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Domingo, 21 de Octubre de 2018

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Estás "igualito-a"

Estás
Imagen tomada de https://www.clarin.com -

Si alguien le comenta que usted esta "igualito" después de varias décadas de "kilometraje", tómeselo como un emotivo y generoso cumplido

A mis compañeros de la promoción 1970 del liceo Andrés Bello

No deben ser pocas las personas que han pasado por la experiencia de conseguirse con un amigo o pariente al que, por cualquier circunstancia, dejaron de ver hacer muchos años. Imagine usted la escena: acude a una reunión cualquiera y, entre los otros concurrentes, percibe una sonrisa, un gesto, una actitud o una voz que le llama la atención, sin que de entrada descubra el motivo. Una curiosa espinita comienza a punzar sus neuronas hasta que da con la razón de la inquietud que aquello le ha causado. Se trata de alguien con quien compartió actividades en el pasado y a quien no ha visto desde hace bastante tiempo. Con la reserva propia de tales situaciones, se acerca, aborda a la persona, le dice quién es usted. La expresión de sorpresa le indica que ha acertado y se hace presente la magia de los recuerdos. Luego de una larga conversación, con evocaciones, anécdotas, información familiar, actividades que ambos han desarrollado desde que dejaron de verse, aparece la frase que vuelve a sellar una amistad cuyos vestigios se habían difuminado. Cualquiera de los dos la expresa, como si con ello se intentara rescatar la frescura de la juventud: "¡Estás igualiiito/a!"

"Igualito" o "igualita" es lo que decimos, aunque no siempre fuimos capaces de reconocernos a primera vista. Se trata en todo caso de un mensaje de cortesía. Una gentileza que busca abrir de nuevo el eje de la confraternidad. Nada más. Creerse que de verdad uno está "igualito" después de que le han pasado varias décadas por encima no pasa de ser una alentadora actitud, muy útil, por cierto, para alimentar la autoestima, que tanta falta nos hace a los venezolanos en esta etapa de "carretera mala" que nos ha tocado padecer, sin merecerlo.

A mi tía Eloína acaba de ocurrirle algo muy similar a la situación descrita. Mediada por el misterio de los bits ha ingresado a uno de esos grupos virtuales tan frecuentes en esta época, conocidos en el mundo cibernético como "chats". Por iniciativa de un querido excondiscípulo con quien sí ha mantenido contacto, mi parienta se adentró de pronto en una pequeña comunidad virtual integrada por varios de sus excompañeros de bachillerato. En plena madurez, el "guasapeo" ha vuelto a unirlos. Más allá de la satisfacción y de la necesidad de una vuelta imaginaria a su juventud, ya algo lejana, ha vivido la experiencia de que, al apreciar ciertas fotografías de aquella época y compararlas con otras de la actualidad, algunos de los integrantes han recurrido a ese hermoso lugar común que obvia arrugas, achaques, manías y otros aditamentos propios de la tercera (o cuarta) edad, para asegurar que todos están "igualitos", con lo que amablemente aluden más a la actitud que al físico.

No hace falta ser filólogo ni lexicógrafo para saber que esa palabra se ha formado por derivación, a partir del adejtivo "igual". Según el Diccionario de la lengua española (DLE), en la tercera acepción del término se expresa que su significado alude a "muy parecido o semejante". Pero, independientemente de su terminación, si bien "igualito" es un diminutivo desde el punto de vista formal, no lo es si nos fijamos en su significado; ofrece más bien una idea de apreciación o ponderación. Al acudir a él, buscamos sencillamente elogiar al interlcutor. Dados como somos los hispanohablantes a llevar determinados vocablos a sus extremos más emotivos, a veces traspasamos incluso la raya de la "igualdad" y entonces acudimos a formas superlativas como, por ejemplo, "igualitico" e "igualitiquito".

Adicta a la chanza como es Eloína, suele decir que, a juicio de los buenos y leales amigos y familiares, los seres humanos pasamos por cinco etapas que van marcando nuestro paso por la vida: infante, niño, adolescente, adulto e "igualito". Una vez que llegamos a la "igualitez", pareciera que por fin logramos estancarnos y, por diversos motivos, es usual que seamos reacios a pensar en la fase siguiente, a la que, por cierto, hasta nos negamos a ponerle nombre.

Claro, a veces, nos tienta la idea de preguntar a nuestros compinches "¿Igualito a quién o a qué?". Inevitablemente, los años van dejando en nosotros sus trazas, que en ocasiones no podemos borrar ni siquiera con las técnicas modernas de "latonería y pintura" corporal. Súmele a esto las angustias que los venezolanos vivimos a diario desde principios de este siglo —que obviamente han venido desgastando aún más nuestras condiciones de vida— y entenderá por qué cada día es menos probable que estemos "igualitos". En relación con esto y ya para cerrar, viene al caso recordar algunos de los versos de un poema de nuestro admirado Aquiles Nazoa, intitulado Amor cuando yo muera:

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda

ni llores sacudiéndote como quien estornuda

no sufras "pataletas" que al vecindario alarmen

ni para prevenirlas compres gotas del Carmen.

(...)

Hazte amada la sorda cuando algún "güelefrito"

dictamine, observándome, que he quedado igualito

Y hazte la que no oye ni comprende ni mira

cuando alguno comente que parece mentira.

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