándolo: nadie le diría la misma perorata moral a alguien que decide contraer matrimonio siendo muy joven. A pesar, que básicamente también es una decisión que afectará el resto de su vida y que con toda seguridad, se toma bajo la efímera influencia de una emoción pasional. Pero cuando alguien decide contraer matrimonio, nadie lo cuestiona. Es un impulso, una necesidad, un requisito social. De manera que a pesar de cualquier duda e incertidumbre, el hecho de hacerlo marca la frontera en lo que se supone es la conclusión a la que todos debemos llegar en nuestro comportamiento cultural. Lo contrario es impensable o al menos tan improbable, que quien lo decide, se encuentra en la nada cómoda situación de transitar un terreno árido de puro ostracismo social casi inmediato.

— ¿Y qué pasará cuando tengas una pareja que quiera casarse? — insiste alguien más — ¿Te negarás a pesar de que sea la única forma de continuar juntos?

Me guardé mis comentarios sobre el tono melodramático de la frase y me pregunté en silencio por qué poca gente asume el hecho que todos podemos negociar nuestro futuro — de la manera pragmática y un poco emocional como se escucha — hasta encontrar un equilibrio que no sólo nos satisfaga sino que además, nos brinde cierta estabilidad personal. Que cuando decides no contraer matrimonio, no estás rechazando la idea de no disfrutar de la profundidad, intensidad y placeres de la vida en común, sino al hecho simple de no asumir un contrato social. Claro que, analizado de esa forma, el matrimonio parece perder esa solemnidad que se nos inculca, esa visión sacramental que lo hacen no sólo necesario sino imprescindible para comprender nuestro lugar bajo el sol. Aún así, el hecho evidente es que el matrimonio como cualquier otra cláusula social no sólo admite corrección sino también excepciones. Y yo escogí una.

En una oportunidad, Simone de Beauvoir escribió que la sociedad mira a las mujeres a través del crisol del matrimonio: “estamos casadas, o lo hemos estado, o planeamos estarlo, o sufrimos por no estarlo”. Años atrás, cuando alguien me cuestionaba sobre mi decisión sobre no contraer matrimonio, solía enfurecerme y asustarme, como si debiera justificar una idea tan natural en mi que resulta indivisible de mi personalidad. No obstante, ahora comienzo a sonreír, convencida que quizás esa sorpresa — y en ocasiones agresividad — es una señal que la sociedad comienza a comprender que hay opciones, que le desconcierta su existencia pero que aún así, admite en cierta manera su importancia. Una inflexión sutil de una idea general que quizás comienza a transformar lo que consideramos inevitable en algo más parecido a una decisión personal.

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