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Jueves, 24 de Agosto de 2017

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La duda melódica

Horroris causa

Horroris causa
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Habrá quienes toda su vida se negaron a seguir estudiando e investigar y en su poco productiva labor de activos o retirados esperan ansiosos la generosa pluma rectoral que les firme sin pausa su Honoris...

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  • Luis Barrera Linares
  • Domingo, 19 de Julio de 2015 a las 5:33 a.m.

Sobre esa especie de fiebre contemporánea de otorgar doctorados Honoris Causa

El consumado bromista y recordado escritor venezolano Oswaldo Trejo (1924-1996) solía chancear diciendo que, llegada la persona a eso que podría denominarse la cuarta edad, los homenajes resultan, sin duda, un estímulo, pero también un anuncio de otros aconteceres. Hay que cuidarse de ellos —decía sonriendo— porque a su vera suele asomarse de manera invisible la Parca. No hay que buscarlos, pero tampoco rechazarlos, argumentaba al respecto el inolvidable maestro y amigo don Oscar Sambrano Urdaneta (1929-2011).

Se homenajea a una persona porque ha acumulado méritos que la hacen acreedora del reconocimiento. La iniciativa puede partir de un grupo familiar (a un abuelo muy provecto y responsable o a una madre dedicada, por ejemplo), de una comunidad profesional (a alguien destacado por su trabajo), de una institución (a miembros que lo ameriten) y un largo etcétera.

Las alabanzas y loas que por cualquier motivo no hemos recibido durante los años productivos, si es que algo produjimos, parecen más requeridas en lo que mi tía Eloína llama la “septalescencia”. Un curioso y senil duende —arguye mi parienta—nos hace creer que después de determinada edad las merecemos todas. No le falta razón, aunque también hay que decir que a veces es un rasgo más de la personalidad que de los años que carguemos a cuestas. Todos hemos conocido personas avanzadas y no tan avanzadas en lustros que se han convertido en auténticos “cazalauros”. Apenas escuchan la palabra homenaje se les alborotan las hormonas de la vanidad. Nunca olvidaré a un conocido folclorista que hace años se dedicó él mismo a recoger firmas para autoproponerse como candidato al Premio Nacional de Cultura Popular. No se lo dieron ni se lo han dado todavía, pero su intento hizo el pobrecito. Tampoco escasean los que viven inventando celebraciones de esta naturaleza para otros, por lo general, recurrentes anotadores de cuándo se cumplirán los cien o doscientos años de fulano o zutana.

Las loas hay que agradecerlas, es verdad. No dudar de ellas cuando realmente son fruto de la sinceridad, de la espontánea reacción de quienes las promueven y por algún motivo te quieren bien. Sin embargo, desde hace tiempo se ha venido observando una tendencia latinoamericana a convertirlas en un recurso político o publicitario. Se las otorgan a veces a conmilitones que por cualquier motivo andan de capa caída, a compañeros de partido o de facción cuya figura pública parece necesario reforzar. O, incluso, a quienes, ejerciendo alguna pasajera actividad literaria o de otra naturaleza, se les notan demasiado ciertos vacíos en lo que pudo haber sido y no fue su trayectoria escolar. No obstante, si algo desvirtúa evidentemente un halago es que el mismo provenga de la lástima.

Pero la “elogiofilia” ha proliferado no solo en el ámbito político o público sino también en el universitario. Ciertas instituciones parecieran haber perdido la brújula al convertir el “homenajeo” en himeneo. Verbigracia, algunas no cesan de repartir como arroz los llamados doctorados Honoris Causa. Y, claro, la distribución indiscriminada y a veces poco reflexiva podría desvirtuar lo que en otro momento sería visto como un auténtico gesto de recompensa a una labor. Habrá quienes toda su vida se negaron a seguir estudiando e investigar y en su poco productiva labor de activos o retirados esperan ansiosos la generosa pluma rectoral que les firme sin pausa su Honoris. Existen también quienes murmullan que los detestan pero en su fuero interno se enorgullecen de acumularlos en su hoja de vida profesional cuales barajitas de béisbol. Hacen lo que sea para obtenerlos. En fin, hay de todo en esta viña del señor que son los halagos académicos.

Es una especie de fiebre contemporánea que ha invadido diversos espacios. Independientemente de la categoría de tales lauros, se cotillea de algunos que incluso se pelean entre ellos por tomar la delantera en sobar el hombro a alguna personalidad relevante del mundo literario, económico o político. Convierten aquello en una silvestre y nada reconfortante competencia que puede mutar la gracia en morisqueta. Horroris causan con tan evidente y ocasional chupamedismo.

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