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Jueves, 21 de Junio de 2018

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La Familia y la viuda del Evangelio

La Familia y la viuda del Evangelio
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La viuda del Evangelio nos muestra, una vez más, la cara amorosa de Dios que no deja de soñar en el bienestar de los hombres...

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  • Valmore Muñoz Arteaga
  • Domingo, 22 de Noviembre de 2015 a las 6:01 a.m.

El ser de la familia cristiana no radica en el tener, radica en el dar, ese dar lo que caracteriza al cristiano, en cuanto a que Cristo, que es Dios, fue el propio ofrecimiento de su amor, un ofrecimiento total por la totalidad del amor

En el Evangelio según San Marcos nos cuentan que “en una ocasión Jesús estaba sentado frente a las alcancías del templo, mirando cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia. En esto, se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Llamando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: «Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir»” (Mc 12,41-44). Este episodio de la vida del Señor nos devuelve al primer libro de Reyes en el cual se cuenta de cuando el profeta Elías se encuentra con otra viuda a la que le pide un poco de pan. La viuda, quizás muy avergonzada, le dice que no podrá cumplir tal cosa, ya que, apenas si le alcanza para ella y para su pequeño hijo. Ante la dolorosa situación de la viuda, Elías le dice que no tema, ya que, cuando se ofrece lo que se tiene “la tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará” […] Entonces ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho y comieron él, ella y el niño. Y tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó” (1Re 17,14-16). En este mes del abrazo en familia, este recuerdo de la humilde viuda nos debe impulsar a reflexionar en más de una cosa y que no sólo sería tarea de las familias cristianas, sino de toda familia regida por los lazos del amor y de los valores. La familia es el escenario más propicio para la donación de lo que somos como personas, es decir, hombres que somos más allá de una noción, de una parte de la especie, somos una plenitud y una perfección de seres particulares. En la donación, en la entrega de lo que somos nos reafirmamos en el amor más grande de todos, pero, al mismo tiempo, nos transformamos en multiplicadores de cariño, ternura y, claro está, de vida.

Hombres y mujeres tenemos ejemplos muy claros de la potencia que se despierta en torno de aquel que es capaz de donarse por amor a los otros. En este momento recuerdo a San Maximiliano Kolbe, santo de la Iglesia Católica y que, en la crudeza de los tiempos que atravesamos, se ofrece como un modelo de fortaleza para las familias que no se rinden a pesar de todo y de muchos. Kolbe, en una demostración de desprendimiento absoluto por amor a Cristo y a los hombres, ofreció su vida con la finalidad de que una familia pudiera volverse a abrazar. Este gesto que hoy rescato para intentar sembrarlo en el corazón de la familia cristiana parece decirnos que el odio no es ni será una fuerza creativa, sólo el amor lo es. La caridad y la generosidad, expresiones sociales del amor, son fuerzas inagotables que nos ayudan a transformar dentro de nosotros la angustia mortal que activa las apetencias inutilizándonos para gozar la verdadera plenitud de la vida en la alegría y la libertad. Kolbe, encarnación sublime de una teología del corazón, nos muestra con su donación la frondosa esperanza que se encuentra sólo en el fondo del misterio de la Cruz, pues que en ella se nos revela la existencia de una vida suprema y divina, “y sólo aquella es la puerta que da acceso a la única realidad verdadera, a la única vida auténtica. La vida del mundo, sus valores y fundamentos, acaban en disgusto, desengaño, desesperación y muerte. La vida terrena se convierte al fin en hastío y toda la sabiduría humana es incapaz de producir la felicidad” (Odo Casel). Por ello, la entrega de cada miembro de la familia ha de ser total y sostenida por la alegría del Evangelio, puesto que allí está todo el sentido que le da sentido a la vida.

La viuda del Evangelio nos muestra, una vez más, la cara amorosa de Dios que no deja de soñar en el bienestar de los hombres, así queda reflejado en toda la historia bíblica, esa historia que nos habla del pecado y de la corrupción del hombre, esa historia que parece advertirnos siempre del constante fracaso del plan de Dios. Un fracaso que no detiene al Señor, por el contrario, persiste tenazmente en la búsqueda de la unidad de la familia. Insiste porque conoce muy bien el corazón de los hombres. Sabe que en él arde su amor, aunque, muchas veces, el propio mundo adormece la posibilidad de hacernos con una sensibilidad distinta, ya que nos hallamos sometidos a una avasallante racionalidad cosificadora. Sin embargo, dentro del corazón de cada miembro de la familia late la potencia trinitaria del amor de Dios, esa potencia que nos llama a imitar a aquella viuda del Evangelio que da todo lo que lo que tiene. La viuda nos habla desde su silencio doloroso y humilde de una lógica más amorosa que no es otra que la misma lógica del amor de Dios que no es sólo un don de Sí, sino un don en Sí. Dios sabe muy bien que en el diseño de toda familia está expuesta la verdad trinitaria de su amor que es una imagen siempre revolucionaria para el mundo, “a través de la cual llegamos a una nueva comprensión de lo real, de lo que son el ser humano y Dios” (J. Ratzinger). La Trinidad abre a la familia un recordatorio: ella lleva en sí misma un ritmo tripersonal que la ubica frente a dos realidades, una dentro de la otra, sin posibilidad alguna de confusión y manteniendo cada una su propia identidad, es por ello que la donación entre los miembros de la familia es algo cotidiano, ya que cada parte de la misma tiene su habitación y su sede en la otra. El Cristo abandonado –misterio de la Cruz– es, al mismo tiempo, misterio de la Trinidad que confronta a la historia. El amor vivido hasta ese límite, así como lo hizo también la viuda del Evangelio y Kolbe, se transforma en clave para que las relaciones humanas y familiares puedan modelarse según una dinámica trinitaria: hacer de nuestras familias esas dos moneditas de aquella humilde viuda.

El ser de la familia cristiana no radica en el tener, radica en el dar, puesto que es justamente ese dar lo que caracteriza al cristiano, en cuanto a que Cristo, que es Dios, fue el propio ofrecimiento de su amor, un ofrecimiento total por la totalidad del amor. Sobre la familia se tejen sombras terribles, puesto que la maldad sabe lo importante y fundamental que es ella para el plan de Dios. Por ello es sometida al duro bombardeo del consumismo, del tener por encima del ser, empujada a fragilizar sus valores comunitarios para servirlos en holocausto al individualismo brutal y asesino, pero, como dijera alguna vez San Juan XXIII: “Si Dios creó sombras es para destacar mejor la luz […] Nadie conoce los caminos del futuro, pero cualquiera de ustedes que pase la noche solo y angustiado, encontrará en mi ventana una luz encendida". Por estas razones, les digo con conocimiento a todas las familias que me leen, no tengan miedo en darse, en brindarse, en donarse, no tengan miedo de lo que el mundo les dice que no tienen y que les falta, cuando se tiene a Dios nada falta, pues sólo Él basta. No tengan miedo que “la tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará”, ya que, si el corazón de toda familia es penetrado por el amor hermoso de Cristo, los panes y los peces se multiplicarán, con Él y en Él no se vuelve a tener ni hambre ni sed nunca más (Cfr. Jn 6, 35).

Laus Deo. Pax et Bonum.

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