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Viernes, 27 de Abril de 2018

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

La batalla contra el epíteto del “sexo débil”

La batalla contra el epíteto del “sexo débil”
- Foto: Reporte1.com

La mujer venezolana debe luchar desde muy niña con esa ambivalencia social que la halaga pero a la vez la menosprecia de una manera muy sutil e insistente

En una ocasión, una buena amiga me decía que toda mujer aprende bien pronto a “soportar, callar y disimular”. No solo me aterrorizó escucharle decir semejante cosa, sino que además me desconcertó la profunda resignación con que asumía el comportamiento parecido. Cuando le dije que con toda franqueza, la idea de vivir para “complacer” me parecía temible, me dedicó una mirada lenta y casi burlona. “Eso es lo que nuestra sociedad espera que hagamos. ¿No lo sabes?”. Mi amiga es una mujer que se considera a sí misma fuerte y también una de las más inteligentes que conozco. De manera que no pude explicarme bajo ningún contexto, como podía suponer o creer algo semejante. Un pensamiento que me hizo preguntarme hasta qué punto las mujeres de mi generación aún deben luchar contra años de conservadurismo y, sobre todo, una tradición cultural que parece sostenerse sobre cierta imagen típica acerca de la identidad colectiva. Pensé lo mismo, cuando hace unos días, leí un artículo que se preguntaba en voz alta: “¿Por qué las mujeres fingen orgasmos”? . El texto, redactado en ese tono juguetón y divertido tan común en algunas publicaciones, parecía más preocupado en descubrir el motivo por el cual una mujer “engañaba” a su pareja que la circunstancia que podría provocar que no pudiera alcanzar el clímax. De hecho, en uno de los párrafos un experto analizaba el comportamiento sexual de la mujer como el de “complaciente” y que fingir el orgasmo no era otra cosa que una de las tantas maneras en que el sexo femenino puede “gratificar” a su contraparte. El concepto en general me pareció tan escandaloso que me pregunté en cuantas ocasiones la mujer es percibida de esa manera parcial, básica y secundaria. Un pensamiento inquietante que te conduce  — y casi por asociación libre —  a toda una serie de preguntas sobre cuál es la percepción de lo femenino en nuestra sociedad o lo que es más preocupante, cómo se asume la identidad de la mujer en medio de una cultura que insiste en mirarla como simple reflejo del género masculino.

Aunque pueda parecerlo, no se trata de un pensamiento extremo y radical  — aunque pueda parecerlo —  sino una reflexión sobre ese punto de vista tan común que sobre la mujer suele tenerse. Esa percepción sobre lo femenino como un elemento que debe responder a las expectativas y dolores de nuestra sociedad y cultura. Me refiero en concreto a esa percepción de lo femenino como parte de un rol cultural o lo que parece ser lo mismo, el papel biológico que cumple la mujer  — o debería cumplir —  dentro de ciertas interpretaciones sobre lo social. Ambas cosas parecen ser síntomas de que aún la individualidad de la mujer se menosprecia o al menos se cuestiona con frecuencia. Y que preocupante resulta esa idea, en una sociedad de consumo que se delimita y se concibe a través de estereotipos, que se analiza constantemente por sus rígidos esquemas de la realidad. ¿Qué debe fingir entonces la mujer para comprenderse como parte de la sociedad? ¿Qué esconde la mayoría de las veces para no transgredir ese límite invisible entre el deber ser y esa expresión de lo femenino que parece creada a la medida de una sociedad restrictiva?

Preocupada por todas estas reflexiones (y sobre todo sus implicaciones) le hice las preguntas anteriores a un grupo de mujeres, de todas las edades y profesiones. Se trata de una perspectiva preocupante, pero sobre todo una demostración de cómo los estereotipos se perpetúan a través del tiempo desde cierta consciencia de lo inevitable. Las respuestas, me demostraron que aún la identidad femenina tiene un largo trecho que recorrer para encontrar una visión mucho más profunda que el estereotipo sobre sí misma. Quizás una perspectiva que incluya no solo esa herencia histórica restringida y la mayoría de las veces limitante que heredó de la tradición, sino algo más profundo y quizás significativo: una mirada esencial a su propio lenguaje creador.Claro está, analizar el origen de esa comprensión incompleta sobre la mujer resulta en ocasiones incómoda e incluso peligrosa. Por ejemplo, para mi amiga F., profesora de historia en una reconocida universidad del país, la respuesta parece encontrarse en la forma en cómo nos concebimos más que en la manera como la sociedad nos construye, como reflejo social. La mayor parte de su vida la ha dedicado al estudio y a la investigación académica, además de a sus diversos intereses por el idioma, la antropología y sociología. Políglota, con una envidiable cultura literaria y un crítico sentido del humor, es probablemente una de las personas más intrigantes que conozco. Y también de las más solitarias: con dos divorcios a cuesta, su vida emocional ha sido una ingrata carrera de obstáculos que le ha dejado heridas emocionales perdurables. Cuando nos sentamos a conversar, sonríe socarrona.

 —¿El artículo es sobre las ineptas sentimentales? —  me pregunta. Intento sonreír también, pero no puedo. Le explico que deseo entender hasta qué punto la mujer venezolana debe luchar contra el estereotipo y cómo ese enfrentamiento constante con lo que considera “femenino” en nuestro país puede resultar limitante y hasta prejuiciado. Me escucha en silencio. Su expresión se hace dura y hasta un poco melancólica.

 —¿Qué debes ocultar y disimular en Venezuela?  — le pregunto directamente —  ¿Qué te obliga la sociedad a esconder sobre ti misma?

 —La sociedad venezolana mira a una mujer inteligente con escepticismo. De entrada, nuestro país es machista. No a los extremos de otros países del hemisferio, pero sí lo suficiente como para que la mujer deba cumplir con un decálogo concreto del deber ser para comprenderse a sí misma  — me explica —  de manera que lo primero que una mujer debe ocultar en Venezuela es a sí misma.

Nadie lo duda, la mujer venezolana debe luchar desde muy niña con esa ambivalencia social que la halaga pero a la vez la menosprecia de una manera muy sutil e insistente. La niña que debe “comportarse”, la niña “linda”, la niña que es de la “casa”. Son conceptos que parecen superponerse para crear una especie de idea tergiversada y errónea sobre la identidad de la mujer, que desborda esa visión rígida de una sociedad que se aferra a sus históricos cánones de conducta con cierta irresponsabilidad.

Mi amiga quizás sea el mejor ejemplo de esa visión limitada  — y limitante —  de la cultura venezolana sobre la mujer. La hija menor de tres hermanos, nadie apostó mucho por su temprana vocación humanista. Su madre, sobre todo, la ignoró siempre que pudo y cuando fue evidente que F. no tenía intenciones de seguir lo que se considera la vida tradicional de una mujer venezolana  — matrimonio incluido —  los enfrentamientos se hicieron inevitables. El hogar paterno se convirtió de hecho en un pequeño campo de batalla, donde se le exigía “sentar cabeza”  — en esa visión general de la mujer como parte de un rol social —  y finalmente “madurar”. Tal vez un poco abrumada por la presión, F. terminó contrayendo matrimonio con su novio adolescente durante los primeros años de la veintena, solo para divorciarse un par de años después. Para entonces, ya era licenciada en Historia y con aspiraciones docentes. Su esposo había abandonado el sueño universitario para buscar un “trabajo real”. Para F. esa visión del mundo enfrentada fue el principio de una pequeña batalla dialéctica que hizo insostenible la relación.

 — ¡Le molestaba lo que llamaba “mi estudiadera”!  — me cuenta con cierta amargura —  Me reclamaba que insistiera en dar clases en la universidad, que insistiera en continuar estudiando. La convivencia se hizo insoportable. Había una especie de enfrentamiento silente, diario. Un ataque directo a lo que consideraba mis “pretensiones”. Finalmente, cuando me fue infiel, no me sorprendió. El divorcio fue un alivio.La dura experiencia escaldó un poco a F. con respecto a lo que a lo sentimental se refiere. Me cuenta que durante los años siguientes, se volvió tímida y precavida. Tuvo unas cuentas relaciones fallidas y se enfrentó una y otra vez, al extraño prejuicio de la mujer “muy inteligente”. Me cuenta que más de una vez, el galán pareció intimidado por su capacidad intelectual y que, con frecuencia, se sintió menospreciada justo por su dedicación profesional.

 —Te sientes como si tener opiniones, pasiones y una visión del mundo propia no es lo que se espera de ti  — me comenta —  O mejor dicho, no es lo que se asume como deseable. Había siempre una extraña sensación de pisar un terreno resbaladizo en lo que a la identidad femenina se refiere. Como si ser yo misma no fuera aceptable o al menos comprensible para nuestra cultura.

Una década después de su divorcio, volvió a contraer matrimonio. En esta ocasión, el hombre era un profesor universitario con quien compartía intereses e incluso aspiraciones profesionales. Para F. fueron años de autodescubrimiento y una nueva visión de lo que una relación de pareja podía ser: compartían lecturas y tiempo juntos, y además de la necesaria química emocional y física había una enorme afinidad intelectual.

 —Fue algo totalmente distinto a mi primer matrimonio, nos complementábamos de alguna manera  — me explica —  y por supuesto eso influyó en la relación de muchas maneras. Realmente, tenía muchas esperanzas en nosotros, en un futuro juntos.

Mi amiga toma un sorbo de café. Las manos le tiemblan un poco. Aguardo, en silencio. Sé que la relación terminó también en divorcio y uno lo bastante desagradable como para que amiga tomara la decisión de incluso abandonar el país durante algunos años. Me pregunto que pudo ocurrir para que una relación que al parecer había comenzado de manera tan auspiciosa terminara en un pequeño desastre doméstico.

 —Los problemas comenzaron cuando ambos participamos en el mismo concurso de credenciales para optar por un cargo académico en la misma universidad  — me cuenta. Suspira —  No pensé que sería una competencia frontal, pero a él le pareció ofensivo que lo hiciera. Me reclamó en varias oportunidades que no tenía sentido que nos enfrentaramos en el plano laboral, pero yo no lo veía de esa manera: se trataba de que ambos veíamos nuestras respectivas carreras en la misma perspectiva y aspirábamos al mismo cargo. Por supuesto, para él no fue tan sencilla esa visión de las cosas.

El matrimonio comenzó a resquebrajarse con rapidez a partir de ese momento, crisis que solo empeoró cuando F. logró el cargo universitario, lo que, según me explica, provocó una pelea muy violenta en la pareja. Meses después, luego de un progresivo alejamiento y luego de una breve infidelidad  — otra vez, esa deslealtad emocional y física que parece simbolizar de manera muy primitiva el poder masculino —  su esposo le exigió el divorcio. Fue un proceso lento y agresivo, donde estuvieron en disputa no solo los bienes de la pareja sino hasta su identidad sexual. Su exmarido insistió en su supuesto “lesbianismo” para justificar un enfrentamiento constante que terminó por agotar física y emocionalmente a mi amiga. Me cuenta que por meses lo ocurrido la sumió en una profunda depresión y una serie de cuestionamientos sobre sí misma que la hirieron profundamente.

 —Llegué a preguntarme si la responsabilidad de todo lo ocurrido había sido mía, si había provocado la ruptura por “imponer” mi punto de vista  — sonríe con tristeza —  Me llevó años superar esa especie de “culpa” histórica, asumir que simplemente había seguido mi visión intelectual. Pero, para nuestra cultura, eso es poco menos que impensable. Poco femenino.

Me produce escalofríos lo que me cuenta, no solo por las implicaciones sino por el hecho, que F. se enfrentó probablemente a un tipo de prejuicio patriarcal que en nuestro país se considera normal. Y es que la mujer intelectual, en un país donde lo tradicional tiene un marcado corte machista, es cuando menos una anomalía. Una excepción inquietante para esa visión sobre la mujer que disminuye y menosprecia.

Cuando nos despedimos, le pregunto que aprendió de todo lo que ha vivido. Me preocupa que el constante enfrentamiento con una cultura misógina y aplastante pueda haberla herido de maneras que no puedo imaginar. Pero ella sonríe, a pesar de todo. Quizás por todo y me dedica un guiño malicioso.

 —Aprendí que pensar es el mayor acto de rebeldía en un país que te lo prohibe  — dice —  y lo seguiré haciendo siempre que pueda.

Sonrío también. Tal vez, la verdadera batalla es mucho más simbólica de lo que pienso. Un concepto muy duro de asimilar, pienso, mientras camino por la calle. Miro a las mujeres a mi alrededor: Me pregunto si todas llevamos nuestra historia a cuestas, construimos una identidad a la medida de algo tan difuso como un prejuicio. No lo sé, me digo con sinceridad, pero sin duda hay una misma visión que une, que crea una versión sobre lo femenino mucho más real y poderoso que la cultura sugiere debe ser. Y esa identidad compartida, tan radiante como intangible, la quizás sobreviva a cualquier restricción, a cualquier estereotipo cultural. Una expresión del yo atemporal.

C'est la vie

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