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Lunes, 20 de Agosto de 2018

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Opinión

El clima mental

El suicidio entre nosotros

El suicidio entre nosotros
- Foto: The Hush Post

El suicidio es enigmático a pesar de las notas dejadas, las señas que pudieran precederle. Posiblemente estemos ante una epidemia de suicidios y no lo sabemos

El reciente suicidio de una joven figura pública en Venezuela, apreciada por su talento, su trabajo periodístico, su responsabilidad ciudadana, por su don de gente, ha impactado y generado interrogantes, reflexiones, sobre las causas de acciones tan violentas hacia sí mismo y el tratamiento mediático de ese tipo de suceso.

Que alguien se quite la vida, además de la conmoción que produce por lo sorpresiva, enigmática y dolorosa decisión, produce vergüenza —pena, literalmente— en la familia y allegados. Además, el suicidio es considerado pecado por la religión católica. La sentencia de que “Nadie puede decidir sobre lo que Dios le dio” sataniza esa acción.

Las religiones generan tabú, prohíben pensar, hablar, sobre determinados temas. Surgen los eufemismos, el no llamar los actos por su nombre. Los medios optan por no mencionar la causa de la muerte como forma de salvaguardar la imagen del suicida. Pocos se atreven a decir “se suicidó”. Escribirlo, leerlo, es duro. Golpea más que la muerte accidental, la propiciada por otro, mucho más que la producida por causas naturales.

En su dimensión ética el suicidio puede ser considerado como un acto soberano, la máxima expresión del libre albedrío, de libertad humana. Absolutamente respetable aunque cueste, duela aceptarlo. Los seres queridos pueden quedar con culpa: ¿en qué falle?, ¿en qué fallamos? Si hubiera… Preguntas sin respuestas, planteamientos sin sentido. Más dolor.

El suicidio es enigmático a pesar de las notas dejadas, las señas que pudieran precederle, lo que nos imaginemos. No hay forma de comprobar lo que se cree, de responder con certeza las preguntas que derivan, de entender aquel momento. Quien lo protagonizó está ausente, en silencio eterno. Nunca se sabrá la verdad y como todo misterio, genera especulación. Lo que se piense o diga, no resuelve, a veces empeora, pero algo es algo. Se busca alivio.

Con la larga y aguda crisis en todos los órdenes por la que atraviesa Venezuela, donde muchas situaciones son desesperantes, desesperanzadoras, angustiantes, deprimentes, es de imaginar que los casos de suicidio han aumentado. No hay cifras oficiales, no las hay sobre nada. Ocultar es una forma de mentir. Queda el rumor, la suposición, lo que se sabe de casos aislados. Posible que también estemos ante una epidemia de suicidios y no lo sabemos.

Según colegas psicólogos de la Universidad de La Habana, en los años inmediatos al triunfo de la revolución en la isla, dos consecuencias sociales se hicieron notables: el aumento de matrimonios y de suicidios. Había números en los registros civiles y epidemiológicos. En Venezuela, a casi 20 de años de revolución, las pocas cifras que se escuchan tienen que ver con el precio de la comida, del dólar, el índice de inflación y de gente que se ha ido del país, no de este mundo, aunque se rumora y es de suponer que, sí, unos cuantos.

Una hipótesis en la psicología del suicidio es que cuando una figura admirada por la comunidad, lo ejecuta, se puede generar conductas de imitación. La noticia facilita que los deseos que están allí, a ras de piel de algunos, broten. Habría que ver. Ojalá que no y que la conducta ciudadana que caracterizó al joven y querido periodista que recién se suicidó sea lo que genere una estela de imitación.

El clima mental en Venezuela es de pesadumbre. La situación agobiante. Hay dolor y miedo. Sin embargo, ojalá que, respetando las decisiones individuales motivadas por quién sabe qué razón interna, prevalezca el deseo de seguir aquí, de echar pa'lante.

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