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Viernes, 24 de Noviembre de 2017

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Historia de nuestro Waraira Repano

Historia de nuestro Waraira Repano
Foto: David Southall -

Todo el sistema de tuberías que vemos en los senderos del Ávila, al igual que los tanques, fueron colocados para tener puntos de acceso a agua en los lugares de mayor riesgo de incendios...

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  • Provita
  • Lunes, 20 de Julio de 2015 a las 8:59 a.m.

De cómo El Ávila pasó de ser una sabana a una montaña reforestada y del riesgo que corre de volver a sabanizarse

Mariana Cover.- Muchas veces, cuando asistimos a charlas sobre temas ambientales en Venezuela, pasamos por una serie de sentimientos tan distintos entre ellos que puede ser abrumadores. Siempre empiezan por hablarnos del problema, el cual nos preocupa. Luego nos explican ingeniosas soluciones, las cuales funcionaron, y nos llenamos de orgullo y alegría por el hecho de que esas excelentes y creativas iniciativas hayan sido concebidas en nuestro país y hasta muchas veces imitadas por otros. Por último vuelven a darnos una mala noticia, ya que es muy común y lamentable que todas las ideas y trabajo invertido pasan a ser perdidos, la mayor parte de las veces por falta de continuidad y mantenimiento de estas buenas ideas, intenciones y esfuerzos. En ese momento, sentimos una amarga combinación de tristeza y frustración.

Esta serie de sentimientos, exactamente en este orden, son los que sentí cuando asistí a una charla sobre la arborización del Parque Nacional El Ávila en el Ifedec el pasado mes de junio. En esta charla aprendí muchas cosas sobre la montaña que decora nuestra ciudad y sobre los héroes anónimos a quienes les debemos su verdor.

A finales de los años 50, El Ávila era una montaña muy distinta a la que hoy en día conocemos. En ese momento era más parecida a una sabana, donde el marrón era el color predominante; incluso ya había planes de urbanización, desde inmensas casas hasta hoteles, los cuales no se llevaron a cabo gracias a que fue declarado Parque Nacional en 1958. Hoy en día, en cambio, cuenta con una gran variedad de ecosistemas, que van desde bosques deciduos hasta subpáramos, pasando por bosques nublados; riqueza vegetal que le debemos al trabajo de hormiguita de unos pocos.

Para lograr esto no fue suficiente hacer campañas de reforestación. Fue necesario un trabajo a largo plazo, que empezó en el 58 y terminó, sin deber terminar, en los 70. Fue un trabajo de ingeniería ambiental, a cargo de José Rafael García, en el que el trabajo en equipo, la formación y preparación de guardaparques (como Sabas Nieves, a quien le debemos el nombre de una de las subidas más populares de El Ávila) y voluntarios, al igual que un estudio sobre cómo recuperar la flora, fueron necesarios. Como dice uno de los protagonistas de la arborización de El Ávila: “Reforestar no es solo sembrar árboles. Es muy distinto reforestar una llanura que reforestar una montaña. Sembrar samanes o apamates para reforestar es perder el tiempo y el dinero”. Mario Gabaldón, profesor en la facultad de Arquitectura de la UCV y quien fuera director de parques nacionales entre 1989 y 1995.

Entonces, ¿cómo llegamos de sabana a la variedad de ecosistemas que presenta El Ávila hoy? Empecemos por la manera de reforestar. La pendiente es un problema, por lo que todo El Ávila fue terraceado; también se le hicieron zanjas para que el agua penetrara en el subsuelo y no deslizara tanto. Si solo se siembra en la pendiente, las lluvias se llevan todo por delante, por lo que un gran esfuerzo termina siendo trabajo y tiempo perdido.

Posteriormente, es necesario sembrar especies pioneras, que sean de rápido crecimiento. De esta manera, la gramínea deja de tener acceso a la cantidad de luz solar que necesita para vivir, lo que permite que puedan crecer otras especies de crecimiento mucho más lento. Por esta razón, sembrar samanes y apamates no es lo idóneo cuando queremos reforestar. Además de esto, era necesario tener un plan de control de incendios para evitar que todo este trabajo de reforestación se perdiera. Todo el sistema de tuberías que vemos en los senderos del Ávila, al igual que los tanques, fueron colocados para tener puntos de acceso a agua en los lugares de mayor riesgo de incendios, y así poder controlarlos a tiempo.

Lamentablemente, cuando llegamos a los 90, todo este trabajo y esfuerzo se perdió. Se dejó de hacer mantenimiento a los puntos de control de incendios, por lo que muchas zonas reforestadas ya parecen sabanas gracias a incendios que no han sido controlados a tiempo, por ejemplo, el Estribo de Duarte. Evitar y controlar los incendios en El Ávila es posible, gran parte del trabajo ya está hecho, ahora sólo debemos recuperar ese esfuerzo invertido y evitar volver a tener una sabana en donde hoy hay un riqueza vegetal que vale la pena conservar.

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