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Jueves, 14 de Diciembre de 2017

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Arte y Cultura

"La construcción de una egoteca es inevitable en todas las artes"

De cómo revelar el lado oscuro de la literatura venezolana

De cómo revelar el lado oscuro de la literatura venezolana
El escritor Luis Barrera Linares, autor de "Jueves de Cruz y Ficción" - Fotos: Contrapunto | Rafael Briceño

No hay que hacer mucho esfuerzo para conseguir materia narrable en nuestro ambiente literario latinoamericano (y, por supuesto, particularmente en el venezolano). Luis Barrera Linares.

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  • Nelson González Leal
  • Sábado, 14 de Mayo de 2016 a las 5:30 a.m.

"Jueves de Cruz y Ficción", la nueva novela de Luis Barrera Linares, revive el clásico tema de los egos en el mundillo literario. Es una impúdica propuesta que, en clave de parodia, "crucifica" al estereotipo del escritor capaz de todo para surgir

Leo en algún lugar de Internet –de cuyo nombre no quiero acordarme– que "en tiempos de Caracalla se castiga con crucifixión a quienes pregunten o respondan sobre la salud del César, y al esclavo que consulte sobre la vida de su amo". Llego a este dato mientras busco referencias sobre el acto de clavar en una cruz a alguien, práctica que, como sabemos, se aplicó mucho antes de Caracalla al profeta Jesús de Nazareth que pregonaba la libertad del hombre sobre el “reino de este mundo”. Al leer sobre la crucifixión (cruz y fixión, fixare, clavar en la cruz) imagino a un buen número de Caracallas –severos Marco Aurelios, emperadores letrados– ordenando a sus “pretorianos” salir a la caza de Luis Barrera Linares, no por profeta, aunque sí por levantar su pluma para escribir una especie de revelación sobre el “reino muy de este mundo” de los escritores venezolanos, y eso porque justamente evidencia que ese reino no es reino, ni es de otro mundo, ni nada. No es profeta Luis Barrera, sino más bien esclavo con conciencia y experiencia del quehacer literario, gladiador que combate en la arena del circo literario con 40 libros, una diversidad de artículos y un incontable número de crónicas sobre nuestra realidad social, amén de un extenso y sudoroso entrenamiento en las arenas de la academia (de letras, de lingüística, literaria). Uno de estos libros –o quizás el 41, olvidé preguntarlo en la entrevista- será presentado hoy, sábado 14 de mayo, en la librería Alejandría del C. C. Paseo Las Mercedes. Su título no puede ser más emblemático: Jueves de Cruz y Ficción, mientras que su lectura –que será para algunos una especie de convite a la blasfemia contra el sagrado mundo de “lo literario venezolano” y para otros un nuevo evangelio (una buena nueva) que revela y exorciza los demonios del ego que late “en el lado oscuro del mundo de las letras”–, lleva la impronta del impudor que caracteriza a la buena literatura.

Entrevisto a Luis Barrera –no en tiempos de Caracalla, lo que quizás nos libre a ambos de la cruz, gracias a la ficción– en un arrojo de interés por comprender las extrañas y nunca bien expuestas realidades del reducto literario venezolano. Diez preguntas le hice y diez respuestas obtuve con ese humor fino que se construye desde una realidad que siempre, siempre, supera cualquier imaginario suplicio.

Hay en Jueves de Cruz y Ficción una zambullida, un buceo profundo, en una realidad que resulta cara al mundo literario: la del reconocimiento. Construyes un personaje que resulta estereotípico, como expresión de cierto monocordismo literario venezolano: la cantidad del ego como primacía sobre la cualidad del contenido literario. Estas son situaciones que pueden colocarte en la inquina de escritores e intelectuales, como Febricio Persa, por ejemplo. ¿No temes que esta ficción, debido a ello, se te convierta en una cruz?

Pues sí, naturalmente que esto es posible en un pequeño universo literario como el venezolano. Suelo decir que mis textos narrativos no son retratos ni autorretratos, son espejos en los que cada quien puede mirarse y verse de una u otra forma. Y claro que asumo el riesgo de que mis incursiones con este tipo de personajes, que no son nuevas en mi narrativa, me provean de cruces que me he buscado con la ficción. Ya ha ocurrido con una novela anterior (Partida de yacimiento) o con algunos de mis cuentos, en los que algunos críticos o lectores se dedican a buscar y adivinar a quiénes se parecen los personajes. Pero así es la ficción, un crucificante ejercicio de ocio grato para la cotilla, el chismorreo. No obstante, cada quien corre con sus textos de ficción los riesgos propios de la tarea. Y, aclaro, no soy original en esto, todos lo hacemos de uno u otro modo, pero hay quienes saben (o creen) disfrazarlo más.

¿Por qué bautizar un libro que se inicia con un capítulo titulado "El bautismo de un libro es un parto social"? ¿Hay algún pacto secreto con alguna sociedad bautismal que te liberará del pecado del contrasentido?

No, ni pacto ni parto. No soy dado a la presentación o bautizo de mis libros. En mi vida lo habré hecho unas dos o tres veces, principalmente por exigencias de algunos editores. Eso motivó, precisamente, la parodia ofrecida en el primer y segundo capítulos de esta novela. Disfruté muchísimo escribiéndolos y no les cambiaría ninguna imagen. ¿Por qué esta vez “bautizar” una novela que parodia los bautismos de libros? Una razón es que la presentación incluye otro libro de mi fraterno Ígor Delgado Senior (Cronicuentos de última página, publicado por la misma editorial). El proceso de edición de su libro y el mío han sido totalmente paralelos, incluidas las lecturas y revisiones previas que cada uno hicimos de los originales del otro. Poco cortés sería yo, si lo dejara solo en esta etapa en que, luego de muchas vicisitudes de toda naturaleza, hemos llegado a la etapa final. Otra razón es que tampoco podía dejar de lado la generosidad de la editora (Lesbia Quintero) al arriesgarse en este tiempo tan confuso e incierto con dos libros como estos, a los que las editoriales grandes les sacan el cuerpo para publicar solamente farándula, autoayuda o biografías de personajes públicos Y la tercera es que, precisamente, no habría mejor espacio para corroborar y divertirnos con lo que se recoge en esos dos capítulos y el hecho concreto de la presentación. Es como un “autosuicidio”, pero así es la literatura. Aparte de que –esta vez por el tema y sus implicaciones– será el único modo de que se conozcan por lo menos el título y algo del contenido de la novela.

Esta novela entremezcla dosis de ficción con retazos de realidad. ¿Hasta dónde alcanzan una y otra? ¿Y a quién en nuestro panorama literario?

Esa es una pregunta que jamás he podido responder y se relaciona con varios de mis cuentos y novelas. Observo, compilo, recojo situaciones específicas, pero después abstraigo y sale lo que sale. Nadie en particular podría sentirse aquí retratado o, al contrario, a lo mejor hasta yo mismo deambulo por esas páginas y disfruto parodiando a alguien que se me parece. Lo que no podrá negarse es que si juntas a muchos de nuestros consagrados o no tan consagrados, a varios de nuestros nuevos o novísimos, y los pones en una licuadora, es casi seguro que de la mezcla salga un Febricio Persa más repotenciado que el personaje de la novela. Cada narrador escoge el universo y los personajes que más le interesan; a mí me llama la atención el pequeño mundo de los escritores, a otros la historia, el petróleo, la política, la godarria...

Al abordar un tema tan espinoso como el de los egos y artimañas de la intelectualidad literaria para hacerse de un nombre con prestigio, imagino que debes emplear un dosificador con medidas precisas para evitar una sobredosis de ego. ¿Existe ese riesgo? ¿Cómo haces para evitar el exceso?

La construcción de una egoteca es inevitable en todas las artes; la literatura no es la excepción. Cada quien decide si creerse la pepa de Billy Queen (como se dice en Maracaibo) o disimular un poco el ego e intentar pasar agachado. No creo mucho en falsas humildades ni en modestias disfrazadas. En mi caso, mi egoteca me supera, no tengo tamaño para alcanzarla (debido a mi estatura), pero intento dosificarla y, lo más importante, estar consciente de que no puedo evitarla. Por eso te digo que soy capaz hasta de burlarme de mí mismo y así he asumido la literatura. Sin embargo, no me considero egoletrado, no soy el que más ha leído, no creo ser el sabelotodo y el único escritor original de este país. Eso uno puede (y debe) intentarlo, pero lograrlo es más complicado de lo que creen los que se consideran luminarias. No quiero sobrevivir como el que más autores ha leído y citado porque soy más bien pedestre, silvestre, bienhumorado y feliz. Apenas intento hacerlo bien; eso no significa que lo logre ni siquiera en una proporción mínima.

¿Cuántas veces te han llamado "poeta" a lo largo de tu trayectoria literaria? ¿Y cuántas crees que te llamarán a partir del bautizo de Jueves de Cruz y Ficción?

Que te apelen como "poeta" puede ser un elogio, pero casi siempre es un lugar común literario. Es costumbre de algunas generaciones que ya están desapareciendo, un tratamiento propio de ciertos estudiantes de Letras. No me da ni frío ni calor que me llamen de ese modo. Total, me dicen “maestro” (por la edad),"señor", "viejo", "jefe". Incluso algunos escritores egoletrados me llaman "profesor" o "doctor" con cierta sorna y, contradictoriamente, también ellos han terminado en las aulas. "Poeta", es sencillamente un vocativo más para no llamarte “pelabolas”, “asalariado”, “paupérrimo”, “letroso”. Que tampoco crean los auténticos poetas que los llaman así porque lo son, la motivación puede ser otra, hay que estar mosca con esos vocativos.

En toda narración literaria se toman referentes de la experiencia propia, se recrean –ficción mediante– momentos y situaciones vividas por el autor que contribuyen a darle mayor fuerza al texto. ¿Cuánto hay de autobiográfico en Jueves de Cruz y Ficción? ¿Existe un alter ego?

En la novela hay de todo eso y más, pero no es propiamente una autobiografía. Si hay algún texto en mi avatar vital que tenga sustento autobiográfico es Sin partida de yacimiento (2009). Sí hay, por supuesto, vivencias, experiencias, que sirvieron de base para algunos capítulos. Hay situaciones que cualquiera que me conozca bien podría identificar. Por ejemplo, algunas relacionadas con mi paso estudiantil por el Pedagógico de Caracas y la Escuela de Letras o con mis enriquecedoras pasantías como editor de muchos escritores venezolanos con quienes compartí y, en ciertos casos, a quienes padecí. Eso lo he vivido y de allí salió (y seguirá saliendo) mucho insumo para la ficción. Eso es precisamente lo que ha recogido ese a quien supones como mi alter ego. No hay que hacer mucho esfuerzo para conseguir materia narrable en nuestro ambiente literario latinoamericano (y, por supuesto, particularmente en el venezolano). Se te da solo, en los eventos, en los concursos, en las universidades, en los bautizos, en las ferias, en muchos espacios y en tu propia vida.

Febricio Persa es, al fin y al cabo, una especie de "personaje excusa", su "realidad", esa construcción estereotípica, sirve como andamiaje para que se desarrolle la potencia de quien considero el personaje de mayor fuerza en la novela: Alcides Arcadio Barcarola I, quien en algún momento exclama "¡por fin soy un verdadero detective, carajo!". Este arrebato surge también de su necesidad de reconocimiento como periodista. ¿Hasta dónde se difuminan o se mezclan entre el periodismo y la literatura este tipo de arrebatos?

Tú eres periodista y narrador, pero también eres fotógrafo, una combinación envidiable de oficios. Eso implica que andas igual en busca de situaciones para captarlas por alguno de esos medios. Me ocurre lo mismo. Siempre he dicho que vivo en la literatura y no de la literatura. En ese mundo también he experimentado y disfrutado la pasión del periodismo. Para mí la distancia entre la literatura y el periodismo es un delgadísimo hilo a punto de reventarse. Escribo crónica con el mismo placer con que hago cuentos o novelas y más de una vez cada universo nutre al otro, aunque tengo plena conciencia de que son espacios discursivos a los que debo diferenciar. Ese semi periodista que en la novela se llama Arcadio Barcarola es un poco el fablistán improvisado que llevo por dentro. Dejó la universidad insatisfecho porque su rollo era la investigación (periodística) y no es lo que le estaban enseñando. Para lograr ese personaje sí puedo confesar que hace varios años entrevisté a algunos estudiantes de la carrera a ver cómo sentían su futura profesión y eso fue lo que salió: Arcadio Barcarola, a quien, en pleno siglo XXI y en una Escuela de Periodismo, se empeñaban en enseñarle a tipear con máquinas de escribir en la era de los llamados “teclados inteligentes”. Es obvio que parte de su rechazo a ese tipo de asuntos viniera de su necesidad de ser visto, ser reconocido, lo cual habla del periodista que todo narrador lleva dentro y viceversa.

John Doss Passos, en Paralelo 42 escribió que la función del verdadero periodismo era "desentrañar el significado exacto de todo cambio operado en la realidad". ¿Hasta dónde comparte este principio con el periodismo Jueves de Cruz y Ficción, Alcides Arcadio mediante?

Lo comparte en toda su dimensión. La palabra construye realidades y en la novela se trata de una historia que fue tergiversada por intereses algo bastardos y poco literarios: un escritor irreverente, parricida fingido (contra Rafael Bolívar Coronado), plagiario y aparentemente generoso con los más jóvenes, pero muy mediocre, ha hecho absolutamente todo para ganarse el más prestigioso premio internacional venezolano. Sus propios “compañeros” de grupo y algunos de sus acólitos terminan armándole una tramoya para que no lo logre aquella ambición desmesurada.

Leo en la contraportada del libro que la novela se presenta como "implacable" y "sin falsos recatos". ¿Qué opinas de esto? ¿Puede considerarse implacable tu abordaje literario sobre este tema por el uso del humor?

Agradezco enormemente a quien hizo el texto de contraportada (Minerva Reyes) porque ha ofrecido su lectura de la historia. No creo que la historia sea “implacable”. Al menos no era el propósito. Más bien es festiva, celebratoria a partir de la caricatura y la parodia. No me considero humorista, pero sí le saco el cuerpo a las formalidades de cierta narrativa venezolana “seria”, ceñuda, cejijunta. Es un camino posible y es el que me atrae. Dirán que todo lo veo desde la broma, pero… no escribo para los amigos ni para los escritores, lo hago para unas poquitas o muchas personas de las que espero que se diviertan con mis historias como yo me divierto escribiéndolas.

Después del jueves (de bautizos) viene el viernes (sábado chiquito y rumbero). Después de Febricio, quizás algo febril. ¿Y después de la cruz y la ficción?

La censura, la condena, el silencio y la indiferencia de algunos que se vean en el espejo y crean reconocerse en él, sin ser realmente ellos. Pero también la risa y la sonrisa de quienes son ajenos a toda la parafernalia de algunos plumarios que, desde muy jóvenes y apenas con unas cuantas cuartillas publicadas (o sin ellas), se han creído o se creen la pepa de Billy Queen.

Finalmente, estoy más que sorprendido por la seriedad con que me he dedicado a responder cada pregunta tuya, principalmente por tu lectura con mucha profundidad, y porque, además, como autor, me ha aclarado muchas cosas en las que no había pensado. Mi tía Eloína va a pensar que me estoy pasando para el lado de los escritores que se toman la literatura en serio. Que Dios me coja bien confesado.

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