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Sábado, 18 de Agosto de 2018

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Homenaje desde la intemperie (lectura y declamación)

Homenaje desde la intemperie (lectura y declamación)
- Foto: Libreriasonica.com

Este semana nuestro articulista Ricardo Azuaje nos ofrece un homenaje al poeta Rafael Cadenas en el que recuerda su último (des)encuentro, además de dedicarle un poema

Escribir un poema es fácil, si existe un motivo

Italo Pizzolante

(y no Vicente Fernández, como parece creer mucha gente)


Seamos honestos, sabiendo de antemano que nada bueno debe seguir después de decir seamos honestos: si hubiera sido un narrador de su talla le hubieran dado el Cervantes, pero no, le dan un premio que antes recibió Les Luthiers, que no es una persona sino un grupo de músicos comediantes. A Cadenas se lo habrían dado porque lo vieron acompañado de un grupo de supuestos heterónimos que ni siquiera eran de él, era la familia Calzadilla.

Entretanto es probable que ya varios grupos musicales estén organizando una protesta, o lo consideren una represalia legítima –como ha afirmado sir Elton John (comunicación personal)– por lo de Dylan y el Nobel de Literatura. Hablando de eso un poco demasiado tarde, es como si le hubieran dado el Nobel de Química a un chef: todos los argumentos usados a favor de Bob hubieran servido para defender “la exuberante obra culinaria de Sumito Estévez, o de Armando Scannone”.

Es posible que esto no le haga gracia a Cadenas, lo de Les Luthiers. No sé si algo le hace gracia a este hombre, pero sí que parte de su obra, la que escribió antes de Amante, me acompañó desde fines de los setenta –otra lectura a la que llegué gracias a Balza– hasta bien entrados los noventa. Puedo ubicar las lecturas y relecturas de Cuadernos del destierro, Falsas maniobras y “Derrota”, un solo volumen, e Intemperie (en otra nota hablé sobre el impacto que causó en mí este libro y especialmente uno de sus poemas, que es casi mi himno personal, o leit motiv); Realidad y literatura, Dichos y En torno al lenguaje los asocio con mi primera estancia en la Gran Sabana, en San Ignacio, donde también realicé una intervención, o medié en una intervención del poema “Derrota” que quizás algunos lectores recuerden, y que titulamos “Plagio”, dado que, como su nombre apunta, hubiera podido costarme una demanda, de haber estado casado el vate con Yoko Ono, perdón, con María Kodama. De haber estado casado con Yoko Ono hubiera sido músico y no sería tan raro que le estén dando un premio que ya recibió Bono y en el que estuvo nominada Shakira. En cambio con María Kodama sería ciego, pero también narrador, además de poeta y ensayista, y se habría ganado el Cervantes.

Estoy bromeando, lo saben, ¿verdad? Es obvio que yo no puedo comunicarme con Elton John, en primer lugar porque no hablo inglés, en segundo, porque metió una caución y por último, no responde mis mensajes porque quizás no hable español. Maite dice que usualmente yo asumo que los demás entienden lo que estoy haciendo y por eso terminan ofreciéndome un par de coñazos, o con amenazas vagas (los barrabravas de Shakira son de temer, y cuando está de gira por Brasil, de Temer).

Todos están moviendo la cadera rítmicamente hacia la derecha, ¿verdad? Odaliscas.

En los noventa debo haberlo visto al menos una vez en las oficinas de Monte Ávila en La Castellana, a propósito de la edición de la antología en la colección Altazor, pero el recuerdo más significativo que conservo de un encuentro con el poeta fue en un auditorio de la Universidad Católica Andrés Bello. Los estudiantes de la Escuela de Letras de la UCAB organizaron una serie de charlas en la que tres escritores por vez iban a leer fragmentos de sus escritores preferidos. Vi el programa y creo que conocía a los otros dos ponentes, pero ese día hubo un cambio y me tocó con Cadenas. La cosa fue un poco incómoda porque entre mis fragmentos –textos de Sterne, de Fielding, de Cortázar y Renato Rodríguez, entre otros– había poemas de Cadenas y citas de sus ensayos y fragmentos. Ahora que lo pienso, es casi seguro que los estudiantes hayan hecho el cambio con premeditación y alevosía y ahora es que me estoy dando cuenta.

Hicimos juntos el viaje en taxi desde Antímano hasta Chacaíto, y en todo el viaje, por lo menos una hora, no intercambiamos más de un par de frases, embargado por la timidez, yo, y el poeta sumergido en un silencio incómodo, tal vez molesto por mi “intervención” no autorizada. No recuerdo con certeza si llegué a comentarle algo sobre “Derrota”, aunque estoy casi seguro de que sí, pero ahora no puedo recordar su reacción.

Así fue mi último encuentro con el poeta ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, al que quisiera dedicar el poema que sigue a estas líneas, todavía bajo la sombra de “Derrota” y de recuerdos que han estado aflorando en estos días, en buena parte porque he estado lanzando cartuchos de dinamita en ese pozo de la memoria. Y es aquí donde engolo la voz y digo:


Cuando no éramos felices y lo sabíamos (pero se nos olvidó)

En los noventa escribíamos, bebíamos y cogíamos

(algunos fornicaban, pero esos terminaron como evangélicos o santeros al servicio de la revolución)

Publicábamos poco, dábamos charlas y entrevistas, talleres, seminarios, coloquios

Asistíamos a bienales, congresos, seminarios, ferias y encuentros

Donde fumábamos, disentíamos, bebíamos y tirábamos

(los que hacían el amor terminaron como poetas de embajada)

De vez en cuando alguno publicaba un libro o se ganaba el Concurso de Cuentos de El Nacional, o el del Ateneo de Calabozo, o la Bienal Elías David Curiel, o la Ramos Sucre, o el Premio Fundarte

Y venía un extranjero y otra vez se llevaba el Rómulo Gallegos (porque Uslar no cuenta), pero no el Fernando Paz Castillo, porque la prosa desvaría, pero ¡tenemos poetas!

En otros ámbitos Chávez conspiraba, fracasando dos veces el mismo año, el año de la Resistencia Indígena, que entonces se llamaba del Encuentro Entre Dos Mundos, aunque es probable que el segundo no fuera de los suyos, generales oportunistas, pero ese es otro poema, de épica tristeza

No escribimos los libros que se esperaban de nosotros (y aquí debería hablar en primera persona), publicamos libros, pero no escribimos los libros, que esperábamos de nosotros

Perdiendo el tiempo mientras discutíamos, bebíamos y singábamos

(porque solo el deseo salva tanto tiempo perdido)

Tampoco hicimos por el país lo que se esperaba de nosotros y contribuimos por acción u omisión al empujón al abismo

Y ahora observamos la caída desde afuera, incluso estando adentro

Claro, también están los ingenieros, los médicos, los militares, los políticos, los periodistas, los sindicalistas, los embaucadores, los pescadores, los herpetólogos

(yo sé de alguien que proviene de un pueblo de grandes comedores de serpientes, pero no somos sapos, y no diremos nada)

Los abogados, los conductores de metrobús, los taxistas y camioneteros, las peluqueras, los gestores y los vendedores de perros calientes

Pero que ellos escriban sus propios poemas de mea culpa (o mea cuba, como abjuró Cabrera Infante)

Porque mientras asesinaban a más de cuatro mil personas al año (es verdad, ahora son más) y destrozaban nuestra economía doméstica, y vivíamos con las garantías suspendidas sin darnos cuenta, o al menos sin quejarnos

Nosotros viajábamos, leíamos, bebíamos y follábamos (si la cosa era en España)

(los que decían tener sexo ahora son pediatras u oncólogos viendo morir a niños de doce años con leucemia porque no hay para la quimio, ni inmunosupresores para el trasplante)

Sí, no todo era tan malo y hubo buenos momentos, decisiones acertadas, descentralización, excursiones, raptos de felicidad. Y cuando eres joven no importa que en torno a tanta alegría dancen niños de la calle alucinando con la pega de zapatero.

Pero llegó el Comandante y mandó a parar: ahora todos somos niños de las calles, oliendo pega o bebiendo fernet con coca, que viene a ser lo mismo.

Tal vez aquí deba renunciar al plural y decir que esto solo se trata de mí, y de unos pocos más que quizás quiera salpicar, por joder

No soy la voz de mi generación, tal vez sí la voz de una degeneración, debería acotar

(y los que querían acotarse con ella tal vez estaban un poco bebidos, y la lengua les trastabillaba)

De algunos que todavía nos encontramos en Facebook o nos cruzamos en una rambla, una avenue, una rua, y entonces nos abrazamos, discutimos y garchamos (si la cosa es en Argentina), pero ya no tanto

Y recordamos los noventa, cuando no éramos felices y lo sabíamos,

pero se nos olvidó

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