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Sábado, 23 de Junio de 2018

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Justicia roja

Justicia roja
Imagen tomada de stereocenterfm.com.ve -

"No estamos solos ante la ley, simplemente estamos solos", asegura Ricardo Azuaje en este artículo que analiza de forma crítica la realidad de la justicia venezolana

¿Conocen aquel relato de Kafka, “Ante la Ley”? Es uno de mis relatos preferidos; narra la historia de un hombre que acude a la justicia, pero al llegar a su puerta se topa con un vigilante imponente que le impide el paso durante años; el hombre envejece y poco antes de morir pide al guerrero que satisfaga una curiosidad: durante todos esos años nunca vio a nadie más tratar de cruzar esa puerta y querría saber la razón. El guardia se inclina sobre el moribundo y responde: “Porque esta puerta era sólo para ti, y ahora que vas a morir podré cerrarla e irme.” Kafka lo cuenta mejor, también Borges, otro admirador de esta historia.

La justicia venezolana es como ese edificio custodiado por el guerrero, al que desde hace años no tenemos acceso y que a veces parece vacío. Al contrario, cada vez hay más guardias.

La revolución no acabó con la impunidad de los homicidios, los robos de carros, los secuestros express, los asaltos a domicilio o esa nueva modalidad que es atracar edificios completos, o posadas y hoteles en temporada alta, pero ha compensado esta falencia de naranjas dulces y jueces complacientes creando una nueva gama de delitos y prohibiciones para todo público en el que la única víctima es quien supuestamente los comete.

No puedo manifestar ni realizar actos de protesta aunque éstos estén avalados por la Constitución; las manifestaciones y marchas sólo están permitidas cuando son a favor del gobierno; en caso contrario cualquier vidrio roto, policía con dolor de barriga (por haber comido caraota fría) o ataque de angustia será atribuido a la protesta, y el dirigente de oposición que más irrite al oficialismo en ese momento irá a prisión (especialmente si no tuvo nada que ver).

No puedes enviar ni medicinas ni comida a través de los servicios de correo privado, y el público ya no existe (al menos en la Gran Sabana). Tampoco puedes llevar comida o medicinas en tu equipaje, a menos que sí se pueda. Todo depende de la legislación compulsiva del estado o municipio, o distrito militar, o condado revolucionario, que estés atravesando, o del humor del sargento de la alcabala de turno, o de tu bolsillo.

No puedes acceder legalmente a divisas extranjeras, a menos que vayas a viajar (y tampoco), y hasta es delito cargar encima dinero de otro país, sobre todo si es verde y estadounidense; pero en Santa Elena los trocadores compran y venden reais y dólares a la vista del SENIAT y gozan de la protección de guardias y policías.

No se puede tuitear llamando a la insurrección o a la desobediencia civil, hay presos por eso, pero sí difamar a los dirigentes opositores usando medios públicos, bloquear el derecho al referendo revocatorio y posponer elecciones para mantener gobernadores impopulares.

También puedes ir preso si tienes hambre, 16 años, y robas 5 auyamas. O puedes ser condenado como autor intelectual de muertes que ocurrieron después de ser detenido, para poderte condenar como autor intelectual de las muertes por venir. El caso de Leopoldo López está inspirado en las paradojas temporales de Terminator.

En un país donde sólo 1 de cada 10 asesinatos es castigado, sé de una mujer que está pagando cárcel en Ciudad Bolívar por contrabandear ampollas de queratina, probablemente destinadas a peluquerías frecuentadas por juezas y abogadas de esta justicia roja, de este poder devenido en malandro, en nuestro pran de cada día.

Es cierto que el poder judicial en Venezuela nunca ha sido limpio, eficiente o justo, pero tengo la impresión de que nunca había sido tan corrupto, o se había hecho tan evidente su descomposición y absoluta arbitrariedad, desde el TSJ hasta el pequeño calabozo de lo que queda de la policía estadal en Santa Elena de Uairén, desde los despachos de las fiscalías hasta los puntos de control en las carreteras nacionales.

No estamos solos ante la ley, simplemente estamos solos.

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