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Lunes, 25 de Septiembre de 2017

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

¡Insolentes!

¡Insolentes!
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Luego del encargo que le hiciera el fallecido expresidente Chávez, Román Chalbaud estrena “La planta insolente”, filme que se propone la peligrosa tarea de desvirtuar los hechos de la historia para servir a una ideología

Desde una perspectiva positivista, esbozada en sus ensayos por Pierre Sorlin, catedrático de sociología del cine y medios audiovisuales en Bolonia, Oxford, Nueva York y París, el cine como fuente de recreación y divulgación de la historia es un vehículo privilegiado de las representaciones de la realidad y del pasado de cada sociedad.

Lo anterior podría ser absolutamente cierto si el arte de las imágenes en movimiento se usara con la mesura y consciencia ética que entraña el querer mostrar, por igual, los pesos y contrapesos de la historia; enseñarla a cabalidad y sin el filtro discursivo del fortalecimiento de visiones históricas destinadas a imponer una lectura que favorezca determinada corriente política. La objetividad no existe, de acuerdo, pero aprovecharse de su ausencia es, cuanto menos, una actitud cruel y cínica.

El mismo Sorlin aseguraba que “es completamente inútil intentar utilizar una película de ficción para enseñar historia”. Y el sociólogo citaba el filme de Andrzej Wajda Danton (1982) para ejemplificar la delgada línea que separa la pedagogía histórica del panfleto. Comentaba Sorlin que la película en cuestión, sobre la Revolución Francesa, era mucho más precisa porque se basaba en documentos de época, pero se preguntaba: “¿Qué dice esta película? Dice que Danton era un hombre solitario y fue incapaz de enfrentarse a Robespierre, un hombre mucho más fuerte. Se trata de una interpretación personal que no voy a discutir. Si se utiliza la película para eso, es mucho más rentable utilizar dos palabras para explicar quién fue Danton. Si esa es tu opinión sobre el conflicto entre Danton y Robespierre, no veo el interés de utilizar una película únicamente para ese resultado tan limitado”.

Algo parecido ocurre con la más reciente película de Román Chalbaud, La planta insolente, que a una semana de su estreno no ha logrado tener un desempeño honorable en taquilla. Como quiera que sea, el filme, escrito por Luis Britto García, recrea los años que van de 1899 a 1908, en los que el entonces presidente Cipriano Castro se enfrentó a un bloqueo de las costas del país por buques ingleses, italianos y alemanes.

Más allá de sus logros escenográficos, de vestuario y fotografía, la cinta producida por la Villa del Cine fue un encargo del fallecido expresidente Hugo Chávez, siempre empeñado en torcer la historia nacional a favor de su fallido proyecto político-ideológico. Y Chalbaud, que al parecer olvidó que su gran obra, la más trascendente y comprometida, la hizo durante la mal llamada Cuarta República, se ciñe al gusto de su empleador para, parafraseando a Sorlin, dedicar el metraje de La planta insolente a machacar hasta el aburrimiento una simple idea: la del supuesto nacionalismo antiimperialista del caudillo que, por su propensión a querer parecerse a Napoleón Bonaparte, fue conocido como “El Cabito”, aspecto este que, por supuesto, ni el guion de Britto García ni la puesta en escena de Chalbaud se atreven a considerar.

No me detengo a detallar las actuaciones porque todas ellas resultan artificiales, acartonadas y con una impostura como sacada de los viejos libros de textos escolares.

Ante la evidencia de la incómoda función de un filme del que provoca pararse mucho antes de que termine, queda una sola certeza: La planta insolente no fue concebida para enseñar la historia, sino para que el sistema de medios oficiales contara con una nueva excusa para “armarse” una guerra que no existe con estados imperialistas; bueno, con Estados Unidos concretamente, país al que innumerables personeros del actual régimen corren para posar sobre él sus “plantas insolentes”, con dineros de dudosa procedencia.

Y perdónese el tono político de lo escrito, pero es ineludible una reacción de tal tenor ante una pieza de creación que exuda, salvando las distancias estéticas, los mecanismos adoctrinadores de una Leni Riefenstahl; recordemos, la cineasta del Tercer Reich.

Con lo precaria que se ha vuelto la vida en Venezuela –sin alimentos ni medicinas, sin derecho a disentir–, no vale la pena pagar un boleto de cine para exponerse a este producto que, ¡hay que decirlo!, resulta altamente pernicioso. Peligroso. Nada más…

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