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Sábado, 21 de Julio de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino

Juan Pablo II y la liturgia de los cuerpos

Juan Pablo II y la liturgia de los cuerpos
Imagen tomada de webneel.com -

El hombre, ningún hombre, tiene la libertad para separar aquello que Dios ha unido.

En nuestros cuerpos, cuando se comparten para multiplicarse en besos, caricias, ternuras y sudores, de alguna manera, también resulta una manifestación del misterio oculto de Dios

A Mariela

Sacrosanctum Concilium es una constitución que se discutió y se redactó durante el Concilio Vaticano II. En ese texto se define a la liturgia “como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, la Cabeza y sus miembros ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica por ser obra de Cristo Sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia»” (SC 7). Como podemos notar, se trata de una afirmación profundamente teológica, pero que San Juan Pablo II rescata para insertarla dentro de sus reflexiones acerca del amor humano que hemos trabajado anteriormente como teología del cuerpo. Lo primero que se me vino a la mente cuando me topé con este concepto fue, cómo no decirlo, mi esposa, pero no se trata este texto sobre ella, sino sobre el pensamiento de San Juan Pablo II. En tal sentido, me referiré a lo segundo y para ponerlo a los pies de mi esposa.

También pensé, más bien recordé unos versos del poeta español Miguel Ángel Velasco que dicen: “…Tolstoi (…) sólo sonreía/ después de nadar hondo en un brío de sábanas,/ porque tras la liturgia de los cuerpos,/ en contra del proverbio, no hay tristeza”. Tras la liturgia de los cuerpos no hay tristeza, hermoso, ¿no es cierto?, pero a qué llamamos liturgia, más allá –o más acá– de lo que afirma el Vaticano II. Cuando nos referimos a la liturgia en sentido cristiano, estamos haciendo referencia a la celebración de los sagrados misterios de nuestra redención por la Iglesia, en la que perdura viva la persona de Cristo, palpitantes los hechos salvíficos del origen, impulsa la presencia de su gracia reconciliadora y fiel la promesa, mediante los signos que Él decidió y que la comunidad realiza, regida por la palabra de los apóstoles y animada por su Santo Espíritu.

En tal sentido, en una audiencia efectuada el 4 de julio de 1984, Juan Pablo II, afirma que la pareja, es decir, el hombre y la mujer, marcando distancia de cualquier signo de lascivia, se descubren en la justa dimensión de la libertad de la entrega: donación amorosa. Femineidad y masculinidad grabadas en el verdadero sentido esponsal del cuerpo. Así, el discurso de la liturgia o, si se prefiere, el lenguaje del sacramento y del misterio, “se hacen en su vida y la convivencia lenguaje del cuerpo en toda una profundidad, sencillez y belleza hasta aquel momento desconocidas”, lo cual reviste a la vida conyugal del sagrado hálito de la liturgia. El papa mira entonces al libro del Génesis para afirmar que los cuerpos, en el marco de esta dimensión, se constituyen en sacramento principal comprendido como “signo que transmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad”. Aquí, ante nosotros, resplandeciendo con luz propia, el misterio de la verdad y el amor, misterio de la vida divina, dentro de la cual, hombre y mujer, mujer y hombre, están invitados desde siempre a participar. En el interior de ambos, vibrando gozoso en sus corazones, un eco lejano del plan original de Dios, abierto como nostalgia, como detonante maravilloso que provoca en nosotros la excitación de que nuestra sexualidad está infundida de cierta grandeza, de una nobleza ajena a la que brindan las cosas terrenas, muy a pesar de la conciencia que podamos tener de nuestro pecado, de aquella vieja herida donde brotan frecuentemente nuestras miserias y pobrezas.

Ese eco lejano, transparente, suave, pero sostenido, sentido de todo sentido, vida de toda vida, nos dice a grandes voces que en nuestros corazones persiste una verdad profunda sobre nuestra sexualidad. Una verdad que nos acaricia el espíritu diciéndonos que es cosa querida, que la sexualidad no es, en modo alguno, vergüenza histérica. Nos dice que la sexualidad es tránsito por medio del cual las personas divinas se manifiestan en el mundo visible, pues, como dice el papa Wojtyla: toda la obra de la creación ha sido realizada para revelar, entre otras cosas, el corazón de Dios. En nuestros cuerpos, cuando se comparten para multiplicarse en besos, caricias, ternuras y sudores, de alguna manera, también resulta una manifestación del misterio oculto de Dios. Varón y hembra: el hombre, cimas de la creación, se transforman en la intimidad, llevados de la mano desnudos por la transparencia sublime del amor, en el sueño de amor de Dios, y este sueño es el que continúa apareciendo en el corazón del hombre a pesar de todas las desfiguraciones del amor que el pecado de los orígenes ha traído consigo: esa vieja herida. El amor puro es el camino para retornar a la armonía originaria donde la desnudez brillaba con luz distinta. “Esta armonía, o sea, precisamente la pureza de corazón permitía al hombre y a la mujer, en el estado de la inocencia originaria, experimentar sencillamente (y de un modo que originariamente haría felices a los dos) la fuerza unitiva de sus cuerpos, que era, por decirlo así, el substrato insospechable de su unión personal o communio personarum”.

La sexualidad es radicalmente buena, ya que “vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba bien” (Gn 1,31). Esta fue una de las grandes preocupaciones de Karol Wojtyla que podemos ver desnudarse desde Amor y Responsabilidad pasando por Persona y Acción hasta llegar a su teología del cuerpo y los diversos documentos, catequesis y homilías acerca del amor humano y la familia: ayudar a que el hombre y la mujer tomaran conciencia de lo que significó originalmente la sexualidad en el plan de Dios. Entregarse por medio de ella en manos de la pureza del corazón que es, a mi juicio, el rostro más sublime de la castidad matrimonial. Celebrar el amor desde los cuerpos como una liturgia: celebración de lo divino. De alguna manera, la comunión de los cuerpos, su entrega amorosa al amoroso recibimiento del otro es un recuerdo, una nostalgia que nos llama desde la profundidad de nosotros mismos a contemplarnos en la comunidad trinitaria. Este revestimiento conceptual puede perfectamente transitar hacia la praxis cotidiana y hacerlo realidad concreta. Todo pasa, sin duda, por convencernos de la bondad primordial y esencial de la sexualidad humana, tu sexualidad y la mía, ya que, no hablamos de seres abstractos, de meras palabras dispuestas en estas líneas. Juan Pablo II habla de hombres y mujeres concretos como yo que escribo, como tú que me lees y como mi esposa en quien pienso cuando escribo estas líneas. Conciliarnos o reconciliarnos con esa bondad originaria que perfuma nuestra sexualidad es la base, el sostén, el fundamento de toda espiritualidad conyugal. Esa bondad nos acaricia por dentro, revela nuestra dimensión real y transforma nuestros corazones en centros litúrgicos de nuestra vida de esposos y esposas.

Varón y hembra, esposo y esposa, tú y yo, dos carnes unidas en una sola por un mismo ardor. Ardor, llama que no quema, pero transforma y nos vuelve unidad sustancial de cuerpo y espíritu: alma encarnada, carne espiritualizada. Comunión de la pareja que brilla plenamente en la plenitud de nuestra humanidad. Comunión que me conduce a la comprensión de que mi humanidad sólo es completa al lado de mi esposa, del mismo modo en que yo le brindo completitud a ella. Juan Pablo II nos indica que es justamente esa unión, esa comunión, entre hombre y mujer donde se revela en toda su integridad la imagen de Dios. “El hombre, escribe, se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión. Efectivamente, él es desde el principio no sólo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige al mundo, sino también y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Persona”. Comunión de los cuerpos que es celebración litúrgica de la comunión que existe en Dios desde la eternidad. Unión que no se puede separar, y cuando nos referimos a que lo que ha unido Dios no lo separa el hombre, no sólo hacemos referencia al divorcio, sino a todo agente que pretenda o busque dicha separación. El hombre, ningún hombre, tiene la libertad para separar aquello que Dios ha unido.

El día de hoy celebramos el 38 aniversario de la elección de Juan Pablo II como vicario de Cristo. Lo celebro celebrando a mi esposa quien pronto estará de cumpleaños. Celebro ambos acontecimientos fundamentales en mi vida reivindicando lo que tantas veces ultrajé con palabras vacuas: el cuerpo. El papa Wojtyla, Juan Pablo II, me ha brindado nuevos ojos para poder contemplar al cuerpo a partir de un corazón nuevo, distinto, sanado. La liturgia de los cuerpos me brinda la maravillosa posibilidad de disfrutarlo como si fuera –y de hecho lo es– poema de Dios dentro del cual me sumerjo para encontrarme como verso amable, querible, acariciable, como una nota sublime dispersa en el Cantar de los Cantares. Nuestros cuerpos contemplados desde la profundidad de la liturgia nos sumergen en la conciencia transparente de ser ambos joyas que brotaron del corazón puro del gran orfebre. La liturgia nos conduce hacia la dimensión profunda de la comunión dentro de la cual hay donación mutua de la plenitud de la verdad, del bien y de la belleza. La liturgia, nos lo recuerdan todos los documentos del magisterio, es servicio y celebración de lo divino, en tal sentido, cuando el hombre y la mujer –los esposos– se donan completamente el uno al otro en una misma carne se transforman en la humildad misma por medio de la cual Dios se manifiesta para ser celebrado. La liturgia de los cuerpos nos susurra al oído, mientras el amor brota de un cuerpo para volcarse en el otro, que la desnudez a través de la cual nos cantamos se corresponde con la sencillez y plenitud de la visión, “en la cual la comprensión del significado del cuerpo nace casi en el corazón mismo de su comunidad-comunión”. Detrás de la liturgia de los cuerpos, en contra de todo proverbio, no hubo, no hay, ni habrá tristeza.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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