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Viernes, 17 de Agosto de 2018

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

La desmemoria no es una opción

La desmemoria no es una opción
- Foto: Captura video - Legado Proyecto

Hernán Jabes, Carlos Caridad Montero y Michael Labarca traducen y llevan al cine la convulsa realidad de Venezuela. Lo hacen, en principio, a través de un registro urgente para dar paso a discursos más serenos y profundos

Tardó, pero llegó. Quizás tuvo que esperar a que, al estupor causado por la criminal represión de las protestas contra el Gobierno de Nicolás Maduro, siguiera la urgente necesidad de dejar un registro de los hechos que conmocionan desde hace más de cien días a Venezuela. Es la necesidad de hacer historia. O más bien, de ayudar con testimonios audiovisuales a escribirla.


El cine venezolano –ese que existe a expensas del CNAC y los filtros en los que se han convertido sus comités de selección– finalmente se plantó ante la realidad más oscura que ha vivido este país que no termina de ser, que siempre es provisional. Y si bien las protestas antigubernamentales de los últimos tres meses han sido harto captadas y archivadas en las memorias de cámaras de video de formato casero o de teléfonos inteligentes, los profesionales del cine han decidido dar forma estructurada a esa mirada que abarca todas las perspectivas posibles.


Esos cortos documentales, esas ficciones que metaforizan lo vivido por los habitantes del país, esas crónicas visuales en las que los anónimos marchistas expresan lo que sienten y exponen sus convicciones democráticas ante un Estado de proceder dictatorial y autoritario, servirán en su momento de testimonios, de pruebas irrefutables de los hechos de violación de los derechos humanos que, por ahora, parecen no poder ser juzgados ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. Con estas piezas audiovisuales breves, y llegados los tiempos de la justicia impartida sin cortapisas, los responsables de las muertes de hombres y mujeres venezolanos, la mayoría aún muy jóvenes, tendrán que pagar por sus crímenes. No tendrán coartada alguna que los exculpe.


Así de sencillo y de fundamental es lo que están haciendo cineastas como Jorge Thielen Armand (La soledad), Rober Calzadilla (El Amparo), Hernán Jabes (Piedra, papel o tijera), Carlos Caridad Montero (Tres bellezas) y Michael Labarca (La culpa, probablemente). A los tres últimos dedicaremos las siguientes líneas toda vez que sus respectivos trabajos representan un acercamiento directo a la situación sociopolítica de una nación en la que la población civil, sin más armas que piedras, bombas caseras y escudos improvisados, se enfrenta a un aparato represivo sofisticado que, queda visto, no lo duda en extralimitarse en sus funciones de mantener el orden público al violar todos los convenios internacionales en la materia: desde el uso de bombas lacrimógenas vencidas disparadas a quemarropa, hasta la sustitución de perdigones por metras, clavos y otros objetos capaces de causar lesiones graves y hasta la muerte. Ello sin contar las detenciones arbitrarias y, peor aún, las torturas a las que son sometidos los manifestantes detenidos, secuestrados, por la GNB, la PNB o el Sebin.


Algo queda claro en todas estas situaciones de oprobio que ni siquiera han tenido un eco proactivo en la comunidad internacional, aparte de algunos inocuos llamados a las autoridades deslegitimadas por la mayoría de los ciudadanos: estamos frente a una de las más cruentas dictaduras que haya conocido la América Latina del siglo XXI, la que representa el desprestigiado Gobierno de Maduro que, además, ha logrado silenciar los medios de comunicación independientes para usar los oficiales como una aceitada maquinaria de propaganda, de mentiras, de insultos, chantajes y vilipendios.


En conciencia de ello, tanto Jabes como Caridad Montero y Labarca han recurrido a las redes sociales, y con mayor énfasis a la plataforma YouTube, para difundir el resultado de sus peligrosas inmersiones en la realidad venezolana.


Hernán Jabes, por ejemplo, se acerca a los escenarios de la violencia política como si se tratara, en esencia, de un manifestante más. Su visión es desde adentro, por ello en su documental Somos todo, somos todos, grabado en el mes de mayo de este año, hace una advertencia: “Todo lo que se habla aquí es una opinión muy personal de todo lo que acontece, y de la cual me hago totalmente responsable”. Estamos en presencia entonces de una obra que se acerca más al ensayo audiovisual que al documental propiamente dicho.


Los 12 minutos y 3 segundos de su película resumen el espíritu que inunda las marchas a las que acuden ciento de miles de personas en rechazo al régimen de Maduro. Una anciana con el rostro cubierto de lo que se supone es un antiácido para contrarrestar los efectos irritantes de las bombas lacrimógenas, golpea con una vara de metal un poste de luz. Hace ruido, llama la atención. Antes de ver su imagen, Jabes transcribe en la pantalla una de las consignas que la mujer grita: “Marchamos nosotros los vende patria Maduro”. Queda claro que el interés del cineasta no es desentrañar las dimensiones del conflicto político venezolano, sino mostrar, mostrar, al mundo un clamor desoído por el Gobierno. Es, pues, lo que lo afuera se desconoce de lo que ocurre aquí y ahora: una sociedad civil que no es como la pinta la propaganda oficial. Un registro indispensable toda vez que a través de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, la llamada Ley Resorte, los medios masivos de comunicación se autocensuran para no exponerse a sanciones.


Somos todo, somos todos puede ser vista en la página de Hernán Jabes en YouTube: https://www.youtube.com/user/hjabes.


En un tono menos opinático, pero igual de necesario, el cineasta Carlos Caridad Montero asume los postulados del realizador francés François Truffaut acerca de que el cine debe acompañar a la vida, para concebir su serie de cortometrajes titulada “Selfiementary”. Así, cualquier abstracción de la realidad venezolana resultó imposible para el director de Tres bellezas, quien decidió hacer una especie de videodiario sobre las protestas antigubernamentales que se desarrollan en el país desde el mes de abril.

La mirada de Caridad Montero es inmediatista por su apego al momento en que ocurren los hechos, busca ser omnipresente abarcando todo a través de piezas que oscilan entre los 7 y 11 minutos de duración. Ha publicado (en https://www.youtube.com/channel/UC0T4J1asQryUpc0SVv3AsEA) más de 20 entregas que dan cuenta de las diferentes actividades realizadas por quienes disienten del régimen y sus personeros: desde la ridícula (es una opinión personal) crisis del billete de cien bolívares hasta una jornada de platón (cierre de arterias viales), pasado por los actos de represión de diversas marchas contra el Gobierno.


Imágenes, testimonios breves, entrevistas a los manifestantes y un recorrido in situ en el que el cineasta se transforma en reportero ofrecen la posibilidad de que desde la distancia se pueda apreciar lo ocurrido en las calles de Caracas. Sólo falta que iniciativas como las que se mencionan en estas líneas surjan en muchas otras ciudades del interior del país, pues a diferencia de lo que ocurre en las redes sociales, estos registros no pueden ser amañados, tergiversados ni falseados con el propósito de desorientar a la opinión pública.


Finalmente, hay que nombrar el trabajo que está realizando desde Buenos Aires el cineasta Michael Labarca. El actor Édgar Ramírez utilizó esta frase a manera de presentación del proyecto Legado, que surgió de testimonios de familiares de las víctimas de la represión: “Vamos a desnaturalizar todo lo que nos violenta, narrado por #MarisaRoman para #legadoproyecto: ejercicios para preservar la memoria”.

Y es precisamente la actriz Marisa Román quien protagoniza como narradora estas obras, bien asumiendo la interpretación que la madre del violista del Sistema de Orquestas Armando Cañizales, o bien explicando a cámara qué es una bomba lacrimógena y cuáles son sus efectos más perniciosos.


Patria, en la que una joven violinista interpreta con su instrumento la canción que popularizó en vida el ex presidente Chávez; Gas, sobre las bombas lacrimógenas cuyo uso desproporcionado e incorrecto por parte de la GNB, la PNB y los grupos paramilitares organizados por el gobierno, ha transformado en armas letales, y Armando, un monólogo de 9 minutos 39 segundos que refleja a través de una puesta en escena minimalista, pero contundente el dolor de una madre que ha perdido a su hijo de 18 años en una protesta, son las piezas con las que este proyecto comienza a realizar su andadura con la intención de llevarla más allá de nuestras fronteras.

Román es en Legado Proyecto la encarnación del dolor de millones de venezolanos que por manifestarse en contra de un gobierno que ha sumido a un país rico (aunque parezca lugar común) en un deplorable estado de miseria y descomposición, han sido atacados, ignorados, burlados y, en el peor de los casos, asesinados.


Tienen razón estos cineastas: la desmemoria no es una opción. Y ya el cine se encargará de recordarnos, no con ánimos morbosos sino para ayudarnos a ser mejores ciudadanos, el horror, la infamia, de estos tiempos.


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