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Miércoles, 21 de Febrero de 2018

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Especiales

Sesión solemne en la Asamblea Nacional

Crónica I A Óscar Arias le duele una rodilla

Crónica I A Óscar Arias le duele una rodilla
Al dos veces expresidente de Costa Rica le escucharon los diputados sólo una parte de su discurso - Fotos: Rafael Briceño

Este jueves, la AN recibió a tres invitados que consideró “de lujo” en el marco de la discusión de una ley de amnistía que traiga al país reconciliación y armonía. Aquí, una mirada, entre divertida y pasmada, de lo que sucedió en el hemiciclo

Su enjuta figura destaca, por contraste, cuando en la mañana de este jueves 18 entra al hemiciclo detrás de la digamos contundente Naomi Tutu y flanqueado por un muy macizo Lech Walesa.

Óscar Arias, dos veces presidente de Costa Rica, se ve apocado. O quizá –basta una ligera mudanza de vocales– solamente opacado por la presencia de sus acompañantes, en especial de su colega polaco, el hombre que fue rostro y músculo de Karol Wojtyla –es decir, de Juan Pablo II– en el derrocamiento de aquel extraño comunismo o socialismo instaurado un tanto contra natura en el país más católico del urbi et orbi. Al viejo fundador de Solidarnosc aún le queda algo de aquella sudorosa energía que derrochaba al subirse a las grúas de los astilleros de Gdansk para arengar a la masa, aunque lo que en verdad proyecta es una cierta imagen de comerciante próspero y satisfecho de sí mismo. Como de un hombre que hubiese constituido un emporio de cervecerías, de alegres y ruidosos bares llenos siempre de feligreses. Como fuere, es la figura mediática del momento, y lo sabe.

Atestada hasta su segunda y última galería la sala plenaria de la Asamblea Nacional, el costarricense Arias se sienta en primera fila entre Tutu y Walesa, y entonces se ve más diminuto aún. Es asmático, lleva un marcapasos por el que se ha visto obligado a visitar quirófanos dos veces, en 2014 fue operado de un pie por ruptura de tendón. Los pocos metros que acaba de caminar a la vista de todos, los cubrió con paso lento y como rígido, ese que entre hueso y hueso delata la traición de los cartílagos. Ya en la silla, una mano de dedos largos y huesudos y algo anudados –anillo de oro en el anular–, se le va una y otra vez a una rodilla, a la que parece masajear sin darse cuenta. La rodilla derecha.

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Llevar sobre los hombros un Premio Nobel no ha de ser tarea fácil. Indica, sugiere, presupone tal vez, que quien lo porta es o ha sido en algún momento la persona más resaltante del mundo en un determinado campo del saber o acontecer. Y si el galardón es el de la Paz, pues válgale Dios. Un premio Nobel en Química o Física asiste a tres o cuatro congresos al año; uno en Economía da entrevistas o declaraciones cada tantos meses; el de la Paz –a menos que haya recibido el reconocimiento antes de hacer nada por ganárselo– dedica en lo sucesivo la vida a viajar de una esquina a otra de los vastos mapas, incesantemente llamado y requerido y agasajado y exigido por aquellos que comparten su perspectiva política y aspiran a ser validados o defendidos, según el caso, por el prestigio implícito de su invitado.

Para ponerse en sus nobelescos zapatos, baste pues pensar en la obligación de pronunciar doce, veinticuatro, cuarenta y ocho, setenta y dos discursos cada año, todos de idéntico cariz y sin más que dos opciones: o bien el clásico “fíjense, nosotros lo hicimos de esta manera y…” o bien el más exhortativo “señores, no sean brutos, no se maten unos a otros, siéntense acá y hablen civilizadamente”.

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Los dos Nobel que en la mañana de este jueves visitan la Asamblea Nacional –tres, si se acepta que Naomi ejerza la representación de su padre, el arzobispo sudafricano Desmond Tutu– tienen mucho en común y muy poco que ver con otros acreedores del mismo premio, como por acaso decir el argentino Adolfo Pérez Esquivel o la guatemalteca Rigoberta Menchú: si estos últimos se ubican a la izquierda y celebran revoluciones, aquellos lo hacen en la acera de enfrente: en la defensa del libre mercado y, hoy en particular, de Leopoldo López, Antonio Ledezma y demás dirigentes o activistas de oposición que se encuentran en prisión. Pero, como todos, vienen a eso de siempre y de todos: a validar, a defender. Algo, como todos.

De seguro que por eso mismo, los llamados diputados de la Patria o del chavismo han decidido al parecer no asistir: no es su Algo lo que será hoy validado o defendido: ¿para qué estar entonces aquí?

Pero no están vacías sus curules, no. Las ocupan invitados o espontáneos de otra alcurnia, como decir María Corina Machado, suscriptora de La Salida, o Leonardo Padrón, poeta y creador de telenovelas, o Lilian Tintori, de profuso séquito. No hay asiento para un alma más.

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Cuando comienza la sesión, consagrada al recibimiento de los ilustres visitantes, la telonera o primera en subir al podio de los oradores es la dama, por supuesto. En diez minutos, en un inglés que es el inglés de quienes no nacieron hablando inglés, y por tanto perfectamente entendible sin ayuda de la traducción simultánea, Naomi Tutu habla poco o nada sobre Venezuela pero postula en cambio verdades universales, o al menos tan verdaderas y universas como los poemas de Andrés Eloy Blanco o las parábolas de Paulo Coelho: “Cuando se niega un derecho humano se niegan todos los derechos humanos”, “Cuando un miembro de nuestra sociedad sufre una injusticia, todos sufrimos injusticia”, “Un solo acto de injusticia pone en cuestión toda la justicia de una sociedad”.

Recibe aplausos, claro, y no pocos: ¿quién, no importa de qué bando, podría no sentirse validado y defendido en sus palabras?

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Óscar Arias tiene entretanto la mirada fija no en el podio sino en una de las inmensas pantallas de TV que reproducen a miss Tutu. Una mirada tan fija que parece en otra parte. Abstraído, su mano derecha va de la rodilla a un block como de notas que mantiene en su regazo. De la rodilla al block, del block a la rodilla.

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El segundo de los oradores, el relleno, es, quién iba a pensarlo en tal papel, el señor Lech Walesa: pan Walesa. Habla en polaco, esa endemoniada lengua en la que no hay para las consonantes toque de queda y pueden entonces reunirse libremente palabras de siete y más letras sin intermediación de vocal alguna, pero, aun así, el oído aguzado capta cuatro o cinco veces los que han de ser vocablos equivalentes de “comunismo” y “comunistas”.

El resto lo proveen la traducción simultánea –por audífonos, para los diputados– o, más tarde –impresas o digitales, para el vulgo–, las transcripciones. En resumidas cuentas, cuenta Walesa cómo fue que su país, sin verter una gota de sangre, escapó de la sanguinaria órbita del comunismo (Rusia) para volver al beatífico regazo de Alemania (Merkel), ese otro gran engullidor de polacos y Polonias. Y añade que Venezuela le gusta mucho porque es un país que “tiene muchas riquezas”, pero piensa que "no se están aprovechando”; y asevera además que “no hay peor cosa que salir del libre mercado”, y que “se necesita solidaridad, crear una situación donde todos se sienten juntos y todos digan ¡basta!”.

Los diez minutos de pan Walesa se ven interrumpidos cada tanto por sonoros aplausos, en especial cuando la traductora vierte al español sus anatemas contra lo que sea que haya sido el socialismo polaco, que él llama “comunismo”, o sus elogios al sistema de libre mercado. Suministra pan Walesa, además, confirmación de la teoría de la relatividad: todavía en diciembre pasado, dos meses atrás en el hemiciclo, y todavía también hoy en la calle, la mitad de aquellos que deberían sentarse juntos le habrían gritado “basta” y, en lugar de aplausos, le habrían quizá propinado comisiones de Sebim.

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Arias, entretanto, ha seguido ahí, en primera fila de espectadores, olvidado hasta de su rodilla, la derecha, y, más abstraído que nervioso, hojeando el block que en breve llevará consigo al podio, del que leerá –aparentemente manuscrito– su discurso para el día de hoy, jueves 18 de febrero, 2016. Porque, pues sí: el menos globstar de los invitados tendrá a su cargo el cierre del evento.

Óscar Arias es pez viejo en el estanque. En su primera presidencia (1986-90) se ganó el respeto de media Centroamérica –la que quería la paz– y el asombro de la otra mitad –la que venía matándose desde tres décadas atrás en interminables guerras civiles–, al fungir como artífice del Acuerdo de Esquípulas, que logró detener en toda la región al menos la balacera ideológica, que con su plomo realmente asesino era ya mucha.

En su segunda presidencia (2006-10), a la que accede tras forzar una reforma constitucional que viejos dirigentes de su propio partido tildaron de “golpe de Estado técnico”, Arias, para entonces y desde entonces adherente al neoliberalismo, se gana en cambio la franca animadversión de un Hugo Chávez que, director de la orquesta política latinoamericana para un largo momento, lo relega, con premio Nobel y todo, al desván de los ingratos recuerdos.

Pez viejo en el estanque, Óscar Arias olvida este jueves 18 su asma, su marcapasos, su tobillo, su posible artrosis, y sube al podio con sólo el block y sus recuerdos. Y, pues sí, también con su verbo afilado, no de navaja callejera, sí de diplomático bisturí.

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Costa Rica se ha disputado desde siempre con Uruguay el título de “la Suiza de América”. Por qué un (latino)americano habría de preferir el queso gruyere al telita, es cosa que sabrá Dios, pero sin duda que las maneras de andar y de decir por Lausanne o Ginebra tienen su gracia: se pueden perforar hígados con estilete sin perder garbo o elegancia.

Y sin perderlo, el garbo o la elegancia, desde el podio, Arias lanza una tras otra, irrebatibles todas, estocadas mortales contra su viejo enemigo el chavismo. Las apunta y entierra primero en su hígado actual, Nicolás Maduro: encarnación de eso que de un tiempo para acá, en lugar de “chavismo”, son más y más los que han pasado a llamarlo “oficialismo”. Tan certeras, las estocadas, que difícilmente haya en ese universo un Rubén Limardo o una Alejandra Benítez que pueda evadirlas. Argumentativamente, no con mentadas de madre.

Luego, retroactivamente, la emprende contra el pasado: en su verbo, Venezuela lleva diecisiete años en cola a las puertas de Locatel y de Pdval; siempre fue podrido Abastos Bicentenario; nunca hubo una Misión Milagro ni se acabó con el analfabetismo: nunca hubo deuda social alguna que saldar, porque el paraíso existió hasta 1998 y no lo sabíamos.

El hemiciclo –patio y gradas– de la honorable Asamblea Nacional se viene abajo a aplausos cuando Óscar Arias dice: “De la libertad de Leopoldo López depende que Venezuela vuelva a ser reconocida como una democracia”; cuando redunda: “El primer signo de la reconciliación es y debe ser la liberación de todos los presos políticos”; cuando sentencia: “Si en algún momento la revolución bolivariana se justificó por sus intenciones, hoy es menester juzgarla por sus resultados”.

Cosa extraña: ni una palma interrumpe cuando, en remate de sus quizá veinte minutos al micrófono, concluye en exhortación al diálogo; cuando advierte que sin negociación no hay paz ni futuro posibles y que sin concesiones mutuas no existe negociación. Cuando dice: “Servirle al pueblo es someterse a su escrutinio”. Cuando epitafia: “Se requiere de estadistas que se sienten en la mesa y no de caudillos que golpeen la mesa”.

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Si Óscar Arias, el invitado-estrella de la jornada, es pez viejo en el estanque –se dice que hacia 1961 estrenó pininos en la política–, su anfitrión, el presidente de la Asamblea Nacional, no le va atrás o incluso lo antecede en par de años, quizá tres.

Henry Ramos Allup toma el micrófono y, maestro de las artes legislativas y oratorias y protocolares, informa, más que admitir, que “lo normal” es que a los invitados distinguidos se los presente antes de concederles la palabra, y de manera muy caribe añade que él, hoy, ha preferido invertir el orden: dejar que hablen primero Naomi, Lech, Óscar, para luego hacer sus loas.

Consecuente y siempre coherente, Henry Ramos Allup agradece y loa: Gracias, Naomi; muy agradecido, Lech; mira, pero para toda la vida, eh, Oscarcito: te la debo, te la debemos; qué grandes son todos ustedes.

Y, acto seguido, Henry Ramos Allup habla durante casi más tiempo que sus tres invitados juntos.

¿Y qué dice entonces Henry Ramos Allup, honorable presidente de la honorable Asamblea Nacional, cuerpo legislativo, espacio en el que se dirimen y congenian las diatribas y diferencias desde que, allá en el lejano medioevo de Enrique III de Inglaterra –siglo XI–, el mundo empezó a querer ser menos muertamentazón y más civilizada conversa?

Está en los telediarios, en los youtube, pero para el simple y atribulado y siempre apresurado lector de día siguiente, resumamos libremente:

—Mira, chamo: Oscarcito, Naomicita, Lech-cito, pero sobre todo Oscarcito: yo sé que tú y tú y tú acabaron nada más y nada menos que con el comunismo, con el apartheid, con una guerra de tres pares de cojones que llevaba sopotocientos mil muertos, y que todo eso lo hicieron sin una bala y con cafecito en mesa de negociación. Pero déjame decirte, sobre todo a ti, Oscarcito, coño, no me vengas con vainas que tú eres de los míos, déjame decirte que con este Maduro de mierda no hay manera de hablar. Olvídate de Brezhnev y su gulag, de Johannes de Klerk y sus Soweto, de Roberto D’Aubisson y sus monjas y su monseñor Romero: tú no te imaginas lo que es calarse a Maduro en cadena cada vez que le da la gana. Coño, si el tipo hasta me insulta. ¡A mí! ¡Me dice oligarca! ¿Cómo coño me voy a sentar yo con ese hijoeputa? No, vale, aquí es pa’lante, y que se jodan los enfermos.

Tronaron los aplausos.

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No hubo ocasión, en la posterior rueda de prensa, de preguntarle a Tutu, a Walesa, a Arias, qué piensa cada uno que habría ocurrido en su país o su región si los líderes en pugna no hubiesen negociado.

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A Óscar Arias, sin duda, le dolía este jueves 18 una rodilla. La derecha. Claro que nada permite excluir, pero ni por asomo, que también la otra, la izquierda.

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