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Lunes, 17 de Diciembre de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

El Dios personal de Monseñor Romero

El Dios personal de Monseñor Romero
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Ningún pueblo debe ser pesimista, aun en medio de las crisis que parecen más insolubles, como las de nuestro país. Dios está en medio de nosotros. Dios está cerca, fuente de alegría

El 10 de febrero de 1980, Monseñor Oscar Romero nos ubicó antropológicamente frente a una verdad inmensa y profunda: el hombre se conoce al encontrarse con Dios, puesto que es, a fin de cuentas, su única y verdadera vocación, ser imagen y semejanza de su Creador participando de su vida y de su gloria. Cada hombre, cada uno de nosotros, tanto los hombres del pasado, como los del presente y los del futuro, tiene en la profunda intimidad de su ser una conciencia, una especie de cámara secreta, dirá Romero, a la cual Dios baja a hablarle y dentro de la cual decide su destino. Ese Dios que viene, que existe no es algo estático, abstracto, metafísico, un concepto al que todos echan mano y deforman. Romero hará permanente referencia a un Dios vivo, participante de la historia, un Dios dinámico. Se trata de un ser, dirá el 9 de marzo de 1980, pero de un ser activo, “no es un ser solo de existir. Cuando Dios le dice (a Moisés): «yo soy el que soy, soy el ser», le quiere decir: yo soy la presencia dinámica, yo soy el que se debe descubrir en el dinamismo de la historia, yo estoy presente en las intervenciones de todos los poderes del mundo, yo soy la fuerza de los astros y de los mares, yo soy el que hace que sean las cosas […] no tengan de mí una idea abstracta, un Dios que está allá en los cielos y que ha dejado la tierra a los hombres; no es eso exacto”.

Monseñor Romero, que se forjó en una biblioteca, marcó distancia del Dios de los filósofos, el de las reflexiones, del Dios de Atenas. Ese, para él, no era Dios. Monseñor Romero hunde todo su ser en el Dios de Jerusalén, aquel que no pide tantas elucubraciones, pero que sale siempre al encuentro porque es un Dios «con» el mundo, un Dios con los hombres. Un Dios que es una realidad sobre la que el hombre puede hablar, es una persona con la que se puede hablar, nos acompaña, nos interpela personalmente en el compromiso con la humanidad del hombre participando de la opción por la humanidad de Dios. Aquí es justamente donde se forja el conflicto y Monseñor Romero lo vio claramente: la razón por la cual el hombre suele olvidarse de Dios es por considerarlo ajeno a lo humano, a los problemas y complejidades humanas. En sus palabras y sus acciones ardían con fuerza lo que acababa de afirmar el recién electo Juan Pablo II, hombre que, como él, venía transido por el sufrimiento y el dolor. El papa polaco afirmaba que el hombre es una realidad singular, pues es persona, tiene una historia propia de su vida y, en especial, una historia propia de su alma, es un fenómeno irrepetible. Para el Papa que venía de lejos como para Romero, la persona es un carácter anterior al de individuo, en ella el hombre halla toda su singularidad. Ella define al hombre y es justo allí donde, a juicio de Monseñor Romero, la relación con Dios muestra toda su claridad. “Dios es persona, por lo tanto, en Dios encontramos la clave para comprender al hombre como persona, ya que en la gloria de Dios se revela la dimensión del hombre” (Homilía del 10 de febrero de 1980).

El Dios de Monseñor Romero es uno cercano, muy cercano, es un Dios que nos acompaña, va con nosotros, habita en nuestras penurias, en nuestros dolores, habita junto al que sufre, pero, curiosamente, también junto al que hace sufrir. Dios es dinámico, “un Dios que camina con su pueblo, un Dios que actúa y que inspira a los hombres en sus esfuerzos libertadores, un Dios que no mira con indiferencia el clamor de los que sufren, que, como en Egipto, escucha la esclavitud, el látigo, la marginación, la humillación” (Homilía del 16 de diciembre de 1979). El Dios de Romero está muy presente en las debilidades del hombre, cercano, siempre muy cercano, escuchando la espesa súplica de los pobres que caminan con esperanza hacia su liberación. El Dios de Romero es aquel que caminó con su pueblo en el Éxodo, es un Dios acompañante cuya sombra brinda alegría, que quiere que los hombres “gocen la felicidad de la tierra, la alegría de vivir, la felicidad de amar, de compartir, de hacer fiesta. Dios no es un Dios triste. Dios es Dios-fiesta, Dios-festín, Dios-alegría” (Homilía del 20 de enero de 1980). Este Dios de Romero quiebra la impersonalidad, la racionalidad, la frialdad de aquel que viene de los libros. El Dios de Romero es una potencia que inspira a los desolados desde la cercanía del amor, por ello insistió en decir que “ningún pueblo debe ser pesimista, aun en medio de las crisis que parecen más insolubles, como las de nuestro país. Dios está en medio de nosotros. Dios está cerca, fuente de alegría” (Homilía del 16 de diciembre de 1979).

Es un Dios manso, pues es dueño de una ternura entrañable que, en modo alguno, quiere ni es causa de ningún mal, de ningún sufrimiento humano. El mal que produce sufrimiento al hombre forma parte íntima de su imperfección evolutiva, pero algo quiere dejar bien claro Monseñor Romero: Dios no nos ha hecho para el sufrimiento. “Se ha dicho en forma bella y profunda que nuestro Dios en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación, y la esencia de la familia que es el amor. Este amor es la familia divina, es el Espíritu Santo” (Homilía del 30 de diciembre de 1979 citando a Juan Pablo II). Dios es amor y más que ser amor como cosa ajena, Dios es en sí mismo Amor, un amor mucho más ardiente y caluroso que el amor humano, pues “Dios nos ama más que una madre” (Homilía del 1 de octubre de 1978). Ese amor ardiente como una llama es tejido desde la misma carne de un Dios encarnado. Un Dios que vibra y respira también en el mundo cotidiano, en el universo de lo humano y que, por esta razón, siente como suya la situación del sufrimiento del hombre y lo siente de manera muy especial, ya que siente el dolor del que sufre, pero también de quien lo hace sufrir que sufre de un dolor mucho mayor aunque no logre comprenderlo. Romero nos habla constantemente, y actúa en consecuencia, de un Dios que se solidariza asumiendo el sufrimiento del acongojado, del sufriente, del oprimido y, al mismo tiempo, se transforma en invitación a que lo imitemos. Nos desnuda de manera maravillosa la parábola del samaritano para mostrarnos que Dios vive la historia y que comparte contigo y conmigo las vicisitudes de esa historia. “No es un Dios desencarnado de mi hambre, de mi realidad, de mi creación. Que es un Dios que se preocupa de mi cuerpo, de mi aliento” (Homilía del 16 de julio de 1978).

Este Dios amoroso, manso, encarnado, comprometido y cercano es absolutamente único como cada uno de nosotros lo es, de allí que siendo imagen y semejanza de ese Dios único, nosotros, cada uno de nosotros, también lo es en nuestra persona: somos únicos e irrepetibles, como única y personal es la relación de Dios con cada hombre. Esto es muy importante recalcarlo en un mundo que tiende a absolutizarlo todo cosificando la realidad y al hombre, relegando lo hondo humano que, si queremos, podemos señalarlo como experiencia mística violando de manera brutal la conciencia humana. De allí el duro señalamiento que en una homilía del 14 de mayo de 1978 hiciera Romero al señalar que una religión superficial, legalista, utilitaria es tan solo una pobre fachada de piedad, como pobre son los rezos, el ritualismo, la prácticas religiosas que terminan transformando al culto en mero negocio. “El fariseo puede rezar mucho, pero tergiversa el verdadero sentido de la religión, porque desprecia al otro”. El amor al prójimo, esencia de la fe cristiana, importa infinitamente más que el formalismo ritual, pues es ese amor el que le brinda contenido y sentido. El amor al prójimo tendría que ser la fuente de donde mana la oración: “Hay un solo Dios. Lo único absoluto, lo trascendente, Dios, el gran Bien. Querer solo a Dios como absoluto. No hay más que un solo Dios que no puede admitir ídolos. No absoluticemos la riqueza, ni la lucha, ni el partido, ni la organización. Nada tiene valor absoluto en esta tierra; todo es relativo frente al único Absoluto” (Homilía del 24 de diciembre de 1979). Y sólo la fe en ese Dios es la que puede permitir que el hombre descifre su propio problema y el del mundo. Al sacudir del hombre la potencia de la fe en Dios, “todo el misterio del mundo y del hombre se torna un misterio insalvable” (Homilía del 10 de junio de 1979).

El Dios de Romero parece rozar con la idea de Dios que tejió Xavier Zubiri (1898-1983) quien, según Ignacio Ellacuría, fue inspiración fecunda para los teólogos de la liberación. Para Zubiri, Dios es un ser vivo al que se ve aproximada la persona humana en el propio tejido de su vida personal. Afirma Ellacuría que la cuestión del hombre, la cuestión de la historia y la cuestión de la salvación del hombre y de la historia no se pueden pensar con propiedad si no se considera seriamente a Dios, pues se trata de una dimensión que religa al hombre a algo más que sí mismo, por eso, dijo Monseñor Romero, ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios. Para Monseñor Romero, Dios no es el Dios de Zubiri, ni tampoco el Dios de la Teología de la Liberación. Para Monseñor Romero, Dios, su Dios personal, es el Dios de Jesucristo que motiva a los hombres a tener un oído puesto en Dios y el otro en el canto amargo de la vida de los pobres. “Nuestra fe proclamémosla ahora, limpia de toda falsa idea de Dios, para creer y con amor agradecer al Dios presente en nuestro pueblo” (Homilía del 21 de mayo de 1978). Dios es persona personalizante, es decir, es persona que nos hace persona en nuestro descubrimiento como tales y nos descubrimos como tales cuando descubrimos la persona en el otro. En ese descubrimiento comprendemos que “Cristo subiendo a los cielos es el ideal de la verdadera promoción del hombre, que culmina en la identificación con el mismo Dios” (Homilía del 22 de mayo de 1977). Para Monseñor Romero vivir era vivir en Cristo, con Cristo y para Cristo que es igual a vivir en el pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Vivir es dejarse acompañar por Dios que es la vida, es la evolución, es la novedad, “Dios va caminando con la historia del pueblo” (Homilía del 11 de junio de 1978) y el pueblo, el hombre, cada hombre, que se deja acompañar.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.


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