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Lunes, 24 de Septiembre de 2018

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El diablo suelto (en Afganistán)

El diablo suelto (en Afganistán)
- Foto: Cortesía CDN Digital

La guerra ha despertado un fantasma terrible en Afganistán, y el mundo lo lamenta tanto como los afganos

¿Sabían que la zanahoria fue “domesticada” en Afganistán, que inicialmente era blanca y la pigmentación anaranjada vino después, cuando la sacaron encapuchada de su país, la uniformaron y la sembraron ilegalmente en Guantánamo, en un conuco de los Bush que Obama no pudo erradicar y que ahora Trump amenaza con convertir en latinfundio, por la cantidad de latinos que piensa sacar de raíz? Además de ese notable aporte al “tres en uno” –aquí hay que abrir un paréntesis, aunque parezca un guion, para contar con la voz de Oscar Yánez a las generaciones crecidas en el chavismo que antes del apocalipsis rojo uno podía pararse en la barra de una arepera y así sin más, sin un carnet de la patria o un petro en el bolsillo virtual, virtualmente limpio hoy en día, podías pedir un batido poderoso conformado con jugos de naranja, remolacha y zanahoria, un tres en uno (que asegún, el nuevo IVICH está intentando desarrollar como una fórmula revolucionaria para alimentar a los venezolanos, cuando redescubran cómo se importa y cuál de las tres no es ni raíz ni tubérculo), y después habría que contarles quién fue Oscar Yánez y qué era la libertad de expresión–, Afganistán contribuyó con su granito de arena y más de un bazucazo a la caída del imperio soviético en los ochenta, al convertirse desde fines de la década anterior en el Vietnam de los rusos, y en una herida de la que los soviéticos nunca lograron recuperarse.

La gente suele darle el crédito a Reagan por el fin del “imperio del mal”, pero el verdadero enterrador del socialismo “real” euroasiático fue un conjunto de factores en el que dominaron su incompetencia tecnológica, revelada en todo su esplendor por el desastre de Chernóbil, una burocracia cada vez más improductiva, la apatía del homo sovieticus y la derrota militar al imperio mesmo propinada por distintas tribus afganas, poseedoras de un espíritu guerrero e independiente que ya antes se había pasado por el forro a otro imperio occidental, el británico.

Es precisamente un súbdito de la pérfida, Bruce Chatwin, el que escribió en 1980 un breve ensayo titulado “Un lamento por Afganistán”, en el que hablaba de los extraordinarios pueblos nómadas y guerreros que se movían por estas tierras semidesérticas, que vieron pasar a los griegos de Alejandro Magno, a los mongoles de Gengis Khan y a venecianos como Marco Polo, sumidas desde 1979 en una espiral de violencia provocada por la invasión rusa, que empeoraría con la intervención del resto de Occidente, aunque eso no lo dice Chatwin. Lo que sí predice es que esa guerra iba a despertar un fantasma terrible, y que el mundo lo iría a lamentar más que los afganos.

“Éste –de todos los años– es el año indicado para llorar la pérdida de Robert Byron, el archienemigo de la política de apaciguamiento, que dijo ‘pondré belicista en mi pasaporte’, cuando vio lo que estaban preparando los nazis. De vivir aún hoy, creo que estaría de acuerdo en que, con tiempo (todo en Afganistán lleva su tiempo), los afganos le harán algo temible a sus invasores, tal vez despertar los fantasmas dormidos de Asia Central”.

O mandar a dormir el sueño eterno al capitalismo de estado de Europa Oriental y Asia Noroccidental. Sí, es decir, no, en realidad no sirve para definir a Rusia porque todavía es poseedora de todo el norte de Asia, de oeste a este, desde los Urales hasta las Kuriles.

Y aquí es donde alguien llega y menciona el papel de la CIA y USA en la entrada de Osama y el surgimiento de los movimientos radicales islámicos. Pero el asunto podría ir más atrás y de nuevo apuntar a Rusia, porque más allá del más que históricamente justificado odio de los países musulmanes a las potencias coloniales europeas y al imperialismo norteamericano, hay otra historia menos conocida, que también podría ser apócrifa (aunque con cierta base, al menos ideológica), pero que igual voy a contar brevemente.

En la agonizante Rusia zarista de los primeros años del siglo XX comenzó a circular un panfleto titulado Los protocolos de los sabios de Sion, que supuestamente recogía los planes de una conspiración de los judíos para hacerse con el control del mundo. El librito resultó ser una invención realizada por encargo de la policía secreta zarista, la Ojrana (organismo represivo que luego devendría en la KGB de la URSS y la actual FSB del neozarismo), para justificar los pogromos y culpar a los judíos de todos los problemas y el desmadre que atravesaba la madre Rusia.

Los protocolos se abrieron camino más allá del mundo eslavo y comenzaron a circular versiones que influyeron en sujetos como Henry Ford, Adolf Hitler y otros representantes del antisemitismo internacional, aunque ya desde los años veinte se sabía que se trataba de un plagio, o de una reelaboración de una obra francesa del siglo XIX, el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de Maurice Joly.

Lo de Joly acabo de leerlo en Wikipedia, ¿verdad que es interesante? Pero más interesante vendría a ser una teoría sobre el retorno de esta obra y su presencia en el mundo islámico gracias a la KGB, que la habría traducido al árabe y difundido miles de ejemplares durante las décadas de los sesenta y setenta, como arma ideológica contra Israel y los Estados Unidos. De esta manera los rusos habrían sido copartícipes del renacimiento del fundamentalismo y de la aparición de grupos como Al Qaeda, Boko Haram o movimientos como el Talibán y el Estado Islámico.

¿Otra manera de verlo? El zarismo, a través de una invención de su policía secreta, habría derrotado a los comunistas varias décadas más tarde y desde uno de los rincones más extraviados del imperio soviético.

Pero hay otro giro cuando te enteras de que el autor de la teoría de la KGB como coeditora posterior de Los protocolos es un exoficial de inteligencia rumano, Ion Mihai Pacepa, escapado a Occidente durante el gobierno de Carter y también promotor de otras teorías, según las cuales Stalin cambió la historia para crearle una imagen de simpatizante del nazismo al papa Pío XII, y que la KGB habría sido la creadora de la Teología de la Liberación, con lo que nuestra teoría se cae del dromedario y nos deja enfrentados a una última interrogante: ¿cómo nos lleva todo esto a Venezuela, o al menos a Latinoamérica? Una posible respuesta la semana que viene, si Alá o los Sabios de Sion así lo disponen.

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