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Domingo, 22 de Abril de 2018

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

La gran batalla hoja por hoja contra el machismo sin rostro

La gran batalla hoja por hoja contra el machismo sin rostro
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En Venezuela, el éxito y la independencia femenina aún sorprende o mejor dicho, no entra en los parámetros de lo que se considera habitual

Cuando era muy jovencita, solía leer con frecuencia las revistas “para mujeres” que una de mis tías había coleccionado por años. En la inmensa selección, había para todos los gustos: Desde la tradicional “Reader Digest” hasta la doméstica “Vanidades”, por lo que la mezcla de tópicos sobre la mujer parecía ser casi infinita. O al menos, lo suficiente como para abarcar una serie de temas que, al parecer, definían a la mujer dos o tres décadas atrás. Desde consejos para la cocina, la belleza y por supuesto el amor, la percepción sobre la mujer parecía muy relacionada — o mejor dicho, ser un reflejo directo — de una serie de prejuicios y estereotipos que para mis doce años de edad eran por completo incomprensibles.

Claro está que, siendo tan pequeña, no pensaba sobre la mujer de esa forma. O al menos, no relacionaba la incomodidad que me causaba la forma de analizar lo femenino desde las páginas de la revista con algo más que una mirada poco profunda a mi identidad. Por ese motivo, cuando leí por primera vez un ejemplar de “Cosmopolitan” no comprendí del todo el motivo por el que me inquietó, aunque claro, tenía muy claro que tenía una relación directa con la forma en que reducía a la mujer a lo meramente estético, por insistir en mirar el mundo como un lugar festivo y color rosa que me provocaba un inmediato malestar. Por supuesto, nadie a esa edad analiza el tema del individuo y el género de esa forma y yo no lo hice. Lo que si me quedó muy claro, fue la sensación persistente y un poco dolorosa, que para el mundo de las hojas de papel glasé, los artículos con títulos rimbombantes y las articulistas que hablaban sobre la mujer como una especie de sobreviviente al mundo masculino, los matices sobre lo femenino eran muy escasos. Tanto como para que todo tuviera el mismo sentido o al menos, así me lo pareció. Cuando le pregunté a mi tía como una mujer inteligente como ella, podía leer aquella rara e irritante combinación de cursilería y cultura pop, se echó a reír.

— No todo es blanco y negro en el mundo — me respondió — Cosmopolitan te lo recuerda de vez en cuando.

¿Qué quería decir con eso? me pregunté furiosa. Para mí la revista no era otra cosa que una combinación de estereotipos, lugares comunes y algo más lamentable: esa insistencia de mirar a la mujer como una figura predecible. Con sus radiantes modelos en mini falda y sus largas explicaciones sobre como lucir “deseable” incluso a mitad de una tarde aburrida, Cosmopolitan me pareció insultante. Sobre todo, me hirió esa visión de la mujer bidimensional, que no rebasa esa medida de lo que la cultura espera de ella. En conclusión: Cosmopolitan me molestó por obvia, por innecesaria e insustancial.

— De vez en cuando, es necesario recordar que todo matiz es válido — me insistió mi tia — que toda historia tiene dos versiones y nada se debe dar por supuesto.

— Y eso te lo enseña “Cosmopolitan” — me burlé. Mi tia asintió, con un guiño malicioso.

— Cualquier propuesta que debata la opinión general, merece ser digna de ser leída — me respondió — Cosmopolitan es una revista que surgió en una época donde ser mujer era un rol a desempeñar. Y la revista trató de brindarle las armas a esa mujer oprimida y abrumada por su rol, para que la pudiera mirarse así misma como algo más que madre, hija, esposa. Fue una pionera en su tiempo.

Miré la portada de la revista que tenía entre las manos. Una joven actriz hollywoodense sonreía a la cámara. El cabello abundante le caía en preciosos rizos sobre los hombros y todo ella tenía un aspecto radiante…e irreal. La mujer “Cosmopolitan” era falsa, barata y radiante hasta la exageración. Me pregunté como mi tia podía suponer que algo tan insustancial podía representar a nadie y así se lo dije. El concepto en general me pareció tan escandaloso que me pregunté en cuantas ocasiones la mujer es percibida de esa manera parcial, básica y secundaria. Un pensamiento inquietante que te conduce — y casi por asociación libre — a toda una serie de preguntas sobre cual es lo percepción de lo femenino en nuestra sociedad o lo que es más preocupante, cómo se asume la identidad de la mujer en medio de una cultura que insiste en mirarla como simple reflejo del género masculino.

 — Con el tiempo, vas a tropezar muchas veces con esa misma visión sobre la mujer — me dijo mi tía cuando le comenté lo anterior — la sociedad construyó una imagen sobre lo que somos y la sostiene sobre todo tipo de elementos culturales que no son tan fáciles de desdeñar a menos que comprendas su origen. Cosmopolitan es un símbolo de esa evolución a medias. Todas las mujeres que la leímos siendo muy jóvenes, nos asombramos que pudiera hablar de libertad sexual como lo hacía. Que pudiera enfrentarse al estereotipo de la mujer en la cocina. Que hablara sobre días de trabajo, sobre oportunidades laborales. Muchas de mi generación encontramos ese enfoque importante.

Recordé esa conversación por años, sobre todo a medida que crecí en un país especialmente machista y en una cultura que no ve con buenos ojos los intentos de cualquier mujer de dialogar acerca de sus derechos. Con el correr del tiempo, llegué a entender de manera mucho más profunda lo que tía había intentado decirme, pero sobre todo, el alcance de esa percepción sobre el poder de la imagen de la mujer que evoluciona y sus implicaciones. Claro está, vivo en una sociedad donde la mujer tiene pocas opciones de realización y que se hicieron mucho más restringuidas a medida que la crisis económica y política se hizo más violenta. En más de una oportunidad, me pregunté como sería para las mujeres cuya posibilidad de éxito radicaba en el trabajo doméstico o la maternidad, encontrar una revista que te animara a salir del ambiente restringuido de la casa para probar opciones. Una idea que me intrigó por toda su complejidad.

Se lo pregunté a la madre de una de mis amigas, que ronda la quinta década de vida y que también, era asidua lectora de “Cosmopolitan” y revistas semejantes. Mi amiga siempre me habló de su madre en términos un poco humorísticos, con su carácter firme y su extraño sentido del humor, pero en realidad se trata de una mujer que, a su modo y a su forma, batalló contra el machismo en Venezuela de una forma muy sutil pero firme. Cuando hablamos, me comenta de entrada que para ella, el trabajo es una forma de identidad. Lo hace con cierto desparpajo, una provocación que no sé muy bien que desea expresar. Nos encontramos en su oficina pulcra y muy pequeña, con las paredes repletas de fotografías y un cierto aire amable que casi resulta hogareño. Me cuenta que desde que era una adolescente ha trabajado porque “le obsesiona ser independiente en un país donde eso es mal visto serlo” y más de una vez, me explica que para ella, su éxito profesional es algo muy cercano a la definición de su propia personalidad. Publicista y actualmente dueña de una pequeña empresa que a pesar de las vicisitudes económicas de nuestro país avanza lo bastante bien para brindar discretas ganancias, se considera así misma una luchadora. Pero también está sola. Cuando le preguntó por qué, suelta una carcajada.

- Los machos de nuestro país no están preparados ni creo que lo estén muy pronto para una mujer que piensa por si misma, paga sus propias cuentas y hace lo que le da la gana — me dice — ¿Te parece exagerado? Pues en mi caso, lo compruebo a diario.

Es una historia que conozco hace mucho: el padre de mi amiga abandonó la familia cuando no pudo lidiar con el éxito profesional su mujer. ¿Una razón melodramática? Quizás lo sea, pero al final se trata de esa percepción casi dolorosa sobre la mujer disminuida por el estereotipo. Pero la madre de mi amiga luchó y encontró una forma de triunfar, a pesar del abandono, el rol de madre que la sociedad exige debe sostener y por si eso no fuera suficiente, la nueva mujer en una década — mediados de los ’70 — que debía lidiar contra una presión social gigantesca. Se ríe a carcajadas cuando le digo que es la tradicional “Mujer Cosmo”.

 — Toda mujer que da la pelea a la imagen que se espera de ella, toda, es una sobreviviente. Y eso soy yo también.

 — Y eso te lo enseñó “Cosmopolitan” — le pregunto entre risas.

 — Pienso que asumir que podía ser la mujer que imaginaba podía ser, fue mi primer gran triunfo. Las pérdidas que trajo consigo esa nueva comprensión de mi vida, es lo que hace que esa etapa de crecimiento sea tan importante. En mi época, el machismo era una especie de mal necesario. Aprendí a luchar contra ese machismo que nadie ve todos los días.

Lo pienso con detenimiento. La cosa parece resumirse a que su éxito profesional no parece coincidir con esa imagen tradicional que la sociedad Venezolana imagina para la mujer. Y es que sin duda, nuestra sociedad parece tener una imagen concreta sobre quién debe ser la mujer, o al menos la mujer que se considera normal: una especie de variaciones múltiples entre la abnegación, lo maternal, la amabilidad, la mujer que siempre sonríe. Pero la madre de mi amiga es contestona, intransigente, agresiva, energética. Se encoge de hombros cuando le pregunto si eso ha sido un problema insolventable en su modo de vivir

 — ¡Por supuesto! — responde — a los hombres en este país mami los educa para aspirar a una esposa que “los cuide”. Una mujer bella, simpática, inteligente claro o los que esa idiosincracia Venezolana asume como inteligente. Una mujer que lo cuidará como mamá lo hizo y será, como ella, cabeza de familia. Sea su esposa, su novia, su hija, su compañera de trabajo. La mujer está allí para cuidarle. Pura mierda. En la realidad las cosas nunca son tan sencillas y cuando lo comprueban, llega la decepción.

En su caso, esa decepción se resume a una serie de relaciones fallidas que le han demostrado que para algunos hombres Venezolanos, la mujer que triunfa profesionalmente es poco menos que una rareza, una excepción a algún tipo de regla ancestral que insiste en la mujer que no se toma así misma como individualidad demasiado en serio. Y no sólo románticas: desde enfrentamientos con clientes hasta con familiares cercanos, la madre de mi amiga ha comprobado que el machismo en Venezuela siempre ha sido parte de las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Esa cultura que interpreta a la mujer como parte de su rol biológico, la prioridad femenina debe ser esa visión borrosa del hogar futuro, los hijos que cuidará. Esa identidad maternal que parece desdibujar la real, la individualidad necesaria. ¿Es a ese prejuicio al que se ha enfrentado mi amiga durante su vida?

- No sólo me he enfrentado a esa necesidad de limitar a la mujer a ciertas aspiraciones muy concretas sino al machismo de la mujer Venezolana, que es aún más radical que el del hombre — me dice — es la mujer la que te mira con desconfianza cuando triunfas. Es la madre la que te recuerda que siendo tan “agresiva”, no podrás casarte. Que nadie te querrá “así”. Una opinión que encuentras en todas partes.

En Venezuela, el éxito y la independencia femenina aún sorprende o mejor dicho, no entra en los parámetros de lo que se considera habitual. En una somera investigación sobre el tema, encontré que el salario de la mujer Venezolana en relación a su contraparte masculino, siempre será un 30% inferior, a pesar de que ambos tengan la misma especialización y desempeñen el mismo cargo. Un panorama preocupante, si tomamos en cuenta que la mayoría de las mujeres de nuestro país son sostén de hogar y única cabeza de familia. Cuando se lo comentó a la madre de mi amiga, sacude la cabeza, desalentada.

- Antes de comenzar mi propio emprendimiento, trabajé en varias empresas donde por más que lo intentara, jamás lograba obtener los mismos beneficios que mis colegas masculinos. Una discriminación sutil que nunca acepté y que me trajo más de un problema. La igualdad es mi derecho y aunque el país no sea justo, lo lógico es que insista en la idea.

¿Y en lo emocional que tal funciona esa idea? Ella parece seria por primera vez durante nuestra conversación cuando le hago la pregunta. Los hombros rígidos, la expresión un poco decaída.

- No funciona — dice con seriedad — Durante toda mi vida, me he enfrentado a esa visión de la mujer “hombruna” debido esencialmente, a mi éxito profesional. O soy una “puta” o soy “hombruna”. O les intimida y reaccionan groseramente o quieren “sacar provecho”. Es como atravesar un terreno minado, entre los prejucios, temores y dolores de una sociedad muy niña.

De hecho, ninguna de sus relaciones ha superado el año luego de su divorcio, hace al menos tres décadas atrás. Me explica que finalmente, rozando al treintena, asumió que su vida emocional al parecer se encuentra empañada por su firme decisión de enfocar sus energías en el éxito en otros ámbitos de su vida más allá de lo emocional. De vez en cuando, su madre le recuerda que en nuestro país ser “macha” nunca será “bonito”.

- ¿Cómo puedes vivir con esa sensación que hacer lo que te gusta te condena a estar sola? — me dice — es como decidir entre dos extremos de la realidad que no te queda otro remedio que admitir son reales.

Medito sobre esa idea unas horas más tarde y me pregunto si esa grieta entre quienes somos y quienes la sociedad espera que seamos será alguna vez comprensible, o al menos justa. Pienso amargamente en lo duro de ese pensamiento.

- ¿Como te ves ahora mismo? — le pregunto. Ella medita la respuesta en silencio y mientras lo hace, miro a mi alrededor. Su oficina está llena de sus fotografías, de esa lenta evolución suya de la niña que fue, a la mujer plena que es. En varias de las imágenes, su ex esposo sonríe. Una vida ajena, muy lejos de la que vive en la actualidad.

- Me veo como una sobreviviente — dice por último — a mi misma, a la sociedad, a los parámetros de una cultura que te dice que debes hacer. Cuando lo aceptas, pierdes muchas pequeñas partes de ti misma, pero sobre todo, te provocas un tipo de dolor que solo tu misma puedes consolar. Pero asumir ese poder lleva tiempo, esfuerzo y no siempre se logra.

Un concepto muy duro de asimilar, pienso, mientras camino por la calle. Miro a las mujeres a mi alrededor: Me pregunto si todas llevamos nuestra historia a cuestas, construímos una identidad a la medida de algo tan difuso como un prejuicio. No lo sé, me digo con sinceridad, pero sin duda, hay una misma visión que une, que crea una versión sobre lo femenino mucho más real y poderoso que la cultura sugiere debe ser. Y esa identidad compartida, tan radiante como intangible, la quizás sobreviva a cualquier restricción, a cualquier estereotipo cultural. Una expresión del yo atemporal.

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