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Martes, 17 de Julio de 2018

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Opinión

El ojo mecánico

El origen del mal

El origen del mal
Los hermanos gemelos Egyik y Masik siguen de su apacible adolescencia, a una marcada por la brutalidad y la violencia. Foto: Google Images. -

Sin ser estridente, la puesta en escena de El gran cuaderno sobresale por su permanente tensión dramática...

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  • Juan Antonio González
  • Viernes, 06 de Noviembre de 2015 a las 6:01 a.m.

“El gran cuaderno”, del cineasta húngaro János Szász, mira más que a la guerra, a la huella indeleble que deja en dos adolescentes gemelos

En la vieja Europa, sobre todo la del Este, no terminan de sanar las heridas que le dejó la Segunda Guerra Mundial. Ello ocurre no por una especie de masoquismo colectivo, sino porque aquel conflicto que formalmente terminó en 1945, no ha podido cicatrizar por completo. Las secuelas están ahí. Y la memoria se encarga de hacerlas visibles, no solo a través de fechas y monumentos conmemorativos, sino de expresiones artísticas como la literatura y el cine.

De hecho, tanto literatura como cine coinciden en la película A nagy füzet, El gran cuaderno, dirigida por el cineasta húngaro János Szász a partir de la primera novela escrita por Ágota Kristof, autora de una trilogía centrada en los dos hermanos que protagonizan el filme que se estrena en el país.

Sin tener la profundidad de La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), en su indagación del origen de aquellas conductas sociales, asociadas a la educación, que generan catástrofes como el nazismo y, por extensión, el holocausto, El gran cuaderno cuenta el breve pero fulminante y desquiciante tránsito que los hermanos gemelos Egyik y Masik siguen de su apacible adolescencia, a una marcada por la brutalidad y la violencia.

Ambos jóvenes son llevados por su madre a casa de su abuela, cerca de la frontera húngara. La idea es mantenerlos a salvo de los peligros de la guerra, pero lo que no imaginan los padres de los protagonistas es que en esa esquina del mundo la sobrevivencia de Egyik y Masik pasará por un proceso de reeducación, acordado por los propios adolescentes, para resistir el dolor del abandono, pero también el que les causa el rechazo de su abuela –apodada “la bruja”–, que no cesa de llamarlos “bastardos” y que les niega una hogaza de pan a menos que trabajen de sol a sol; el de los salvajes pobladores del lugar al que fueron enviados, y el de la sombra de la guerra que progresivamente se va extendiendo a su alrededor.

El título del filme de Szász hace alusión a un cuaderno que a manera de diario van llenando cada noche los protagonistas, irremediablemente embarcados en un viaje sin retorno al infierno del mundo de los adultos. Allí registran cada una de las cosas que hacen, piensan y les pasan, por lo que “el gran cuaderno” asume las veces de una pormenorizada bitácora de su transformación: de niños que leen la Biblia y actúan de acuerdo a los mandamientos de su fe, a jóvenes atemorizados, aterrorizados; de allí, a dos hermanos que harán lo que sea necesario para que no los separen; de este punto, a muchachos que se castigan mutuamente para no flaquear ante el sufrimiento que los demás les causan, y así hasta terminar en dos seres carentes del más mínimo atisbo de inocencia ni de sentido ético.

Parafraseando a Ortega y Gasset, los gemelos son su circunstancia; la conducta criminal que comienza a asomarse en sus ojos es la que alimentan, entre otras personas, la joven con la que los hermanos descubren sus primeros impulsos sexuales, pero también a la que ven comer impasible una rebanada de pan con mantequilla mientras frente a su ventana desfila un grupo de hambrientos judíos detenidos por los nazis y enviados a un campo de concentración.

Sin ser estridente, la puesta en escena de El gran cuaderno sobresale por su permanente tensión dramática, que enmarca la áspera dirección de fotografía de Christian Berger, el mismo de La cinta blanca. Es una película cruda en el sentido más cercano a la rigurosidad con la que János Szász (Budapest, 1958) retrata el descenso a los infiernos de dos chicos a los que la realidad convierte en monstruos... deshumaniza.

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