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Lunes, 16 de Julio de 2018

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

Escribo para mujeres fuertes

Escribo para mujeres fuertes
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Las despedidas nunca son sencillas y en mi caso no se me dan especialmente bien. Pero en esta ocasión la sensación es una forma de construir algo más amplio, crecer y madurar. Decir adiós a "Generación #Nomo" es una manera de asumir un ciclo

En una ocasión, una de mis lectoras de la columna "Generación #NoMo" en este portal me envió un correo muy amable preguntándome cuándo había descubierto que era feminista. Como si el hecho de tener una opinión política-que es lo que es el feminismo, aunque pueda parecer cualquier otra cosa- pudiera clasificarse como una idea muy concreta sobre la identidad. Poner orden y sentido, retroceder en mi forma de pensar y analizar el mundo hasta encontrar la coyuntura que me hizo cuestionarme la cultura en que nací y su forma de comprender a las mujeres. Pero en beneficio de la pregunta-que me pareció intrigante-intenté hacerlo. Dediqué varios días a retroceder en el tiempo privado de mi mente, a encontrar ese momento esencial en que el descubrí que tenía inquietudes muy concretas sobre mi vida, mi forma de comprender la sociedad en la que nací pero, sobre todo, sobre mi individualidad.

Cuando era una niña, era muy preguntona. O en eso insistían mis padres, parientes y maestros, que huían con cierta impaciencia del torrente de curiosidad que se le venía encima a la menor provocación. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué la tierra es redonda? ¿Por qué el sol brilla durante el día? Los "por qué" se multiplicaban a la velocidad de mi mente inquieta, de mi imaginación en ocasiones salvaje, pero sobre todo, esa noción que todos compartimos-antes o después-que el mundo es virtualmente inexplicable.

Por supuesto, no pasó mucho tiempo hasta que comencé a cuestionarme sobre mí misma. Sobre el hecho de ser una niña pequeña en un país donde al parecer serlo, te daba algunos problemas. Comencé a preguntarme por qué llevar la falda corta hacía que te llamaran "puta", por qué las niñas eran para su casa y los muchachos para la calle. El por qué insistente de por qué las niñas no podían hacer algunas cosas por el mero hecho de serlo. ¿Por qué una niña debía de cuidar sus palabras y su comportamiento? El motivo por el cual una niña debía estar siempre atenta a la forma en que se comportaba y lucía. De pronto, los "por qué" eran persistentes pero, sobre todo, importantes. Eran una ventana abierta hacia algo más profundo, privado. Una forma de mirarme en el espejo del tiempo que transcurre y de las cosas que sostienen el mundo tal y como es.

Supongo que soy feminista justamente porque la mayoría de esas preguntas no tenían respuesta. No una sencilla, al menos. No una que pudiera comprender, elaborar como una idea consecuente y coherente. Nadie me explicó bien el motivo por el cual mi identidad como mujer estaba sometida al escrutinio de una sociedad que tenía opiniones disparejas y, casi siempre, muy duras sobre mi identidad, mi sexualidad e incluso cosas tan privadas como mi capacidad para concebir. Me encontré en una especie de batalla sorda contra ideas que tenían la intención inmediata de no solo aplastarme bajo la pesada losa de conservadurismo sino además sostener una mirada dura y perpleja sobre mi vida. Como si mi historia estuviera escrita incluso antes de mi nacimiento por un reglón contrahecho que me ordenaba de manera cronológica y obligatoria, mis decisiones del futuro. Cuándo y cómo sería esposa. Cuándo y cómo sería madre. Cuándo y cómo organizaría mi vida para encontrar mi lugar en el mapa más amplio de todas las cosas. Esa noción sobre ese orden primigenio me resultó inaceptable. Angustioso y claustrofóbico. ¿Qué ocurría si no deseaba ser madre? ¿Qué pasaba si el matrimonio no formaba parte de mis planes futuros? ¿Qué ocurría si no era una mujer abnegada, amable, dulce, conciliadora? ¿Si quería concebirme de esa manera? ¿Qué ocurría si todo lo que la sociedad esperaba de mí como mujer carecía de valor en mi mente?

No hubo una primera ocasión en que pensé en tal cosa. Hubo ocasiones en que me tropecé con pequeñas puertas cerradas que debí abrir a la fuerza. Que debí empujar para encontrar un espacio adecuado para mí. Hubo ocasiones en que debí buscar las palabras exactas para describirme porque creí que no existían, aunque, por supuesto, muchas mujeres antes que yo lo habían hecho con mayor propiedad, con mayor coherencia presumo, con mayor energía. Pero también descubrí que había que abrir ventanas propias, espacios personales para hablar sobre esa notoria sensación de ser y construir tu propia idea sobre la mujer. Toda esa versión del poder, del hombre y la mujer como reflejo uno del otro. Como una forma de crecer, encontrar mi camino, recorrer mi propia necesidad de asumir mi propio lugar bajo el sol.

De vez en cuando me suelen preguntar por qué escribo con tanta frecuencia sobre lo femenino. Un cuestionamiento que parece abarcar cierta contradicción en mi insistencia sobre el tema: si abogo por la amplitud de miras con respecto al papel de la mujer, ¿por qué mi empeño casi obsesivo por analizar y desmenuzar el rol tradicional hasta el cansancio? ¿Qué intento lograr cuando una y otra vez profundizo, busco respuestas sobre la forma como la sociedad asume la identidad femenina? Bueno, son unas cuantas preguntas interesantes. Que también tiene, claro, unas cuantas respuestas interesantes.

Para empezar, soy mujer. Parece obvio-incluso simplista-que esa sea buena razón para escribir sobre el tema, pero en realidad no lo es tanto. Creo que la palabra es el reflejo fidedigno del mundo del autor-de manera directa o en símbolos y metáforas-y por lo tanto escribo sobre lo que soy, lo que sé y cómo miro el mundo. Escribo sobre lo que me afecta, sobre lo que me preocupa y sobre todo, sobre lo que ejerce presión sobre mi identidad. Y crecí en una sociedad machista. En una donde llevar la falda muy corta hace que te ganes una etiqueta insultante o las decisiones sobre tu cuerpo, pueden afectar la manera como te percibe quienes te rodean. Donde existe aún expectativas muy claras sobre lo que la mujer puede hacer-o no-y sobre las exigencias a las que se somete por el slo hecho de que hay un papel histórico que intenta limitar quiénes somos o cómo nos percibimos. De manera que asumo necesario escribir sobre la mujer con respecto a cómo me afecta serlo. Lo que me abruma, lo que me lastima. Lo hago, además, intentando lidiar con los estereotipos, los esquemas, los roles y tópicos. Porque, a fin de cuentas, nadie puede definir exactamente qué es una mujer-como tampoco qué es en realidad un hombre-aunque la sociedad lo intente con enorme frecuencia. Aunque imagine límites y fronteras inexpugnables para hacer más sencillo comprender tu identidad frente al espejo social. Intento interpretarme como la mujer joven que soy, pero también como la mujer que aspiro a ser en el futuro. Y entre todas esas cosas, esas pequeñas ideas y otras reflexiones, quiero hablarles a las mujeres como yo. A las que no encajan en ninguna parte. Las inconformes, las fastidiosas, las irritantes, las preguntonas. Las de libre pensamiento, las que se enfrentan todos los días a ese papel histórico que intentó decidir incluso antes de su nacimiento su lugar bajo el sol.

Pero no es la única razón por la que escribo sobre mujeres, para mujeres, desde el punto de vista de una mujer. Lo hago, porque es necesario. Lo hago porque durante muchísimo tiempo las mujeres fuimos invisibles. Como la magnifica Mary Wollstonecraft, que vivió una vida intensa y extraordinaria y hoy poquísima gente la recuerda. O la filósofa Simone Weil, que creó toda una visión sobre lo femenino y sus alcances. Tantas mujeres que desaparecieron como arrasadas por una ola de anonimato. ¿Quien recuerda ahora a Lady Ottoline Morrell, esa mecenas que se enfrentó en solitario a los escombros del siglo XIX en pleno albor del racionalismo y brindó refugio a muchas de las grandes mentes inglesas de la primera mitad del siglo XX? ¿O a la cuasi anónima María Lejárraga, esposa del dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, que por años escribió para su esposo éxitos literarios sin reconocimiento alguno? O esa trágica Camille Claudel, desaparecida y consumida para siempre en la memoria ingrata del arte misógino. Así las cosas, creo que es una buena razón escribir para mujeres y sobre mujeres, para recobrar el nombre de tantos rostros que abrieron el camino que ahora recorremos muchas, de las que asumimos es natural pero que por mucho tiempo fue una batalla perdida. Escribo, para devolver el nombre a toda esa galería de heroínas silentes que crecí admirando y queriendo.

Pero, por supuesto, escribo sobre mujeres porque aún es necesario hacerlo. Porque aún es imprescindible continuar contando historias. Las mías, las tuyas, las de tantas desconocidas que recorren el mismo camino que yo y que quizás nadie escucha. Hay algo de primitivo, de anecdotario de tribu, eso de sentarme a escuchar y luego escribir sobre las mujeres que conozco. Contar sus escenas, describirlas lo mejor que puedo. Analizar el mundo desde nuestra perspectiva y crear un ambiente amplio donde debatir. No se trata, claro, de escribir de mujeres atacando a lo masculino, sino de hablar de mujeres asumiendo que somos parte de una cultura, en nuestra diferencia, en esa fortaleza heredada por siglos de privaciones culturales y sociales. Somos la nueva generación de las cuentacuentos. Somos la nueva generación de brujas, mujeres salvajes que levantan los brazos por saberse libres, por aspirar a la libertad y sobre todo, para crear en independencia.

Mi columna "Generación #Nomo" fue quizás el primer intento de analizar el poder de la palabra para crear algo más profundo que un simple debates sobre género. A través de ella, intenté dialogar no solo con mujeres sino también con hombres, sobre la desigualdad, pero también todos los pequeños y grandes logros de esta gran discusión sobre la identidad abarque la multiplicidad de formas de crear y construir un mundo más equitativo, mucho más humano, más sensible que se encuentra a nuestro alcance. Sobre todo en Venezuela, en donde aún la palabra "feminismo" se considera una mala palabra, una de esas que molestan e inquietan. Una de las que no tienen otro peso que la de cuestionar el mundo "tal y como debería ser". De modo que escribir contra esa convicción de la cultura tradicional, de hablar para la nueva generación de mujeres, de narrar nuestra historia a medida que sucedía, ha sido una experiencia de enorme valor. De extraordinaria profundidad intelectual y emocional. Pero sobre todo una batalla que se libra a diario y que "Generación #Nomo" reflejó -o al menos, lo intent-en la esperanza de sostener una nueva forma de comprender a la mujer, a quienes somos, a quienes podemos ser.

Por supuesto, ha sido como correr en contra de la corriente, una violenta, reaccionaria y en ocasiones dolorosa. Me ocurre tantas veces, que en ocasiones no lo noto, pero cuando lo hago, me produce una profunda tristeza. Ocurre en una conversación casual, en una reunión entre amigos, incluso en las triviales conversaciones familiares: alguien menciona la palabra "feminismo" y lo siguiente que pasa es una reacción idéntica, entre el rechazo y la burla. Una combinación lamentable de menosprecio y algo más sutil, parecido al rechazo definitivo por un punto de vista. Nunca sé muy bien cómo reaccionar.

-¿Pero feminista… feminista?-me preguntó hace poco el interlocutor de turno, dedicándome una mirada confusa-te ves… normal.

Por supuesto, no sé cómo debería verse una mujer que está consciente de las desigualdades culturales y sociales debido al género, pero supongo que no es como yo, lo que sea que eso pueda significar. Espero, en silencio, con ese ramalazo de incomodidad que suele acarrear el comentario-o cualquiera semejante-recorriéndome como un escalofrío.

-¿Y cómo se supone que debería verme?

-No sé, cabello corto… muy… macho.

Otra idea popular. Al parecer toda aspiración a inclusión y equilibrio legal pasan por equipararse al género masculino. Una idea que supone una trivialización insistente sobre una idea política más amplia. Pero, vamos, que al parecer el oólo hecho de aspirar a una comprensión sobre lo femenina más moderna, te empuja hacia cierta franja complicada entre una confusa idea sobre lo que una mujer puede hacer para defender sus derechos y algo más complejo, semejante a una percepción desigual sobre su identidad. ¿Qué se le responde a algo semejante? O mejor dicho ¿qué se supone significa eso?

- En realidad, puedo ir desnuda y aun así insistir en que tengo el derecho de exigir inclusión y términos de igualdad-respondo. Hace años atrás, lo hacía exaltada, enfurecida, con la discusión en la punta de la lengua. Ahora suelo hacer con cierto cansancio y aburrimiento-no importa cómo me visto o cómo me veo, lo importante aquí es cómo me siento con respecto a lo que la sociedad piensa sobre mí.

Casi nadie suele insistir en las discusiones, a pesar de provocarlas y fomentarlas. La mayoría, suele parecer un poco escandalizado que yo quiera defender un punto de vista así de irritante-inútil, me han dicho más de una vez-, por alguna razón que no alcanza a comprenderse de inmediato. Pero lo hago, por supuesto. Lo hago por todas las buenas razones que hacen que el feminismo siga siendo una palabra a través de la cual me defino o, mejor dicho, la manera cómo comprendo el mundo. Que sea aún el puente entre mis ideas y algo más profundo que en ocasiones llamo individualidad.

-A mí el feminismo me parece una vulgaridad-me dijo hace semanas atrás una conocida-¿Para qué tanta alharaca y para qué tanto escándalo? La vida es bonita cuando aceptas que somos mujeres y que eso tiene sus ventajas.

Me imagino que se refiere a la creencia popular que insiste que está bien aceptar algunas cosas de la sociedad machista para ganar algunos beneficios. Cosas como que te abran la puerta del automóvil, te paguen la cena y te traten como si fueras una criatura frágil y vulnerable. Casi siempre, ese pensamiento me produce un profundo malestar, porque durante toda mi vida lo único que he querido es abrir mis puertas, pagar mis cuentas y que un hombre no sienta la necesidad inmediata de protegerme. Pero esa soy yo, desde luego, que creo que correr un riesgo es mucho mejor que ser cuidada. Que prefiero las caídas y errores, antes de caminar rodeada de manos que intente sostenerme. Quizás la del problema soy yo y nadie más.

Quizás, pero aún así, tengo algo que decir.

-¿Cuales ventajas?-le pregunto. Lo hago en voz neutra, tomando un sorbo de café caliente para evitar decir algo más grosero. Ella sonríe, coqueta, sacudiendo la melena brillante.

-Que un hombre te mime y sepa cuánto vales, es suficiente como para comprender que el feminismo es un planteamiento de gente muy sola y triste. Sin ofender.

Pues no, no me ofende, pienso. Lo que sí me ofende es el pensamiento de la soledad que deben sentir las casi 10 millones de niñas que son mutiladas por motivos rituales alrededor del mundo y por las que muy poca gente se preocupa, porque es "parte de la cultura" de su país de origen. Me angustia pensar en la soledad del casi millón de mujeres violadas cada día alrededor del mundo y en la que la mayoría de los casos deberán soportar la violencia y el maltrato porque la ley de su país así lo permite. O la soledad-radical y tremenda-de los 60 millones de niñas alrededor del mundo que no recibirán educación y que serán condenadas a ser esposas y madres antes de la adolescencia. Esa soledad sí me ofende, me duele, me abruma. El pensamiento de que ahora mismo un incalculable número de personas en el mundo están siendo discriminadas por su género sin que a nadie le preocupe, aplastadas en el silencio oficial y cultural.

Y esa soledad la que traté de consolar con "Generación #Nomo", esa ventana abierta, esa puerta que conducía a las preguntas que me hice de niña y nadie contestó. Ese recorrido de pura sororidad junto a mujeres fuertes y formidables, a una generación que sabe el significado y la importancia de sus derechos, que sabe construir un mundo a su medida.

Las despedidas nunca son sencillas y en mi caso no se me dan especialmente bien. Pero en esta ocasión, la sensación es una forma de construir algo más amplio, crecer y madurar. Decir adiós a "Generación #Nomo" es una manera de asumir que un ciclo formidable se cumplió y me enseñó el poder de persistir, crecer como escritora en formación, como una observadora del país que se sostiene a nuestro alrededor en propia dinámica y sobre todo, una identidad que se transforma en una necesaria evolución a pesar de la profunda crisis que atravesamos. Las mujeres de este país son ejemplo de persistencia, de poder intelectual y moral. De convicción y de profunda fe en el futuro.

Para esas mujeres escribí y seguiré escribiendo, cualquiera sea el lugar en el que continúe haciéndolo. Para esa generación que busca y encuentra su lugar bajo una nueva manera de construir una forma de entender a la mujer actual.

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