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Domingo, 22 de Julio de 2018

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

La nueva y renovada chica mala

La nueva y renovada chica mala
Imagen tomada de https://www.vix.com -

La mayor lucha de la mujer no es por la igualdad y mucho menos por la inclusión social, sino contra sí misma

Mi madre siempre ha insistido que ninguna mujer debería definirse sólo por su capacidad para tener hijos o concebir, en todo caso. Lo hace con una cierta impaciencia que jamás comprendí muy bien, pero que ahora a la distancia de los años, se hace más clara. En más de una ocasión, mi mamá me insistió en que nunca olvidara en que no "necesitaba tenerlo todo".

 - No eres una super mujer - me dijo en una ocasión - no tienes que ser profesional, esposa, madre. Puedes ser egoísta. Puede simplemente pensar en ti misma. Eso no está mal.

Nos encontrábamos juntas en un improvisado almuerzo por motivo de mi cumpleaños. La escuché un poco sorprendida y al final, no pude evitar soltar una carcajada.

 - ¿Me estás diciendo que sea una mala mujer? - respondí en tono burlón.

 - Eso mismo te estoy diciendo.

Me lo dijo muy seria, con una expresión tensa en el rostro. Vaya, aquello era importante, pensé masticando el trozo de Lasagna en mi plato. Mi madre siempre había sido el epítome de la mujer moderna: Una mujer que ocupaba un alto puesto ejecutivo, una madre devota, una esposa dedicada. Además, era buena hija, hermana, tia. Realmente dudaba que existiera algo que mi madre no hiciera bien y con un pulcro pulso de pura educación y buen ánimo. De hecho, buena parte de nuestras peleas de adolescencia tenían una directa relación con esa "perfección" suya, que yo no podía igualar ni aunque lo intentara. Y ahora, casi década y media después, me decía semejante cosa. Me quedé un buen rato en silencio, en un intento de analizar la idea desde todos los puntos de vista.

 - ¿Me estás diciendo que no sea como tu? - dije por último.

 - Te estoy diciendo que seas como quieras.

Silencio otra vez. Ella siguió comiendo como si tal cosa, con su habitual fluidez de movimientos y esa elegancia suya que siempre envidié un poco, porque jamás podría igualarla. Mi madre siempre ha sido mi modelo a seguir - a pesar de mis reticencias - y también, un personaje extrañamente central en mi vida, a pesar que no me eduqué con ella sino con mi abuela, quien era una mujer por completo opuesta a la serena tranquilidad de mi madre. Entre ambas, mi educación resultó una rara combinación entre tendencias opuestas, como si pudiera mirarme a la vez en dos espejos distintos. Tiene su gracia esa idea, pensé un poco sobresaltada. Como si mi vida estuviera llena de pequeños fragmentos de ideas a medio construir.

 - ¿Y de donde sale todo esto? Te pasaste media vida diciendome que debía ser educada, discreta, elegante.

 - Uno llega a cierta edad y de pronto, sabe que puede mandar todo a la mierda - me contestó como si tal cosa. Ya era todo un evento escuchar a mi mamá decir una palabrota, no digamos de esa manera tan fluida y hasta musical - y yo llegué a esa edad. Con sesenta años cumplidos, comienzo a preguntarme que hice con mi vida, hacia donde me dirijo, que deseo hacer. Que hice de bueno durante todo este tiempo.

 - Eres una mujer formidable - le recordé. Ella sonrío. Una sonrisa triste y cansada.

 - Soy una mujer que vivió como se supone debía vivir. Pero eso eso no me hace feliz.

 - ¿No lo eres?

 - No es una pregunta sencilla.

 - No lo eres, entonces.

 - Pude ser más feliz, más egoísta, con menos necesidad de agradar, de cumplir un rol. Eso pude ser.

Nos quedamos en silencio de nuevo. Jamás había sostenido una conversación semejante con mi madre y por supuesto, jamás imaginé podría tenerla. Había algo de irreal, escucharla decir aquello, sentada muy compuesta en la mesa de un restaurante de lujo en Caracas (cuando se podía comer en alguno, por cierto). El cabello impecable, el maquillaje exquisito, llevando un traje elegantísimo. Una mujer hermosa, que llevaba su edad con toda naturalidad. Las arrugas en el rostro pálido y delicado. La sonrisa amable. ¿Y me dice todo esto? pensé aturdida. ¿Ahora me dice todo esto?

 - No te estás muriendo ¿No? - pregunté. Terminamos riendo juntas.

 - No, sólo quiero decirlo en voz alta. Debí mandar al carajo todo hace muchos años y dedicarme a ser feliz.

Una frase lapidaria. Tomé un sorbo del jugo de frutas en la mesa y suspiré, preguntándome como afrontar esa conversación, esa perspectiva de las cosas. No resulta sencillo hacerlo. Después de todo crecí en un país - continente, cultura - que te empuja exactamente hacia lo contrario. Que toma decisiones sobre tu identidad incluso antes que sepas por qué lo hace. Que te llama "decente", "puta" "explotada" por circunstancias tan volubles como abstractas. Que te objetiviza, te convierte en un artículo de consumo. Y cuando no lo eres, entonces luchas por alcanzar el estatus de "Super Mujer". La que todo lo puede, la que todo lo tiene. La que es profesional pero también madre, la que es moderna pero no desatiende el rol tradicional. Es algo que te inculcan desde muy temprano. Cuando era una adolescente, una de mis maestras me insistió que ninguna mujer podía renunciar "a su destino" sólo por desear "algo abstracto como lo artístico". Me lo dijo, luego que insistiera en medio de una discusión de clase que jamás pensaba contraer matrimonio y que lo que más deseaba en mi vida era sólo fotografiar y escribir. Recuerdo la mirada levemente alarmada que me dedicó luego de escucharme.

- Ninguna mujer puede olvidar su objetivo natural - me insistió - eres una mujer y eso quiere decir que te espera ciertas cosas en tu vida a las que no puedes renunciar.

 - Pero, ¿si no quiero? - pregunté aterrorizada. Ella suspiró, al parecer armándose de paciencia.

 - No se trata de "querer". Eres una mujer y es lo que se espera de ti.

Me quedé muy quieta, sin saber que responder a eso. Recuerdo que el resto de mis compañeras de clase me miraban con los ojos entrecerrados, como preguntándose a qué venía mi nerviosismo, mi preocupación. Para mi, todo aquello se trataba de una idea escalofriante o que al menos, a mi me lo parecía. Me obsesionó por meses esa posibilidad: el hecho que debería en algún punto del futuro renunciar a mis aspiraciones y esperanzas por ocupar un espacio en la compleja estructura de la sociedad. Tenía catorce años y todavía me aterrorizaba la incertidumbre general acerca de lo que deseaba hacer en los años siguientes pero aún más, esa perspectiva que ya todo estaba decidido por el rol social incluso antes de mi nacimiento. Cuando finalmente se lo conté a mi abuela, abrumada por la desazón y la angustia, ella soltó un carcajada.

- Puedes ser lo que quieras y como quieras. Nadie puede imponerte su punto de vista sobre el mundo - me dijo un poco escandalizada por mi miedo - la vida es un conjunto de decisiones que tomas según lo que deseas. Y por supuesto, contraer matrimonio, tener hijos o cualquier cosa que forme parte de tus aspiraciones con respecto al futuro, es algo que sólo te atañe a ti misma.

Mi abuela era esposa y madre de tres y jamás le había escuchado quejarse sobre su tranquila vida como ama de casa. Aún así, ella solía insistir en que la vida familiar sólo era una opción entre tantas entre la que la mujer podía decidir. En más de una ocasión me insistió que esa noción del matrimonio y la maternidad obligatoria - obra de la cultura y del canon tradicional - no sólo era una forma de presionar a la mujer sino también, condenarla a un tipo de frustración tan dolorosa como limitante.

- La identidad femenina no es parte de una decisión social y no debería serlo - me dijo en una oportunidad - creerlo así te limita y te destruye, te obliga a vivir una vida que no es la tuya. La que se impone por deber.

Tenía diecisiete años y acababa de entrar en la Universidad. Todo el mundo a mi alrededor parecía saber exactamente que esperar de la vida, excepto yo. Mis amigas insistían en sus hogares futuros, escogían nombres para sus bebés a décadas de distancia, hablaban de como equilibrar la vida familiar y la profesional. Mientras tanto, yo luchaba por cosas en apariencia triviales, como esa incomodidad tremenda que me producía la mera idea de decidir mi futuro a medias, a partir de una perspectiva intermedia y sin sentido sobre la mujer que podía ser. Las palabras de mi abuela no sólo me aliviaron, sino también, abrieron una espacio en mi mente para una reflexión privada sobre todo tipo de ideas sobre lo femenino. ¿Qué esperaba del futuro? ¿Qué esperaba de mi misma como futura madre - si es que debía serlo - y también como la profesional que deseaba ser? Era una incertidumbre dolorosa, sentir que mi forma de ver las cosas - de analizar el mundo - no parecía calzar en ninguna parte, ser lo suficientemente importante como para sostenerse de alguna forma en un país - época - que había tomado todas las decisiones por mí.

 - ¿Qué pasa si no quiero ser madre? - recuerdo que pregunté a mi abuela - ¿Qué pasa si lo único que quiero es fotografiar y escribir? ¿Qué pasa si…?

La primera vez que admitía semejante cosa en voz alta. La primera vez en mi vida que sentí el miedo real de no formar parte de algo más grande, más ordenado, más…predecible. No me considero rebelde o contestataria, pero de pronto, la idea de no ser madre - de no desearlo, de incluso no sentir la más mínima inclinación hacia la vida como se suponía debía vivirla, resultaba doloroso. Abrumador. Me encontraba al margen de muchas cosas, de muchas ideas. Una especie de naufrago en medio de una ruptura violenta de una serie de percepciones de la identidad de la mujer.

 - No pasa nada - dijo entonces mi abuela - decide lo que tengas que decidir. Más adelante, piensa en ti misma como una persona, no como alguien que debe cumplir un deber.

Recordé esa frase por años, mientras mis amigas más cercanas contraian matrimonio, se convertían en madres y llevaban el tipo de vida que para mí continuaba siendo poco menos que incertidumbre. Las vi esforzarse por cumplir con todos los "deberes" imprescindibles. Las vi luchar por equilibrar la identidad de madre, esposa y mujer independiente a la vez en un híbrido demandante que exigía cada vez más de ellas. Que erosionaba de a poco, los límites del dolor, la necesidad de encontrar una forma de satisfacción personal y quizás, realización íntima. Y que doloroso puede ser para una mujer esa abnegada idea sobre la vida, a costa de su propia salud espiritual y moral. Qué costosa a nivel personal y espiritual resulta cuando se trata no sólo de sacrificar una serie de ideas sobre la personalidad y el mundo privado sino incluso, esa idea íntima sobre nuestra perspectiva sobre el futuro. Una especie de deuda personal de proporciones desconocidas que termina devastando esa noción sobre la vida que transcurre como parte de un proyecto a futuro.

En el año 1928, Virginia Woolf lo entendió mejor que nadie y por ese motivo, se dio a la tarea de lo que necesita una mujer para obtener la libertad creativa. Lo hizo, asumiendo que una mujer que crea tiene el mismo derecho y la misma libertad - o debería tenerlo, en todo caso - que un hombre. Un planteamiento difícil en una sociedad machista y conservadora como la que le tocó vivir. Aún así, la escritora insistió en el tema y lo convirtió en toda una visión sobre lo que lo femenino podía ser. Hablamos del hecho de esa gigantesca deuda moral que a toda mujer se le exige satisfacer por el mero hecho de aspirar a la individualidad. Esa censura social que la restringe y la hiere por el mero hecho de tomar decisiones en contra de la corriente Universal de un único papel biológico.

Por ese motivo, Woolf decidió que la mujer creadora - la que aspiraba a crear, la que necesitaba construir una idea consistente sobre su labor artística - necesitaba libertad. Independencia moral e intelectual. Eso, a pesar de las críticas que eso pudiera suponer e incluso la censura inmediata que tendría que soportar por el mero hecho de desobedecer el mandato divino de ser la costilla del Adán Bíblico. Envalentonada por la idea, Virginia calculó que una mujer para dedicarse a escribir - como ella lo hacía, como necesitaba hacerlo, necesitaba alrededor de 500 libras al año además de esa ideal habitación sencilla con la que estaba obsesionada y que describe incluso de manera tangencial en todos sus libros - . Una manera de construir un país propio, una libertad plena que no dependiera ni de la fantasía masculina sobre la mujer o mucho menos, de la imposición de la sociedad sobre lo femenino.

"No es sencillo ser una mujer que crea. Debes enfrentarte a ese empujón social que predispone que la mujer debe ser un dechado de virtud y de gentileza por naturaleza. Una mujer que crea es egoísta o lo será" se dice que una vez declaró Virginia Woolf a un grupo de asombrados contertulios que se revolvieron incómodos al escuchar semejante proclama de independencia. Nadie recuerda muy bien esa escena - sus remilgados amigos post victorianos la tomaron como otra de sus excentricidades - pero esa noción de Woolf sobre la necesidad de ser individualista y furiosamente independiente para sobrevivir a la creación, está presente en todos sus libros, en la mayor parte de sus ideas y define su obra. Y es que para la escritora, crear era un motivo suficientemente poderoso para enfrentarse al ahora y mucho más, al pasado que insistía en crear a la mujer a la medida de una estructura biológica que resulta tan asfixiante como destructora.

Hará unos cuantos años, un amigo me preguntó si valía la pena todo lo que tendría que sufrir al decidir ser fotógrafa y escritora en lugar de madre y esposa. Si estaba consciente del precio que suponía no desear tenerlo todo - y sencillamente renunciar a esa noción de la mujer idílica - en beneficio de mi labor creativa y la satisfacción de mis aspiraciones personales. Lo miré un poco sorprendida, porque la pregunta parecía llevar aparejada una cierta conmiseración que no comprendí muy bien y que por supuesto, no supe como responder. Por supuesto, me pregunté si alguna vez se le preguntaba a un hombre de mi edad la misma cosa: si alguna vez, alguien le inquietaba si no ser padre o marido de alguien, había trastocado su visión sobre el futuro, sobre lo que deseaba ser y sobre todo, lo que intentaba crear sobre su vida.

 - No lamento nada sobre mi vida. Mis aspiraciones son crear, construir una carrera fotográfica y literaria. Ser la mejor profesional que pueda. Quiero parir fotografías, libros, ideas. Esa es mi forma de ver el futuro.

Mi amigo me dedicó una mirada dura e incluso inquieta, como si lo acababa de decirle fuera menos que incomprensible para él o incluso, algo tan desconcertante como una mirada sobre la vida de otro que le resultaba por completo sin sentido. A unque la conversación terminó con mi comentario, continué teniendo la sensación que mi amigo era incapaz de explicar - y explicarse - el motivo por el cual continuó sintiéndose incómodo, desconcertado y preocupado por lo que acababa de decirle. Como si esa perspectiva mía sobre lo que deseaba hacer no calzara con lo que se supone debería desear. Un pequeño prejuicio dentro de uno mucho mayor.

Sin duda, esa es la razón por la cual Virginia Woolf luchó con todas las armas a su disposición para dejar bien claro que una mujer podía crear, ser egoísta, casi cruel, romper el estrato que la obliga a concebir su cuerpo y su lugar en la sociedad como única aspiración creativa. La escritora, que desde muy joven sabía que deseaba escribir y tenía además, un formidable talento para hacerlo, se enfrentó a esa percepción de la sociedad que limita a la mujer a un papel secundario donde cualquier habilidad y talento debe necesariamente complacer el rol natural que se intenta imponer. La esposa y la madre parecen ser papeles inevitables que toda mujer debe aceptar antes o después y en los cuales, no encaja esa necesidad poderosa y la mayoría de las veces egoísta del artista, del creador, del pensamiento independiente. Por ese motivo, Virginia Woolf luchó siempre que pudo a esa restrictiva percepción sobre lo que una mujer podía hacer o mejor dicho, lo que se le permitía hacer. Para la escritora, la necesidad de construir ese espacio propio - ya fuera emocional o real - era una necesidad imprescindible para que la mujer - como individuo - pudiera crearse así misma sobre una idea mucho más amplia que la que impone la mirada cultural.

Y es que Virginia Woolf además, no era santa, amable ni mucho menos correcta. Era una mujer llena de defectos y con pocas virtudes que destacar, a no ser su maravilloso talento. Cínica, obsesiva y sobre todo, profundamente carnal, a Virginia le gustaba fumar tabacos, jugar a los bolos y escribir a maquina. Nada de las largas estelas románticas a lo Bronte y a lo Austen. Virginia se inclinaba sobre la máquina de escribir y tecleaba por horas, un tac tac tac continuo que marcaba como un metrónomo el paso de sus pensamientos. Y es que Virginia era compleja en su humanidad, en su portentoso talento para contar el mundo. Para escribir por deseo, por furia. Por razones oscuras y obscenas que la hacían profunda y demoledora.

En la Universidad, una de mis profesoras solía decir que la mayor lucha de la mujer no es por la igualdad y mucho menos, por la inclusión social sino contra sí misma. Lo decía en cada oportunidad en que alguna de las alumnas que enseñaba insistía en ponderar sobre la conocida imagen de la mujer "que lo tiene todo" y que logra un exitoso equilibrio entre lo doméstico y lo profesional. En más de una ocasión, mi profesora solía detener el debate entre alumnos para objetar esa supuesta visión triunfadora de la mujer.

- ¿Por qué una mujer debe desear abarcarlo todo? - insistía - ¿Por qué simplemente no puede tomar una decisión que no tenga que ver con la imagen social que se tiene de lo femenino y asumir que esto está bien?

 - ¡Pero es que una mujer puede ser madre y también profesional! - recuerdo que objetó en una oportunidad una chica, que solía jactarse que deseaba demostrar que una mujer puede ser todo lo que aspira - ¿Qué se lo impide?

- ¿Quién la obliga a serlo? - preguntó a su vez la profesora - ¿Por qué es necesario siempre que una mujer deba complacer lo tradicional para que se le perdone tomar decisiones personales de corte egoísta?

Recuerdo que la frase alarmó y desconcertó a buena parte del salón. La mayoría de las muchachas se sintieron ofendidas y alguno de los chicos, insistieron que ninguna mujer podía deslastrarse "con tanta facilidad" de lo que llamaron sus "deberes naturales". En medio de ambas opiniones, la discusión parecía avanzar entre una percepción ideal sobre la mujer y una mucho más realista, pero incómoda.

- Una mujer tiene el mismo derecho que un hombre a la libertad de posibilidades - sentenció por último la profesora - ahora sólo resta que la mujer pueda aceptar que no debe disculparse por tomar una decisión semejante.

Una frase lapidaria sin duda y que nunca olvidé, porque resume que cualquier otra el hecho que a la mujer se le exige complazca a la sociedad al mismo tiempo que intenta satisfacer su mirada personal sobre el mundo. La mujer que crea y toma decisiones en consecuencia sigue siendo un ave raris, un motivo de discusión e incluso, de rechazo. Más de una vez, el hecho que una mujer renuncie de manera voluntaria a ese aspecto tradicional de si misma, resulta tan impensable como para convertirse en prejuicio. Y sin embargo, la necesidad de crear una mujer nueva, que no necesite del juicio o de la aprobación de la sociedad, continúa siendo una lucha diaria, en todos los ámbitos, en todos los aspectos posibles. Una forma de construirse a sí misma.

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