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Miércoles, 22 de Noviembre de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Juan Pablo II y el lenguaje del cuerpo

Juan Pablo II y el lenguaje del cuerpo
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Lenguaje que nace del supremo silencio del amor para tejernos la mirada con sagrado aliento por medio del cual la esposa es reconocida como la hermosa entre las hermosas y el esposo como saquito de mirra que está siempre entre los pechos de su amada

A Mariela

El 16 de octubre de 1978, Karol Wojtyla, un cardenal que venía de muy lejos, fue elegido para ocupar la cátedra de San Pedro, asumiendo el nombre de Juan Pablo II y convirtiéndose en el papa número 264 de la Santa Iglesia Católica. Será un papa que traerá una nueva dinámica a la Iglesia y cuyo pontificado tuvo al hombre, su dignidad y sus derechos como temas fundamentales de su pensamiento y acción. En su visión del hombre a la luz de la Palabra divina, abordó temas de importancia suprema para la vida humana, entre ellos, la sexualidad. Ampliamente conocidas son sus catequesis sobre la Teología del Cuerpo que, de alguna manera, son una continuación de las reflexiones que volcó, siendo obispo en Polonia, en los libros Amor y Responsabilidad (1960) y Persona y Acción (1969), además de sus contribuciones al Concilio Vaticano II, cuya impronta se deja sentir en la Constitución Gaudium et Spes. En dichas catequesis, las últimas que sobre el tema del amor humano pronunció, al menos en ese ciclo, tienen como protagonista al lenguaje del cuerpo a partir de una lectura mesurada del Cantar de los Cantares que, a su vez, en muchas oportunidades, nos refieren a algunos pasajes del Génesis, en particular, los referidos a nuestros primeros padres.

El Cantar de los Cantares, atribuido a Salomón, se encuentra circunscrito en el espíritu que se pasea desnudo en los primeros capítulos del Génesis, una estela sedosa que se expresa a través del lenguaje del cuerpo que, a su vez, se transforma en signo visible de la participación del hombre y de la mujer en la Alianza de gracia y amor que Dios ofrece al hombre. El Cantar de los Cantares, afirma San Juan Pablo II, demuestra la infinita riqueza de este lenguaje, cuyo borrador se encuentra radiante en el Génesis. Lenguaje tejido a la luz de un amor más allá de todo amor. Un amor que hizo suponer a Eduardo Galeano que el origen, más bien se trataba de un hombre y una mujer que, al contemplarse despojados de vestidos y escrúpulos, pensaron que tanta belleza no podía ser más que el resultado de soñar que Dios los había soñado. Lenguaje que nace del supremo silencio del amor para tejernos la mirada con el sagrado aliento por medio del cual la esposa es reconocida como la hermosa entre las hermosas y el esposo como saquito de mirra que está siempre entre los pechos de su amada. Ella se transforma en rosa entre los espinos. Él en manzano entre los árboles del bosque. Cuerpos ofrecidos al amor por el amor mismo que despierta la leche y la miel que se amontonan debajo de la lengua, para pronunciarse, para besarse, para nombrarse, para orarse.

Juan Pablo II logra ver, por medio del lenguaje del cuerpo que se derrama en aquellos dos enamorados, la irradiación del amor que los hace moverse en círculos, movimientos y gestos que se corresponden con la moción interior de sus propios corazones. Irradiación profunda, danza amorosa que va creciendo, y por medio de ella, como escribiera nuestro poeta Juan Liscano, se huelen, se gustan, se desean, hallándose desnudos, el uno para el otro, en la libertad que los deslumbra aprendiéndose a mirar a sí mismos en el otro. Ese descubrimiento, escribirá Juan Pablo II, al que dio expresión el primer hombre ante la que había sido creada como una ayuda que le fuera similar (Cf. Gn 2,20-23). Descubrimiento misterioso del otro, a quien nos damos sin perdernos, realizando la plenitud del éxtasis, es decir, ese extraño salir de sí para encontrarnos suspirando en el suspiro del otro. Algo como lo que canta Vicente Aleixandre, poeta español, cuando afirma que la amada, la esposa, es el despertar de la conciencia de una compañía en este desierto inarmónico, sola seguridad, reposo instantáneo, reconocimiento expreso donde nos sentimos y (nos) somos, como una gran luz, la de los cuerpos desnudos, en donde se reconocen como fueron hechos desde el principio, es decir, ansia y gozo que vencen al temor, ya que “en el amor no cabe el temor, pues el amor perfecto expulsa el temor” (1 Jn. 4,18).

El Cantar de los Cantares, diálogo de la plenitud de la unión personal, que brota desde dentro, desde un centro, que ilumina y transfigura al mundo, elevándolo a la conjunción humana del amor, nos muestra cómo las palabras del esposo se entrelazan con las de la esposa para complementarse recíprocamente, como si de sus piernas desnudas se tratara por medio de las cuales, bajo las sábanas del lecho, se expresas su fascinación. “La palabras del amor, escribe Juan Pablo II, pronunciadas por ambos, se concentran, por tanto, sobre el «cuerpo», no sólo porque éste constituye por sí mismo la fuente de la recíproca fascinación, sino también y sobre todo porque sobre él se detiene directa e inmediatamente esa atracción hacia la otra persona, hacia el otro «yo» -femenino o masculino- que en el impulso interior del corazón engendra amor”. Atracción por la otra persona como totalidad, y no como reducto donde abrevar individualidades o reducto espiritual incorpóreo. Este amor que declara el Cantar de los Cantares es uno que cree en el cuerpo, contempla extasiado el cuerpo para cantarle y desearle. Amor que muestra el ombligo de ella como copa redonda donde no falta el buen vino. Amor que muestra al esposo como venado pequeño apacentado entre los montes escarpados de ella. Y es que este amor es capaz de desencadenar una particular experiencia de la belleza por medio de la cual, el lenguaje del cuerpo, busca apoyo y confirmación en todo el mundo visible.

Curiosamente, Juan Pablo II logra ubicarse dentro de la experiencia del lenguaje, deambula asombrado entre las palabras que estos esposos se procuran para comprender que, pese a esa búsqueda de la experiencia de la belleza por medio de las cosas del mundo visible, siempre resultarán insuficientes, pues, con qué cosa puede él comparar la hermosura de ella, con qué cosa puede comparar la hermosura de él, si esa hermosura es sin mancha. Por ello, afirma Juan Pablo II, deciden abandonar toda metáfora para volverse a la única posible que brota del lenguaje del cuerpo, pues sólo él es capaz de expresar lo propio de la feminidad, de la masculinidad, la totalidad de la persona. Lenguaje del cuerpo, lenguaje singular que es engendrado en el corazón. Corazón que late y brinda la posibilidad de contemplar en el corazón de la sabrosa desnudez al hermano, a la hermana. No se llaman con el nombre propio, sino que apelan a expresiones que dicen más, mucho más, de eso se trata el lenguaje del cuerpo. Cada palabra es un intento de abrazar el entero «yo» del otro, alma y cuerpo, con una ternura desinteresada. Paz del encuentro en la humanidad como imagen de Dios, encuentro por medio de un don recíproco y desinteresado. Lenguaje del cuerpo que, además, releído en la verdad va de común acuerdo con el descubrimiento de la inviolabilidad interior de la persona. Paz del intercambio, de la dialéctica entre ellos, como lo describe Octavio Paz, constante ir y venir, tránsito, un tránsito que es tan sólo un simple ir hacia el otro. Lenguaje promovido por el amor de Dios para nuestra promoción y que, en su límite, nos descubre el amor sin límite, sin sombra ni recuerdo de temor, la plenitud de amar a Dios, a todo en Él y al otro como imagen de Él.

La verdad del amor, proclamada por el Cantar de los Cantares, reflexiona Juan Pablo II, no puede ser separada del lenguaje del cuerpo. “La verdad del amor hace que el mismo lenguaje del cuerpo sea releído en la verdad. Esta es también la verdad del progresivo acercarse de los esposos que crece a través del amor: y esa cercanía significa también la iniciación al misterio de la persona, pero sin que esto implique su violación”. La verdad de la gradual proximidad de los esposos a través del amor se desenvuelve en la dimensión subjetiva del corazón, del afecto y del sentimiento, que permite descubrir en sí al otro como don y, en cierto sentido, gustarlo en sí. Ese amor los hace una sola carne sentiente, palpitante, órbita que mira a la eternidad, un solo canto ceremonial, oración que no termina y se hunde en sí misma hasta expandirse por el universo hasta derramarse de nuevo en ellos mismos y en todos los demás, una sola carne que se promueve, se multiplica y sigue creciendo, amor que los une y que es de naturaleza espiritual y sensual al mismo tiempo. Por ello, cada caricia es éxtasis del amor que reverbera en un instante que es eterno, eterna propagación del amor, para verterse sin término en el puro corazón del otro que también se entrega y no deja nada para sí como Cristo en la cruz. “El hombre y la mujer deben constituir en común ese signo del recíproco don de sí, que pone el sello sobre toda la vida”, escribe Juan Pablo II.

En la dinámica del amor que se desgaja del lenguaje del cuerpo se revela indirectamente la casi imposibilidad de apropiarse y posesionarse de la persona por parte de la otra. La persona es alguien que supera todos los grados de apropiación y de dominio, de posesión y de satisfacción del deseo que surgen del mismo lenguaje del cuerpo. “Si el esposo y la esposa releen este lenguaje en la plena verdad de la persona y del amor, llegan siempre a una convicción cada vez más profunda de que la gran amplitud de su pertenencia constituye ese don recíproco en el que el amor se revela fuerte como la muerte, es decir, llega hasta los últimos límites del lenguaje del cuerpo, para superarlos”. Y es que, a la luz del amor que borbotea del lenguaje del cuerpo, comienza a arder en la carne y el alma de los esposos la verdad que proclamara San Pablo que sostiene que el amor es paciente, servicial, no es envidioso y no se irrita; no lleva cuentas del mal recibido, no se alegra de la injusticia, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta y se complace en la verdad de contemplar al otro como persona con derecho a alcanzar su propio horizonte compartiendo el mismo horizonte y que, como sabemos desde el principio de los tiempos, están convocados a la comunión.

Lauis Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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