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Lunes, 17 de Diciembre de 2018

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Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

La oración en Juan Pablo II

La oración en Juan Pablo II
Imagen tomada de juanpablo2do.blogspot.com -

De los labios de su madre, del corazón de María y de la vida en la Iglesia, Juan Pablo II se aprendió a conocer en la oración

La Iglesia de Cristo, madre y maestra, vuelve a ser blanco de la maldad. Esto no es nuevo. Tampoco serán las últimas manifestaciones en contra de ella. Esto se nos advirtió desde el principio: “Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis odiados de todas las naciones por causa de mi nombre” (Mt 24:9). Por ello, “Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí” (Mt 3:11). El juego estaba claro desde el principio, el propio Jesucristo nos lo mostró en su pasión y muerte. Ante la inminente perpetración del crimen, ante el avance irracional de las sombras, ante el peligro, antes de ser llevado hacia el matadero, qué hizo Jesús. Dice el Evangelio que "Después Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar, les dijo: «Oren para que no caigan en tentación.»" (Lc 22, 39-40). Orar, eso fue lo que hizo. No huyó. No se escondió. No mintió. Jesucristo oró y en medio de la oración se mantuvo en la voluntad del Padre. La oración, como vemos, es pieza fundamental, pieza central de la vida del cristiano. Por esta razón, en una homilía celebrada en Abidjan, ciudad principal de Costa de Marfil, el 10 de mayo de 1980, Juan Pablo II nos mostraba la necesidad de la oración: “Una Iglesia no está viva, no está unida, no es más fuerte que cuando sus miembros tienen una vida interior, una vida espiritual, es decir, una vida enlazada con el Espíritu de Dios, una vida de oración”. Frente a la amenaza constante en que vive la Iglesia, la oración, y San Juan Pablo II es un testimonio vivo de su fuerza y su poder.

La vida de Juan Pablo II puede explicarse perfectamente a través de su relación con la oración. Así como María mostró el camino de la oración a Jesús, de la misma manera, Emilia le enseñó al pequeño Karol y nunca más la abandonó, pues, como él mismo comprendió, orar tiene la potencialidad de cambiar radicalmente nuestra vida. Por medio de ella, el hombre puede apartarse de sí mismo y aproximarse a Dios con la mente y el corazón, permitiendo que nuestro interior se llene de esperanza, luz que mana de la Verdad, desnudando frente a nuestros ojos la plenitud de las promesas del Evangelio. En ella nos abrimos a una doble dimensión, decirle al Señor todo aquello que nos agobia y nos causa pesar, pero también, y muy importante, callarlo todo para poder escuchar la voz que penetra en nosotros y va sanando, que penetra en nosotros para mostrar su voluntad que, en definitiva, es el norte del verdadero bien del hombre.

En su encíclica Dives in Misericordia (1980) trae a nuestra dinámica un recordatorio, una recomendación: “En ningún momento y en ningún período histórico –especialmente en una época tan crítica como la nuestra– la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres”. Creo que a esto se debe que trece días después de su elección, con algunos de sus colaboradores, se dirigieron cerca de Roma a la Mentorella, donde está el santuario de la Madre de las Gracias. Preguntó a sus compañeros de viaje ¿qué creían era lo más importante para él en su vida, en su trabajo?". Le sugirieron: "¿Tal vez la unidad de los cristianos, la paz en Oriente Medio, la destrucción de la cortina de hierro...?". A lo que respondió: "Para mí lo más importante es la oración".

La oración, decía, nos permite contemplar la pureza transparente del diálogo en el cual, al inicio, el «yo» pareciera ser el elemento más importante. Sin embargo, en el desarrollo de ese diálogo interior-exterior, vamos comprendiendo que no es así, que es de otro modo, el elemento más importante es el «Tú», pues realmente se trata de la fuente, del punto en el cual se toma la iniciativa verdadera, es decir, Dios mismo. Juan Pablo II comprende que la oración no es una acción individual, centrada en el orante. Todo lo contrario, es un verdadero diálogo entre dos en el cual ninguno de los dialogantes queda oscurecido por el otro. Todo dentro de ella es luz, luz que ilumina, luz que desnuda, luz que muestra el camino que derriba la barrera del pecado y del mal que el mundo ha puesto entre Dios y nosotros. “Las gracias de la renovación o de la conversión, explicaba en Suiza en 1985, no se concederán más que a una Iglesia en oración (...). Acostumbremos a nuestro pueblo cristiano, a las personas y comunidades, a una oración ardiente al Señor, con María”. La oración abraza todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser, en modo alguno, algo suplementario o marginal. “Todo debe encontrar en ella su propia voz. También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de Dios”.

Juan Pablo II, sin duda siguiendo las enseñanzas de sus madres (María, Emilia y la Iglesia), no duda al proponer la oración como camino, como peregrinaje en la vida del cristiano. “En la tradición viva de la oración, cada Iglesia propone a sus fieles, según el contexto histórico, social y cultural, el lenguaje de su oración: palabras, melodías, gestos, iconografía. Corresponde al Magisterio (cf. DV 10) discernir la fidelidad de estos caminos de oración a la tradición de la fe apostólica y compete a los pastores y catequistas explicar el sentido de ello, con relación siempre a Jesucristo” expone claramente el Catecismo. La Iglesia Católica nos dice claramente que la oración es primero una llamada de Dios, y después una respuesta nuestra. La oración es, por lo mismo y ante todo, una gracia de Dios. Ahora bien, ¿qué entendemos por gracia? La gracia es una participación gratuita de la vida sobrenatural de Dios.

En el discurso que pronunció a los obispos del Norte de Francia el 22 de enero de 1985, Juan Pablo II afirmó que la Iglesia no sólo saca de la oración la inspiración para todas sus actividades pastorales, misioneras, ecuménicas, sino que testimoniando que ella reza, presta un eminente servicio a toda la sociedad, pues este mundo tiene más que nunca necesidad de interioridad. “Todos los instantes de la vida humana parecen ahora estar llenos de la búsqueda del rendimiento, de la diversión, del ruido de los medios de comunicación. Pero el hombre necesita también el silencio prolongado, la contemplación gratuita, la relación personalizada. La oración satisface tales exigencias en su dimensión más profunda. Abre al Absoluto, conduce a la caridad”, y es que por medio de la oración, escribió en un poema de 1938, se alcanzan todos los Cristos solares gracias a la Palabra del Padre que edifica en nuestro corazón el enamoramiento y el más alto milagro de los ojos todopoderosos.

De los labios de su madre, del corazón de María y de la vida en la Iglesia, Juan Pablo II aprendió a conocerlo todo desde las palabras sencillas de la oración, palabras sencillas que andaban a su alrededor como ovejas mansas, pero que le hacían temblar por el resplandor de cada una de ellas. Palabras que arden, como ardió el interior de aquellos que caminaban hacia Emaús, que responden a un legado que no niega la existencia. Palabras que no son llanas, pero están llenas de Dios y, al mismo tiempo, del hálito y del sonido del hombre histórico, el sufriente. Palabras que van tejiendo la oración como si fuera un umbral tras el cual vivimos, nos movemos y existimos, y es que ella comporta un dinamismo que conduce al hombre hacia la verdad de su ser, le libera de sus pasiones, abre su espíritu y su corazón. “Sí, la oración auténtica, lejos de replegar al hombre sobre sí mismo, o a la Iglesia sobre ella misma, les dispone a la misión, al verdadero apostolado”, pues, como umbral de la palabra, en la oración comienzan los hechos, como lo muestra el libro del Génesis en que el Principio, obediente al Verbo, surgió de la nada.

En la oración, el hombre, todo hombre, y la Iglesia se insertan en la batalla pascual contra el pecado y el mal. En la oración piden perdón por el pecado; en la oración imploran misericordia por los pecadores; en la oración celebran el poder del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Por ello, escribe, “la oración es el objetivo de toda catequesis en la Iglesia, porque es el medio de unión con Dios. Mediante la oración la Iglesia expresa la supremacía de Dios y realiza el primer y mayor mandamiento del amor”, pero cuando dice amor tenemos que estar conscientes de que se trata de uno cuya perspectiva es mucho más grande que el que cada hombre pueda imaginar o suponer. “Cuando parece que Él no satisface nuestros deseos concediéndonos lo que pedimos, por noble y generosa que nuestra petición nos parezca, en realidad Dios está purificando nuestros deseos en razón de un bien mayor que con frecuencia sobrepasa nuestra comprensión en esta vida. El desafío es «abrir nuestro corazón» alabando su nombre, buscando su reino, aceptando su voluntad”.

Para Juan Pablo II, la oración era algo tan vital como respirar o comer, así lo aseguran sus allegados más cercanos, así como también afirman que, cuando lo hacía, entraba en un estado tan profundo de ensimismamiento, que era una aventura titánica sacarlo de esas honduras. Su concentración era muy severa al punto de que, en muchas oportunidades, su rostro parecía transfigurarse. Juan Pablo II se entregaba totalmente a la oración, en especial, al rosario, por medio del cual desbordaba todo su fervor mariano, todo el amor por su madre, toda su pasión por la Iglesia. El hombre, el papa, el santo se abandonaba a Jesucristo dentro de la espesura de la oración, muy especialmente por el hombre, por los hombres, por ti y por mí, ya que, de alguna manera, sentía que a través de ella, nos ayudaba a cargar nuestras cruces personales y las de la Iglesia, ya que, como él mismo sabía, la oración es también una arma para los débiles y para cuantos sufren alguna injusticia. “Es el arma de la lucha espiritual que la Iglesia libra en el mundo, pues no dispone de otras armas”.

Oremos, oremos mucho, este tiempo, este mundo, el hombre de hoy, necesitan mucha fuerza espiritual, ya que todo lo demás parece haber fracasado estrepitosamente. Nos hemos desabastecidos de valores interiores, de vitalidad espiritual, de silencio, de diálogo con Dios. El recuerdo siempre vivo de Juan Pablo II es una constante invitación a retomar el camino de la oración para reconciliarnos con lo sagrado, con lo trascendente, con nuestra vocación de prójimo, con nosotros mismos. Vamos a apartarnos un rato, vamos a nuestro Getsemaní personal que está dentro de nosotros. Retirémonos un rato a orar y dejemos que la Palabra del Padre nos enamore también. Junto a Juan Pablo II pronunciemos las mismas palabras, aquellas tan sencillas que andan a nuestros alrededor como ovejas mansas. Entremos en la profundidad de esas palabras que tejen la oración, cuyo significado ha sido infundado por Él para ocultar el amor de antes.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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