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Miércoles, 19 de Septiembre de 2018

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Cable al sur | Literatura, política, memorias y otras ficciones

Diecinueve

Diecinueve
- Foto: Captura de pantalla

Aunque no haya visto nada concreto en la prensa, en las redes comienzan a llegar comentarios sobre la participación de venezolanos en actos delictivos como robos y arrebatones, o sobre su actitud arrogante y avasalladora en algunos empleos, o en la relación con los nacionales.

Cada día que pasa los venezolanos siguen llegando a Buenos Aires y nuestro acento tan particular empieza a invadir sus calles

Cada vez somos más, en serio, tanto que ya no es novedad escuchar el acento venezolano en todas partes: en los colectivos (que aquí son autobuses y no asociaciones para delinquir bajo el amparo del gobierno), en los bares y cafés, por las veredas y en los supermercados, muchas veces como clientes pero cada vez más como empleados; venezolanos de todas las edades, desde los sesenta hasta adolescentes, pero con un promedio etario que debe andar por los treinta años (aunque últimamente parece estar bajando), entre agresivos y entusiastas abordando este país de emigrantes e inmigrantes, que tal vez no haya vivido un fenómeno similar desde la oleada migratoria de principios del siglo XX que moldeó su acento y su voz, y prácticamente dio forma a lo que de original tiene la argentinidad, en su combinación de nuevo y viejo mundo.

¿Habrá sido igual de masiva o invasiva la migración boliviana y su evidente ocupación y dominio del mercado verdulero de la ciudad? O la peruana, o la paraguaya. Uno podría creer que notamos a los venezolanos porque también lo somos, y eso hace que detectemos de inmediato el acento, determinados rasgos físicos, cierta forma de vestir o hasta la actitud, y sepamos que no estamos ante un colombiano o un dominicano (que también hay y para algunos argentinos sonamos igual), pero ya he escuchado y leído comentarios de aborígenes sobre nuestra creciente presencia, inicialmente con curiosidad y sorpresa, con una actitud solidaria y comprensiva por lo que está sucediendo en Venezuela (a menos que sean kirchneristas o de la izquierda local), y en tiempos más recientes con algo de preocupación, como si ya no fuera tan simpática esta ola tropical que no parece cesar ni disminuir, al contrario.

Tengo que decir, o recordar, que desde que llegamos en marzo el trato –con excepción de un par de carniceros maleducados– ha sido excelente, desde el funcionario de Migración que nos selló los pasaportes en Paso de los Libres, hasta la empleada que me entregó el DNI –la cédula de identidad argentina– hace un par de semanas. La manera como los muchachos fueron incorporados al sistema educativo, la atención en los hospitales, las relaciones de calle, todo se ha dado de acuerdo con uno de los lemas que leímos en un cartel de Migraciones cuando estábamos haciendo los trámites para la residencia, y que podría parafrasearse o resumirse en una frase como ésta: “Somos una tierra abierta para todos aquellos que deseen prosperar en libertad, bienvenidos”. Lo cual seguramente no habrá sido cierto todo el tiempo, como nunca lo ha sido en todas partes, pero que en estos nueve meses nosotros hemos sentido así.

Esto podría estar cambiando. Aunque no haya visto nada concreto en la prensa, en las redes comienzan a llegar comentarios sobre la participación de venezolanos en actos delictivos como robos y arrebatones, o sobre su actitud arrogante y avasalladora en algunos empleos, o en la relación con los nacionales. Yo espero que esto sólo sea un fenómeno pasajero, apenas una sombra, y que no vaya a cambiar la actitud de apertura por parte de los argentinos, y que la cosa funcione como una llamada de atención para los venezolanos que estén actuando de forma equivocada.

Espero también que el trato que nos dieron sea igual para el primo de un compañero de trabajo que llegó hace un par de semanas y ahora trabaja con nosotros como delivery. Un muchacho de diecinueve años, alguien que nació y creció en el período hegemónico chavista y que ahora, como otras decenas de miles, busca “prosperidad en libertad” en otra región del mundo, porque nuestro país se convirtió en un agujero rojo que absorbe y destruye toda esperanza (a menos que seas del psuv, o militar).

Es un muchacho que creció en un sistema educativo que quizás se encuentre en su peor momento, es decir, que es casi seguro que no tenga la menor idea de quiénes fueron Teresa de la Parra, Rómulo Gallegos o Francisco Massiani, y tampoco Borges o Cortázar. Que no sepa de dónde viene, ni adónde llegó.

Es como si estuviéramos exportando petróleo crudo, precisamente ahora, cuando la industria petrolera pareciera haberse ido al carajo. Pero no, es peor: estamos exportando nuestro futuro, virgen, sin una marca en la memoria que invite al regreso.

Aunque siempre queda la posibilidad de que el recuerdo de una playa, el sabor de una empanada o la textura de una piel lo lleven de vuelta. O termine en República Dominicana.

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