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Lunes, 25 de Junio de 2018

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

El año que vivió el cine venezolano

El año que vivió el cine venezolano
Imagen de "Selfiementary", del realizador venezolano Carlos Caridad Montero. -

Los pros y los contras de la cinematografía nacional oscilaron en 2017 del ímpetu de los noveles directores a una preocupante reducción de la producción, reflejo de la tremenda crisis del país

La paralización casi completa del aparato productivo en Venezuela tiene resonancias directas en la actividad cinematográfica local. En 2017 fueron escasos los proyectos que se realizaron al amparo financiero –siempre parcial e insuficiente– del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía, organismo rector del sector que no ha podido salir inmune del desorden administrativo que caracteriza al Gobierno central, que ha pretendido, además, mediatizar los temas de las películas locales hasta convertirlas en obras políticamente correctas o, cuanto menos, laudatorias de los “beneficios” de la revolución bolivariana.

A pesar del empeño oficialista de someter a bozales ideológicos el trabajo de los cineastas venezolanos, dos películas lograron hacer trascender sus fuertes cuestionamientos contra el poder. La primera de ellas fue El Amparo, obra de Rober Calzadilla, escrita por la dramaturga y guionista Karin Vallecillos, que recrea el bochornoso asesinato en 1988 de 14 pescadores a manos de funcionarios de la policía política y de las Fuerzas Armadas de entonces. Como se escribió en esta misma columna, a propósito de su estreno comercial, “El Amparo no es una película histórica, menos la simple recreación de un hecho pretérito. Tampoco pretende serlo. Es volver a ver el país. Y es que el gran aporte de la ópera prima de Calzadilla está en su conexión con el hoy y el ahora, su crítica es certera cuando pone en tela de juicio la manera en la que la ‘verdad’ se impone desde el poder, un poder que tuvo que enfrentarse a toda una comunidad de pescadores que defendió a los suyos de la mentira”. La honestidad de esta obra se hizo sentir en los festivales de San Sebastián, Sidney, Viña del Mar y Biarritz, entre otros, donde cosechó éxitos ante el silencio de unas autoridades culturales que, paradójicamente, no dudaron en poner al servicio de un título intrascendente como La planta insolente, del cineasta del régimen Román Chalbaud, toda su plataforma comunicación y propagandística.

La otra película importante estrenada el año que pasó fue La familia, de Jorge Thielen Armand, que desde una perspectiva más íntima –los conflictos generacionales y comunicacionales entre un padre y un hijo–, plantea cómo el estado general de violencia permea no sólo la interioridad de los habitantes de la ciudad, sino sus relaciones.

El resto de las películas venezolanas estrenadas en 2017 –Cabrujas en el país del disimulo, Corneador, Mi amigo Sebas, Bárbara, El DiCaprio de Corozopando, Guaco, semblanza, Los 86, Más vivos que nunca, la mencionada La planta insolente y Papita 2da. Base – se limitó a tratar de superar en taquilla la cuota mínima que asegurase su permanencia en las salas. La única que ha logrado mantenerse con esfuerzo es Papita 2da. Base, comedia insustancial con la que Luis Carlos Hueck, busca, sin mucho éxito hasta el momento, repetir el taquillazo de Papita, maní, tostón.

En el año que acaba de terminar, un hecho sentó un peligroso precedente para la cinematografía nacional. Un precedente de censura solapada: un juez del TSJ ordenó sacar de cartelera la cinta de Ignacio Castillo Cottin, El Inca, como medida cautelar ante una demanda por injuria interpuesta por la familia del malogrado boxeador Edwin “El Inca” Valero. El proceso estuvo viciado desde su inicio, cuando se supo que en el tribunal encargado nadie había visto el filme, que posteriormente fue devuelto a cartelera, donde estuvo apenas unas horas por otra demanda de la madre del púgil merideño. Hasta el presente, ni el director ni los productores han logrado que el juicio se realice, lo que ha demorado aún más el estreno formal del filme. El gremio de cineastas, representado en la ANAC, salió al frente en defensa de la libertad de expresión y selección la obra de Castillo Cottin como la representante venezolana a los premios Óscar en la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa. Finalmente, no quedó en el primer corte de las 9 preseleccionadas.

No se puede terminar esta especie de balance general del cine venezolano en 2017 sin hacer mención a la producción audiovisual que surgió en pleno fragor de las protestas antigubernamentales vividas entre los meses de abril y julio pasados. Ante el mutismo obligado de los medios de comunicación privados y, en sentido inverso, la descarada tergiversación de la realidad que hacen los medios oficiales, varios cineastas decidieron salir a las calles con sus cámaras y mostrar los registros posibles del conflicto.

Hernán Jabes y Carlos Caridad Montero concibieron, respectivamente, Somos todo, somos todos y Selfiementary, registros que se acercan al documentalismo, pero que no prescinden de la opinión sobre la situación de descontento de la sociedad civil y la desmedida arremetida de los cuerpos de seguridad del Estado, hoy acusados internacionalmente de violadores de los Derechos Humanos.

Por su parte, Michael Labarca propuso desde Buenos Aires una serie de micros reunidos bajo el título Legado Proyecto, en el que más que dramatizar, se recurre a la representación distanciada de testimonios de las víctimas de la brutalidad con que las fuerzas del arremetieron contra la población desarmada.

Lo de siempre y lo más inesperado. El cine venezolano lleva muchos años arrastrando los problemas que se generan de la escasez de recursos, la inexperiencia y hasta la falta de sentido común y buen gusto a la hora de asumir la creación de una obra cinematográfica; de allí que existan películas mediocres como Corneador, Los 86, Ámbar y tantas otras. El cine venezolano, también hay que reconocerlo, posee esa maravillosa capacidad de sorprendernos de vez en cuando con títulos inspirados como El Amparo y La familia. Sorprende y seduce, sobre todo, porque se resiste a morder la carnada de quien lo subvenciona.

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