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Jueves, 16 de Agosto de 2018

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Opinión

Gol a favor, gol en contra

Hockey sobre hielo… ¿y el fútbol?

Hockey sobre hielo… ¿y el fútbol?
- Imagen tomada de http://4.bp.blogspot.com/

En Rusia, los quereres deportivos se esparcen en un país en el que cuesta decidir cuál es el preferido. La Copa Confederaciones ha sido una decepción para la FIFA, que quedó a la espera de muchedumbres que prefirieron quedarse en casa

La antigua estructura deportiva de la Unión Soviética dejó en Rusia demasiadas maneras de ser afecto a los juegos y competencias de estadios, canchas y gimnasios. Y por ser un inmenso país de estaciones marcadas, los deportes de invierno han tenido preferencias en el gusto popular. El hockey sobre hielo ha sido siempre el predilecto. Con medallas de oro a granel en los Juegos Olímpicos, y con el orgullo nacional deslizándose en aquellos patines mágicos, no ha podido ser desplazado, ni siquiera por el fútbol. Lo acabamos de comprobar en la Copa de las Confederaciones, en la que públicos fríos y un tanto indiferentes le pararon poca atención a un torneo que antecede al Mundial 2018. En otros lugares no sucede lo mismo. En otros países el fútbol chupa toda la atención y no hay deporte que se le acerque. En la Federación Rusa es diferente; el baloncesto, el voleibol, el ajedrez y toda una gama de colores deportivos atacan por los costados y la retaguardia, por tierra y por mar, y reparten equitativamente la afición de la gente.

La FIFA tiene que estar muy preocupada. Su empeño por hacer del fútbol una actividad preferente en las sociedades se ha dado en la Confederaciones un golpe en el rostro, un martillazo en un dedo. Además, se ha implementado por vez primera de manera obligatoria el llamado VAR, ese fastidioso método computarizado que le ha quitado majestad al juez. Un gol que fue, un gol que no fue, una tarjeta amarilla que se convierte en roja para después volver a cambiar de tonalidad., que lío. Se ha enfriado el fuego de los partidos con estas detenciones, y ha hecho rabiar a los puristas del fútbol: el árbitro es parte de la gloria y la miseria, de la insustituible tragedia humana, y será por eso que se parece tanto a la vida de todos los días.

Los tiempos que corren han hecho posible la simbiosis entre deporte y espectáculo (muy a pesar de Mario Vargas Llosa). Jugadores de beisbol se casan con aristas de telenovelas, futbolistas que se empatan con modelos, Alex Rodríguez de manos tomadas con Jennifer López, Gerard Piqué viviendo en la casa que junto a Shakira compró en Barcelona. Decimos esto porque la semana pasada los periodistas del corazón estuvieron de fiesta: Lionel Messi anunció su matrimonio en Buenos Aires con Antonella Ruccuzzo, su novia de siempre, y Neymar rompió su compromiso con Bruna Marquezine, su girlfriend desde los días de adolescencia. Ha cambiado el mundo y con él los humanos: el estar pendiente de este tipo de noticias sensacionalistas es parte del cauce por el que anda el mundo actual, angustiado por tantas cosas. La gente consigue salidas, paraísos artificiales en esas uniones estridentes, así después tenga que volver a encaramarse en el tío vivo de su urgente cotidianidad.

¿Quién fue el primero en romper con el prejuicio? Tal vez sería Joe DiMaggio, cuando en el corazón del pelotero de los Yanquis de Nueva York floreció el amor por Marylin Monroe. Por estos lados también ha habido quereres y escándalos: Bob Abreu se apasionó por Alicia Machado, y Kelvin Escobar se enamoró perdidamente de Diosa Canales. Ya no es solo acabar con viejas creencias que hablaban de los atletas que solo vivían en su mundo de fantasía: por estos días, rotas las cadenas, abiertas las jaulas de la opresión, ellas y ellos se abrazan y se exilian en comarcas idílicas y públicas, millonarias y pasajeras: “Los fugaces amores eternos”, como diría el poeta Serrat. Nos vemos por ahí.

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